LOS MISTERIOS DE LUZ

1 (Texto no revisado por el autor) LOS MISTERIOS DE LUZ 1. INTRODUCCIÓN Sentido del retiro … En este retiro nos dejamos guiar por tres voces: a. La

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1 (Texto no revisado por el autor)

LOS MISTERIOS DE LUZ

1. INTRODUCCIÓN Sentido del retiro … En este retiro nos dejamos guiar por tres voces: a. La voz de la Comunidad: b. La voz del Santo Padre: Él nos llama a celebrar un año dedicado al santo Rosario. Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo sobre todo en este año… Me dirijo en particular a vosotros… agentes pastorales en los diversos ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores… Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María… ¡Que este llamamiento mío no sea en balde! (n. 43). c. La voz de nuestro Padre Quisiéramos acompañar en silencio al Redentor por esos caminos que lo vemos recorrer en el Rosario, en unión con María, su valerosa Madre y Compañera, a quien Él constituyó en Consorte y Colaboradora suya. (HP n. 335) ¿Qué nos propone el Santo Padre? Nuestro Padre siempre estuvo atento a lo que Dios le señalaba a través del magisterio de la Iglesia. Sin duda que si él estuviese ahora habría asumido de corazón el deseo del Santo Padre, más todavía tratándose de algo que atañe directamente a la Virgen María. Por eso, en primer lugar, nos detenemos a ver más de cerca el deseo y el llamado que nos hace el Santo Padre. 

El Santo Padre destaca, primero, la necesidad de la oración.

Su llamado se ubica en el contexto de lo que él presenta en Novo Millennio Ineunte. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para

2 favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia 'pedagogía de la santidad': "es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración". Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en "auténticas escuelas de oración". 

En segundo lugar, el Santo Padre propone, desde el inicio, el rezo del Rosario como una oración marcadamente contemplativa o meditativa. El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la "oración del corazón", u "oración de Jesús", surgida sobre el humus del Oriente cristiano. (R 5.) Promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que "es nuestra paz”. (R 9) El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa… (R 12) Por eso Juan Pablo II llama a revisar la práctica del rezo del Rosario. Cita y comenta a Pablo VI: El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: "Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza".14 Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de contemplación cristológica. (R 12)



El Santo Padre destaca, en tercer lugar, que esta contemplación de Cristo a la cual nos invita el Rosario, es una contemplación hecha con María. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial… Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. (R 10)

3 Su mirada, desde la Anunciación, nunca se separó de él: Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: " Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? " (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14). (R 10) “María vive mirando a Jesús” y guarda cada una de sus palabras, de sus gestos, cada episodio de la vida del Señor, meditándolas en su corazón. Han sido aquellos recuerdos, afirma el Santo Padre, los que han constituido, en cierto sentido, el 'Rosario' que ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal. … María propone continuamente a los creyentes los 'misterios' de su Hijo , con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María … El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa… (R 12) 

Por último, el Santo Padre enfatiza que contemplar a Cristo, captar no sólo sus enseñanzas, sino su persona, sumergirnos en él, en su misterio, es lo que busca el Rosario. En este empeño, dice Juan Pablo II, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio... Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. (R 14)

4 Resumiendo: El Rosario nos pone en comunión vital con Jesús “a través del corazón de su madre”, afirma el Santo Padre (R 2). “María vive mirando a Cristo” (R 11). Este es el programa que tenemos para nuestro retiro anual: adentrarnos en el misterio de Cristo a través del Rosario. Lo haremos teniendo en cuenta los nuevos “Misterios de Luz” que propone el Santo Padre. Al introducir estos nuevos misterios, Juan Pablo II pretende que nuestra contemplación del misterio de Cristo abarque la integridad de su vida. Los misterios tradicionales sólo comprendían el nacimiento e infancia de Cristo, su pasión y muerte, y la vida gloriosa del Señor y de María. Con los misterios de la luz se incorpora en el Rosario la vida pública de Jesús. Normalmente el Rosario se entiende y practica como una oración mariana, dirigida a María y no tan expresamente, como lo hace Juan Pablo II, como una oración orientada a Cristo. Tampoco se ve en el Rosario una oración tan acentuadamente contemplativa, como lo ve el Santo Padre. Estas dos notas, que están enteramente en concordancia con el pensamiento de nuestro padre fundador, queremos profundizarlas especialmente en estos ejercicios espirituales. “Siempre María”: hija del Padre, instrumento y templo del Espíritu Santo, compañera y colaboradora de Cristo. Ser siempre María significa ser siempre de Cristo. “Todo en María está referido a Cristo” (MC). Ella es perfecta hija del Padre, es inmaculada y virgen, es templo del Espíritu Santo, es madre de la Iglesia, porque es plenamente de Cristo. ¿Vivimos sumergidas en Cristo, como lo pide nuestro padre; o, como lo expresa san Pablo, “Cristo es mi vida”; o, según lo formula nuestro beato Karl Leisner “Cristo es mi pasión”? Si queremos “girar en torno al Padre”, en el sentido del Jardín de María, entonces nuestra vida debe estar identificada con Cristo, pues nadie va al Padre, si él no lo atrae (cf Jn 14, 6: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”). Al ingresar a la Comunidad, nos consagramos a Cristo como otras Marías. Con María pertenecemos plenamente a Jesús. En él, con él y por él, somos del Padre y vamos hacia el Padre. En este retiro quisiéramos destacar, reasumir conscientemente y profundizar, nuestra total pertenencia al Señor a la luz del santo Rosario. Ser siempre María significa siempre mirar al Señor, contemplarlo siempre, amarlo intensamente siempre, ser siempre sus compañeras y colaboradoras.

5 Queremos contemplar particularmente al Cristo histórico. Al Cristo que nos muestran los evangelios. No sólo al Cristo místico o al Cristo de los altares. Ciertamente, para nosotros, la vivencia de Cristo está estrechamente ligada a nuestro padre y fundador. Él es Cristo para nosotros, pero no reemplaza a Cristo, como tampoco reemplaza al Padre Dios. La riqueza de nuestra vida espiritual proviene básicamente de nuestro vínculo con María y con nuestro padre. Pero, así lo concebimos, ese vínculo debe ser un vínculo orgánico, que nos lleve a la vivencia plena de la Trinidad y de la Iglesia. De otra forma, terminaría reduciéndose y estancándose nuestro dinamismo espiritual. “Centralización sin integración, afirma el padre fundador, conduce al nihilismo”, a la paralización. De allí que este llamado del Santo Padre es especialmente vivificante para nosotros. Seguir sus deseos nos permitirá alcanzar la meta que nuestro padre nos señaló y que él mismo vivió intensamente. Por eso rezamos con él, diciendo: Ayúdanos, Padre, a cerrar las puertas de los sentidos. Que una luz clara penetre nuestras almas iluminándonos por el cálido brillo de la fe. Adéntranos profundamente en el misterio de la Redención. Quisiéramos acompañar en silencio al Redentor por esos caminos que lo vemos recorrer en el Rosario, en unión con María, su valerosa Madre y Compañera, a quien Él constituyó en Consorte y Colaboradora suya. Danos la gracia de captar con el corazón lo que el Rosario nos habla, lo que los misterios nos proponen, y según eso conformar lo que hacemos o evitamos. Sumérgenos en el mar de amor del cual el Rosario nos da a beber en abundancia; enciende nuestra débil voluntad de sacrificio con el ardiente amor de Cristo y de María. (HP nn. 334-337)

PREGUNTAS PARA LA MEDITACION PERSONAL 

¿Cuál ha sido mi vivencia personal más profunda de Cristo?

6      

¿Leo y medito a menudo la Palabra del Señor? ¿Qué frase del Señor es la que más toca mi alma? ¿Qué escena de su vida es la que tengo más hondamente grabada en mi corazón? ¿Lo veo, lo contemplo, guardo en mi corazón sus palabras, cada episodio de su vida? ¿Me he detenido a meditar en el Hacia el Padre las referencias que hace nuestro padre de Cristo? ¿Cómo veo yo a Cristo en nuestro padre?

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PRIMER MISTERIO DE LUZ BAUTISMO DE JESÚS EN EL JORDÁN 1.

Introducción 

Para profundizar lo meditado ayer, leemos el hermoso y significativo texto que nuestro padre redactó durante el tiempo de su prisión en la cárcel de Coblenza (entre Noviembre de 1941 y Marzo de 1942): Nova Creatura in Iesu et Maria, Sponsagedanken

El ideal de Sponsa es de mucha importancia para nuestra Familia de Schoenstatt tan colmada de gracias. Este ideal explica la historia de nuestra Familia, esclarece la historia de la vida de ustedes y transfigura la historia de nuestros sufrimientos. Según esto, el ideal de Sponsa ha de cumplir una gran tarea en nuestra comunidad de familia, de vida y de sufrimiento. Todo esto es comprensible sólo para aquel que ha comprendido y vivido profundamente el pensamiento de Sponsa y que continuamente procura realizarlo cada vez más. ¿Pertenecemos a estas dichosas personas? 1. En todo caso, el nuevo ideal no nos es desconocido. a) Seguramente hubo ya un tiempo en nuestra vida, en que este ideal brilló como el sol, nos elevó a las alturas y nos guió por sobre abismos. En aquel entonces fue cuando conscientemente renunciamos al matrimonio y elegimos al Hijo de un Rey, al Hombre-Dios, como esposo de nuestra alma, para servirle con fidelidad inquebrantable hasta el día de hoy. Durante este tiempo, otros grandes pensamientos dieron alas a nuestra alma: el ideal de la filialidad en sus diferentes manifestaciones tal como ha tomado forma en muchos ideales de las comunidades de curso: el ideal de maternidad, el ideal de alegría y paz y muchos otros. Pero el ideal de Sponsa nunca ha perdido su brillo completamente. Por el contrario, consciente o inconscientemente, ha dado a todos los otros ideales una forma y color determinados. b) Nuevo alimento le procuraron las hijas mayores de la Familia: aa) con la preparación a la primera incorporación. Con alegría y gratitud recordamos que en aquel tiempo vimos brillar, en la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, un sólido fundamento dogmático para nuestra disposición hacia Cristo. Un mundo nuevo surgió ante nosotros. Todo lo vimos en esta luz. Y con ocasión de la Incorporación, nuestra relación esponsal con Cristo volvió a hacerse perpetua, constante y exclusiva. bb) Estos pensamientos fueron complementados, ampliados y perfeccionados en las pláticas sobre el carácter personal de la Santísima Virgen María. En aquel entonces resonó en nuestra alma, más límpido y con mayor fuerza: lo que ella es en grande, lo somos nosotros en pequeño.

8 Ella es la Compañera y Colaboradora esponsal-maternal, permanente de Cristo como cabeza de la creación entera, en su obra total de la redención. ¿Y nosotras? En aquel tiempo comprendimos por primera vez el profundo sentido de las palabras esposa maternal de Dios (Gottersmütterliche Braut). También entonces grabamos conscientemente en nuestra alma sedienta nuestra imagen resplandeciente de María para no borrarla nunca más. ¡Cómo resuenan ahora en ella expresiones de esta índole: Unio quasi hypostatica..., tálamo nupcial, esposa, desposada...! Dios nos conceda gracias, ocasión y tiempo para profundizar y transmitir los conocimientos de aquel tiempo. De este modo, creció y crece simultáneamente nuestra comprensión del pensamiento de los desposorios en general y de nuestra relación esponsal personal en especial.(…) La Santísima Virgen es, de modo singular, Esposa de Dios, Esposa de Cristo. Cuanto más le pertenezca y me asemeje a ella, tanto más puedo saberme y sentirme entrelazada en su maravillosa y profunda relación esponsal. Mis desposorios son una participación en sus desposorios.

2. Todo esto es verdad y las ideas nos son conocidas. Pero también es cierta la afirmación: Hasta ahora el ideal de Sponsa no ha formado especialmente la conciencia, vida y aspiración públicas de la Familia. 3. Todos sentimos que es hora de acoger y de poner conscientemente, en el centro de nuestra aspiración común, todo lo que en este sentido, desde hace tiempo, quiere surgir poderosamente en nosotros, o que aún espera, en silencio, ser descubierto. a) Del mismo modo quiere ser interpretado el lema Omnia opera mea regi crucifixo et glorioso. La profunda comunidad esponsal de ser, de sentir, de vida, de tarea, de destino con el Rex crucifixus et gloriosus, según el ejemplo de la Mater dolorosa et gloriosa. b) ¿No sienten ustedes que nuevamente es una brillante jugada de la conducción divina el que, a un mismo tiempo, todo un curso, espontáneamente, haga suya la corriente del lema del año y elija como tarea de vida la preocupación por su perpetuidad y fecundidad en la Familia? ¿No quisieran detenerse aquí un instante? Arrodíllense conmigo para agradecer la gracia con que hasta ahora hemos sido conducidos, tan brillante y sorprendentemente, a través de corrientes espirituales claramente reconocidas. (…) ¿Puedo preguntar ahora qué se imaginan ustedes en la primera afirmación: el ideal de Sponsa explica la historia de nuestra Familia? ¿No es exagerado? ¿No suena demasiado atrevido, después de haber constatado cuán poco ha influido y conformado hasta ahora, nuestra vida el pensamiento esponsal? Pero enseguida debo intervenir y hacerles ver lo que sólo han escuchado a medias. Expliqué que el nuevo ideal no ha estado en el primer plano de la conciencia pública de la Familia y que las corrientes de la Familia no fueron alimentadas por él, en forma reflexiva y consciente. Pero de ningún modo dije que no lo haya sido o que haya sido poco eficaz.

9 No, hasta me atrevo a afirmar que el ideal de Sponsa ha formado esencialmente la historia de nuestra Familia y los ideales, ciertamente en silencio más bien, sin que la mayoría de nosotros lo haya sospechado, sabido o comprendido. ¿No les parece un acto de justicia y de equidad sacar por fin de la oscuridad y poner a la luz lo que hasta ahora, en el fondo, había obrado tan eficazmente? Cuán poderosamente el ideal de Sponsa llevará a toda la Familia hacia el sol y atraerá la bendición de Dios, si conscientemente llega a ser comprendido y vivido por todos y si llega a determinar la opinión pública de la Familia. Seguramente advertirán que este ideal equivale a una gran intimidad y amor a Cristo. No quisiera morir antes de que la Familia vea claramente su ideal de Cristo y los diferentes miembros lo capten con toda su alma. Una de mis oraciones más fervorosas del último tiempo fue: Querido Señor, si no me consideras digno de anunciarte a tus hijos predilectos, entonces déjate mover por tu Madre para elegir otro instrumento para ello… Yo quisiera entonces, permaneciendo en el trasfondo, darte mi salud, mi fuerza y mi vida por este don divino. No permitas que los huracanes acosen a tu Familia antes que ella te conozca y te ame mejor. Madre, hasta ahora, tú condujiste a tus hijos hacia el Redentor, pero quieres nuestra cooperación consciente, profunda y total, como continuación y perfeccionamiento de tu actividad. No permitas que los tuyos se aventuren en el mar, antes que, por lo menos, tus instrumentos hayan acabado este trabajo. Para esta finalidad me pongo a tu disposición con todo lo que soy y tengo. Madre, ¿quieres mi trabajo? - Aquí estoy. ¿Quieres que todas las fuerzas de mi espíritu lentamente se desangren? - Aquí estoy. ¿Quieres mi muerte? - Aquí estoy. Pero procura que todos los que tú me has confiado, amen a Jesús, vivan para Jesús y aprendan a morir por Jesús. Amén. ¿Pueden imaginarse cuán grande fue mi alegría al advertir con cuánta comprensión ustedes acogieron esta idea motriz y que las Sponsa Kinder quieran hacerse responsables conmigo de comprender mejor y de amar íntimamente a Cristo? Pido su fiel cooperación a todos aquellos en quienes arde el mismo amor. Sólo entonces, la filialidad, tan profundamente entrelazada a la Familia, logra su arraigo fuerte y sobrenatural y su plena manifestación. Pues sólo en Cristo y por Cristo somos, en el verdadero sentido de la palabra, "hijos de Dios".

10 Ciertamente esta filialidad sobrenatural encuentra una base sana en nuestras cualidades naturales de creatura y mujer. Pero lo meramente natural no es sino el fundamento para el gran edificio de la filialidad querido por Dios. No sólo queremos despertar y satisfacer necesidades naturales sino que, con el tiempo, queremos aprender a rezar y a vivir exclusiva y totalmente en Cristo. ¡Abbá, Padre mío! Mirando con mayor detención, observarán que todas las demás corrientes están orientadas de un modo similar, hacia Cristo y según el pensamiento de Sponsa. Lo mismo vale, sobre todo, en nuestro amor a María. No puedo expresar en palabras todo lo que, en este sentido, vive en el alma, pues entonces no llegaría al fin. Por lo tanto, les pido: tengan en cuenta que el amor a María Santísima no puede existir sin el amor a Cristo, que los dos se requieren mutuamente, si es que el amor a María no es un amor puramente natural a una mujer, en lugar de ser una forma concreta del amor a Dios y a Cristo. ¿Puedo volver a preguntar en qué sentido define el ideal de Sponsa la historia de nuestra Familia? Respondo: El ideal de Sponsa convierte la historia de nuestra Familia en una parte de la historia de Cristo, siguiendo una triple dirección. Explica: a. Los momentos gozosos de la historia de nuestra Familia b. Los momentos dolorosos de la historia de nuestra Familia c. Los momentos gloriosos de la historia de nuestra Familia. Son las mismas etapas que podemos constatar en la vida histórica de Jesús. 

Lo que nuestro padre expone en Sponsagedanken encuentra una ilustración en las oraciones del Hacia el Padre. En el librito “Orar a Cristo Jesús”, se pueden hallar tematizadas todas las alusiones que hace el padre fundador a la persona del Señor y a nuestra relación con él.



Rezando el Rosario queremos contemplar a Cristo con los ojos de María. Esto significa:

 Primero, recordar a Cristo con María. Es decir, “hacer memoria”. Traer al corazón. El hacer memoria va más allá que recordar un hecho, sino que lo reactualiza, lo revive, en el contexto actual de la persona. Lo aplica vitalmente a la propia realidad: Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación … (Como lo que sucede en la liturgia) Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: "hacer memoria" de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección. (…) El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción

11 de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable . En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto él ha realizado y la liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia.  Segundo, comprender a Cristo desde María Lo que Juan Pablo II llama “comprender” a Cristo, nuestro padre lo entiende en el mismo sentido como un conocimiento vivencial o “gustativo” de Cristo. A menudo cita la encíclica de Pio X, Ad diem illum (1904), donde éste afirma que María nos regala una “vitalis Christi noticia”. No se trata sólo de comprender las cosas que él ha enseñado, sino de 'comprenderle a él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? … Entre las criaturas nadie mejor que ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.

 Tercero, configurarse a Cristo con María "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo" (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, "revestirse de Cristo" (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27). En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: "Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto"… (María, como Madre de la Iglesia) engendra continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia. (R 15)

12 Es interesante constatar una vez más la coincidencia entre la visión del Santo Padre y la del P. Kentenich. Éste nos señala como camino de configuración con Cristo, la vinculación a María. Ese vínculo personal con ella, nos regala un asemejamiento o una actitud mariana; un estilo de vida y de trabajo marianos. En esto, el P. Kentenich pone un nuevo acento en la espiritualidad tradicional de la Iglesia. Lo primario y decisivo para alcanzar una configuración con Cristo y ser, como dice nuestro padre, “una pequeña María” es el vínculo afectivo con ella. El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo "sea formado" plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Por último, imploramos y anunciamos a Cristo Jesús con María (Ver R n. 15: “Rogar a Cristo con María” y R n. 17 “Anunciar a Cristo con María”). Ser siempre María significa, por lo tanto, contemplar siempre a Cristo. Tenerlo siempre en los ojos y en el corazón. Significa ser portadora de Cristo, pues nuestro corazón pertenece a él y está sumergido en su corazón. En el Hacia el Padre encontramos muchos textos que recogen este espíritu. Citamos sólo algunos de ellos: Con alegría sumerge nuevamente al Señor en mi alma, y, al igual que tú, me asemeje a él en todo; hazme portador de Cristo a nuestro tiempo para que se encienda en el más luminoso resplandor del sol (189) Sumérgenos en el mar de amor del cual el Rosario nos da a beber en abundancia; enciende nuestra débil voluntad de sacrificio con el ardiente amor de Cristo y de María. (337) Adéntranos profundamente en tu misión; haz de nosotros diáconos del Redentor. (341) Recibe a tu Hijo como acción de gracias por cuanto has hecho por nosotros: transformando nuestro ser nos sumergiste hondamente en Cristo; nos diste su misión y dignidad como a instrumentos para consumar la Redención. (110)

13 Haz que el Espíritu de Cristo nos penetre hondamente; en abundancia obséquianos con elocuentes lenguas de amor, para que, a semejanza tuya, Espejo de Justicia, brille a través de nosotros el resplandor de Cristo. (341) Padre, quieres darnos como alimento al Cordero, que da su vida por nosotros; para unión de amor nos donas a tu Hijo, que nosotros, Padre, te hemos regalado. (127) Así como los alimentos se transforman en aquél a quien sustentan, así incorpóranos a ti, Señor, a quien alaban cielos y tierra. (128) Como don nupcial, puro y permanente, Tú nos regalarás con las llamas de amor vivas que brotan de tu corazón. (129) Apagas el fuego de nuestras pasiones; nos colmas con amante gozo; en ti nos das cálido sol y nos buscas para la fiesta de bodas. (131) Deseas libertarnos de flaquezas; vienes a protegernos con tu amor de pasiones que nos arrastran, para que siempre nos conservemos íntegros. (132) Eres pan de los hijos de Dios, vino del que nacen almas virginales, alimento que reverencian los mártires, manantial para alegres heraldos de la Redención. (134) Con tu Esposa, señal de victoria, vences al Dragón; ante ti debe doblegarse todo enemigo: el Demonio y sus engendros infernales. (137)

14 Haz, Señor, que el amor rompa nuestra frialdad y que nuestros corazones se abran, así como la esposa anhela muestras de amor y el ciervo, los manantiales. (138) Así como te preparaste una morada en tu Madre y Compañera al dar ella su Sí, has enriquecido mi corazón. (141) Señor, ahora puedo descansar en tu pecho según el profundo deseo de mi corazón; puedo cuidar por tu reino de paz, igual que tu discípulo amado. (142) Estás enteramente con tu ser en el santuario de mi corazón, así como reinas en el cielo y habitas glorioso junto al Padre. (143) Sólo a ti quiero consagrar mi amor puro como azucena; todo lo que pueda empañarlo es para mí tan sólo vana ilusión. (146) Me regalas luz y me das fuerza contra las malas pasiones; me conformas según tu imagen, como se manifiesta en María, tu Compañera. (156) Estaré siempre dispuesto para las bodas al fin de los tiempos; espero lleno de confianza el magno juicio final. (160) Consideremos ahora el primer misterio de luz: 2.

El bautismo de Cristo

Leamos primeramente el texto en el Evangelio de san Mateo: Yo (Juan Bautista) os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.

15 En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga. Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Jesús le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.» Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los edenes decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». (Mt 3:11-17) Leemos también la profecía de Isaías: He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho, y su instrucción atenderá las islas. (Is 42: 4) Este texto presenta un gran escenario en el cual se nos revela la Santísima Trinidad: Cristo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; el Espíritu Santo en forma de paloma, y el Padre que confiesa su amor por Cristo Jesús. Centraremos nuestra meditación en una frase, en la confesión de Dios Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». El texto nos revela a Cristo como el Amado, el Predilecto del Padre. Es el Amado del Padre que nos muestra el amor del Padre. Cristo es y se sabe el Hijo amado del Padre. Él viene y va hacia el Padre (cf Jn 16, 28); él está en el Padre y el Padre está en él (cf Jn 14, 11); él y el Padre son una sola cosa (cf Jn 10, 30); todo lo que tiene el Padre es de él (cf Jn 16, 15); él vive por el Padre (cf Jn 6, 57); el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace (cf Jn 5, 20); el Padre siempre está con él y nunca lo deja solo (cf Jn 8, 29); el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano (cf Jn 3, 35); él y el Padre son uno (cf Jn 17, 11) … Esta es la conciencia fundamental de Cristo. El amor del Padre es lo que hay en lo más profundo de su alma. También María posee la misma conciencia. Su experiencia básica es saberse predilecta del amor de Dios. El ángel Gabriel, al saludarla de parte del Altísimo, lo había destacado: “Alégrate, predilecta” del Señor. Por eso su alma rebozaba de gozo. ¿Nos sabemos y sentimos igualmente amados del Señor? Nuestro padre insistía una y otra vez: Los santos comenzaron a ser santos en el momento que se supieron y hasta se sintieron especialmente amados por Dios.

16 No basta, decía, saberse amado en general. Debíamos poder confesar de corazón con san Pablo “Dilexit me”. No decir “nos amó a nosotros”, sino me amó a mí, individualmente, personalmente. ¿Está viva en mí esta conciencia? Toda la espiritualidad de Schoenstatt parte del cultivo de esa vivencia. A diferencia de la espiritualidad tradicional, que parte del reconocimiento de nuestra nada y de nuestro pecado. En el retiro anual ésta debe constituir una de las meditaciones centrales: •

¿En qué experimenté yo este año el amor de predilección de Dios?



¿Cuándo, dónde, cómo?

¿En qué me siento especialmente amada del Señor? El P. Kentenich cita la orientación de san Ignacio en sus ejercicios: enumerar y ponderar con mucho afecto las muestras del amor de Dios. Recordemos que uno de los puntos centrales de la Epistola Perlonga es la defensa del “secreto de los santos”, de Schoenstatt como una “ocupación predilecta de Dios”. San Pablo, en su epístola a los Efesios, describe en forma magistral el plan de salvación de Dios y cómo éste está determinado por el amor de predilección que Dios Padre nos tiene en Cristo Jesús: Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado.” (Ef 1, 2-6) “De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia” (Jn 1,16). ¿Cuáles son esas “toda clase de bendiciones”, esas “gracia sobre gracia” que hemos recibido? El amor del Señor lo recibo básicamente a través de las personas y de los acontecimientos. Es allí donde tengo que contemplarlo y agradecerlo. De otra forma nuestro corazón nunca se encenderá suficientemente en su amor. La conciencia de predilección que alberga María proviene de ser ella elegida para Cristo, el Mesías. Ella se siente amada en forma especial, por Cristo y en Cristo. Lo mismo sucede con nosotros. Nos sabemos y sentimos amados y predilectos del Padre en Cristo, tal como María.

17 Esa predilección de Dios y del Señor se nos manifiesta a través de personas concretas y a través de las circunstancias que rodean nuestra vida: en nuestra historia de vida. Por eso queremos preguntarnos en este retiro, en qué personas hemos experimentado el amor del Señor en forma especial durante este año: su cercanía, su bondad, su protección, su gratuidad, su perdón, su compañía … En segundo lugar, queremos también tomar conciencia que el amor del Señor y de María llega a otras personas a través del amor que nosotros podamos darles a ellas. “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros. Permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Cristo Jesús, el Amado, en quien el Padre puso toda su complacencia, transmite y prolonga ese amor hacia los apóstoles, hacia nosotros, hacia todos los hombres, para que también nosotros podamos experimentar así el amor del Padre. ¿Hago también yo algo semejante? ¿Cuándo, cómo, a quién he podido dar amor en forma especial durante este año? Recordemos el Himno al Terruño: “¿Conoces aquella tierra, cálida y familiar, … para saciar la sed de amor que padece el mundo…?” PREGUNTAS PARA LA MEDITACION PERSONAL EJERCICIO 1: 1. Escribir los nombres de tres personas de las cuales he recibido especiales muestras de amor durante este año. 2. ¿Qué hechos concretos, como muestras de amor, he recibido de ellas? Nombrar tres hechos referidos a cada una de ellas. 3. Reconstruir un hecho concreto. 4. Ponderarlo con mi afecto, gozarlo nuevamente. 5. Referir ese hecho al amor del Señor: ¿Qué faceta del amor de Dios se me hizo más viva y patente en ese hecho o muestra de amor? 6. Agradecerlo al Señor y conversar con él. 7. Hacer lo mismo respecto a cada uno de los hechos o muestras de amor que he destacado. EJERCICIO 2 1. ¿En qué acontecimientos puedo percibir claramente la conducción amorosa de Dios durante este año? Enumerar 3 acontecimientos. Luego tomarlos uno a uno y desarrollar la siguiente meditación: 2. Recordar con detalle el acontecimiento, circunstancias, etc. 3. ¿En qué se muestra especialmente en ello la conducción de Dios? 4. Ponderar con afecto esa muestra de amor de Dios para conmigo. 5. Dialogar con el Señor al respecto. 6. ¿Qué me dice hoy esa muestra de amor de la Providencia Divina? EJERCICIO 3:

18 1. Hacer un salmo de gratitud (a semejanza del salmo 36 y 118) que recoja todos estos hechos que testifican el amor de Dios para conmigo. 2. Hacer una pequeña liturgia con este salmo de gratitud. EJERCICIO 4: 1. ¿A qué personas he podido transmitir con mi entrega el amor del Señor? 2. ¿Qué rayo de luz proyecto de ese amor? Como profundización podemos meditar los siguientes puntos: EJERCICIO 5: Enumerar y ponderar los dones que me ha concedido Dios en el orden: a. físico-corporal (salud, etc) b. afectivo (tener buen corazón, generosidad, ser cariñoso, alegría, etc.) c. volitivo (capacidad de amar, de comprometerme, actuar) d. intelectual (inteligencia racional, emocional) e. en relación a mi temperamento (melancólico, sanguíneo, flemático, colérico) f. comunitario g. apostólico, en el ejercicio de mi maternidad h. las cosas que he podido sacar adelante en mi trabajo o apostolado. i. en relación a los bienes materiales de los cuales he podido disfrutar j. etc.

19 SEGUNDO MISTERIO DE LUZ LA MANIFESTACIÓN DE CRISTO EN LAS BODAS DE CANÁ

1. Contemplar a Cristo con María: “Su existencia entera es una plena comunión con su Hijo”. La oración del Rosario nos centra en la persona de Jesús. Queremos mirarlo con los ojos de María y amarlo con el ardor de su corazón. Al hacerlo, enriquecemos y profundizamos la riqueza de nuestros vínculos. Como Provincia Cenáculo, depositaria de la Misión del 31 de Mayo, podemos pedir y esperar de nuestra Mater el regalo de una plenitud de vínculos personales naturales y sobrenaturales. La fuente radical de nuestros vínculos brota y se alimenta en nuestra alianza de amor con María. Por esa alianza de amor nos unimos e identificamos con su persona y su misión. Queremos ser siempre María. Esto quiere decir: queremos hacer nuestro el gran amor de la Virgen: Cristo Jesús, su pertenencia y amor a él. Según el plan de Dios, afirma el Documento de Puebla, en María “todo está referido a Cristo y todo depende de él” (MC 25). Su existencia entera es una plena comunión con su Hijo. Ella dio su sí a ese designio de amor. Libremente lo aceptó en la anunciación y fue fiel a su palabra hasta el martirio del Gólgota. Fue la fiel acompañante del Señor en todos sus caminos. La maternidad divina la llevó a una entrega total. Fue un don generoso, lúcido y permanente. Anudó una historia de amor a Cristo íntima y santa, única, que culmina en la gloria. (n. 292) Por eso, si la Iglesia quiere descubrir su identidad profunda, debe mirar a María. El misterio de la Iglesia, esposa del Señor, es el misterio de la Virgen María. De allí que cuando la Iglesia tiende a convertirse primariamente en una organización, en meros equipos que elaboran y llevan a cabo programas de acción, en puros grupos de reflexión o en un código de normas morales, pierde su esencia más íntima, pues deja de ser María. La riqueza y la raíz de la fecundidad de la Iglesia radican en esa total pertenencia y apertura personal a Cristo Esposo, en su total disposición a colaborar con él, sirviendo, sufriendo, dándose a él sin descanso. Esa historia de amor íntima y santa que anudó María a Cristo, esa unión esponsal con él, es el paradigma de la unión de todo cristiano y de toda la Iglesia con el Señor, y lo es particularmente para nosotros que hemos elegido el camino de la consagración virginal al Señor. La presencia de María en medio de la Iglesia constituye así la garantía de su identidad más profunda, y de modo semejante, su presencia en nuestra alma es lo que garantiza nuestra apertura personal y nuestra disponibilidad ante el Señor. Todos los demás atributos de María se explican en este contexto. Así, por ejemplo, si ella fue concebida sin pecado original, es porque Dios la había pensado para ser madre del redentor y colaboradora suya. La decisión de María por su virginidad responde a un impulso del Espíritu Santo en su alma, que la llevaba a querer pertenecer

20 única y exclusivamente a Dios. Cuando Dios, por el ángel Gabriel, le manifiesta su plan de amor, ella da su sí sin vacilar, aceptando ser madre del Mesías. De allí en adelante, ya es claro para ella que todo tiene un solo sentido: ser para Cristo. Ser siempre María significa ser siempre de Cristo. Por eso acogemos con alegría la invitación del Santo Padre a contemplar a Cristo con María en el rezo del santo rosario. Quisiéramos hacer nuestra en forma muy especial la oración de nuestro Padre, “Recibe, Señor”. Esta oración, escrita por el padre fundador para las Hermanas en el campo de concentración de Dachau, como sabemos, es una ampliación de la oración de san Ignacio, “Suscipe”. La última estrofa recoge una conocida oración de san Nicolás de Flüe: “Mi Dios y Señor”. Es interesante considerar los “agregados” que hace nuestro padre. Por de pronto él explicita que la entrega a Cristo es por manos de María (lo que ciertamente está en concordancia con el sentir de san Ignacio). Además, no se limita a una entrega total de la voluntad y la inteligencia, sino, enfatiza: “Toma el corazón entero”. Es sobre todo nuestro corazón lo que el Señor anhela que le entreguemos. Por otra parte, toda esta entrega radical de nuestro ser y amor a Cristo se realiza en el contexto del saberse entrañablemente amados por él. Por eso acentúa: “Haz que, cercano o lejano, me sepa amado por ti como la cara pupila de tus propios ojos”. Meditemos una vez más esta hermosa oración: Recibe, Señor Por manos de mi Madre recibe, Señor, la donación total de mi libertad soberana: toma mi memoria, los sentidos, la inteligencia; recíbelo todo como signo de amor. Toma el corazón entero y toda la voluntad, y de este modo se sacie en mí el auténtico amor; para mi mayor felicidad, cuanto Tú me has dado, sin ninguna reserva te lo devuelvo. Sobre todo esto dispón siempre a tu gusto; sólo una cosa te pido: ¡que te ame, Señor! Haz que, cercano o lejano, me sepa amado por ti como la cara pupila de tus propios ojos. Concédeme las gracias que me impulsen con vigor hacia aquello que sin ti no me atrevo a emprender; dame participar en la fecundidad que tu amor otorga a tu Esposa.

21 Dame ser fecundo para el terruño de Schoenstatt: mi vida sea un Sí creador para cuanto, bondadosamente, con la tierra de Schoenstatt Tú has planeado para la salvación de los hombres. Sólo entonces me deben llamar dichoso, pleno, y nunca se me podrá dar una felicidad mayor; ya nada hay que continúe anhelando: lo que tú dispongas es mi querer y mi bien. Mi Señor y mi Dios, toma todo lo que me ata, cuanto disminuye mi fuerte amor por ti; dame todo lo que acreciente el amor por ti y, si estorba al amor, quítame mi propio yo. Amén. 2. Cómo meditar cada misterio El Papa Juan Pablo II, nos habla de “una renovada exigencia de meditación” para el cristiano actual. El rosario, agrega, es “un método para contemplar”(R 28). Nos invita a dar especial importancia a la contemplación del misterio que se enuncia, haciendo una adecuada “composición de lugar” “Es, dice el santo Padre, como abrir un escenario en el cual concentrar la atención” (R 29), haciendo referencia al método propuesto por san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, afirma: Se ha recurrido al elemento visual e imaginativo (la compositio loci) considerándolo de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino. El enunciado de los varios misterios del Rosario se corresponde también con esta exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la lectio divina, sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los misterios considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria lucis, se limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre todo cuando el Rosario se recita en momentos especiales de prolongado recogimiento. (R 29) Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y "para mí". (R 30) La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos

22 unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación. Uno de los límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación social es que el silencio se hace cada vez más difícil. Así como en la Liturgia se recomienda que haya momentos de silencio, en el rezo del Rosario es también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar la Palabra de Dios, concentrando el espíritu en el contenido de un determinado misterio. (R 30) 3. La manifestación de Jesús en las Bodas de Caná De acuerdo a esto, leemos y meditamos el texto bíblico: (Jn 2:1-12) Nuevamente escogemos sólo un aspecto de este pasaje. Es el misterio de la luz en el cual aparece más destacada la persona de María. Se muestra en él la poderosa influencia de la colaboradora permanente del Señor, en la obra de la redención. Cristo ha querido tener junto a sí a la Virgen, no como una colaboradora pasiva, sino activa, de carácter, con personalidad e iniciativa propias. Como lo afirma Puebla, citando a Pablo VI en Marialis Cultus: María, llevada a la máxima participación con Cristo, es la colaboradora estrecha en su obra. Ella fue “algo del todo distinto de una mujer pasivamente remisiva o de religiosidad alienante” (MC 37). No es sólo el fruto admirable de la redención; es también la cooperadora activa. En María se manifiesta preclaramente que Cristo no anula la creatividad de quienes le siguen. Ella, asociada a Cristo, desarrolla todas sus capacidades y responsabilidades humanas, hasta llegar a ser la nueva Eva junto al nuevo Adán. María, por su cooperación libre en la Nueva Alianza de Cristo, es junto a él protagonista de la historia. Por esta comunión y participación, la Virgen Inmaculada vive ahora inmersa en el misterio de la Trinidad, alabando la gloria de Dios e intercediendo por los hombres. (n. 293) En Caná, María aparece en toda su sencillez: no es el centro de la fiesta, tampoco está junto a Jesús, la “estrella” del momento, que aparecía por primera vez en público junto con sus apóstoles. Pero ella está presente, seguramente en la cocina, ayudando. Está atenta a lo que falta y percibe que se ha acabado el vino. Reacciona y toma la iniciativa. Se moviliza y moviliza a otros. Primero se dirige directamente al Señor y le pide que haga algo, diciéndole simplemente “no tienen vino”. Luego, a pesar de la aparente negativa de Cristo, se dirige a los sirvientes, diciéndole “Hagan lo que él les diga”. No analizaremos ahora toda la riqueza de este pasaje, nos detenemos, como dijimos, en esta actitud concreta de la Virgen María. Ésta revela un rasgo esencial de su persona: su maternidad, su entrega al servicio desinteresado de los demás. Nos revela su personalidad íntegra y activa. Y nos revela al Señor, dispuesto a escucharla, que acepta su iniciativa y que actúa, movido por ella, revelando su poder redentor, a fin de que los discípulos crean en él.

23 3. ¿Qué nos dice esta actitud de la Virgen? a. María está atenta a lo que sucede Si queremos ser siempre María debemos estar conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor inmediato y mediato. No podemos sustraernos de la realidad que nos rodea. Si consideramos el Magníficat, allí también María se muestra consciente de la historia y del destino de su pueblo. b. María interviene por propia iniciativa La Virgen toma la iniciativa actuando; no se queda esperando que otros actúen o que reciba un pedido o una orden para hacerlo. Se atreve. Esto muestra cierta autonomía. En una comunidad tenemos que precavernos del pasivismo y del paternalismo. Ambos extremos minan la libertad y la riqueza de la persona. Otra cosa es que actuemos siempre en comunicación con nuestros superiores. Pero todo buen superior está feliz de contar con miembros con propia iniciativa. Por eso, como María, despleguemos nuestra creatividad y pongamos al tanto de nuestras preocupaciones y proyectos a nuestros superiores. Ella llevó su propuesta al Señor. Y, en el caso concreto, “lo convenció” de que actuase. c. María moviliza a otros para que actúen Ella no hace todo. Podría haberse puesto a llenar ella misma las tinajas. Tal vez también cooperó, pero permitió que los sirvientes asumieran igualmente su parte. d. María se preocupa no sólo ni en primer lugar de las necesidades sobrenaturales, lo que directamente le importa es la necesidad concreta de la persona. Nuestra maternidad si es mariana es “aterrizada”. En otras palabras, es una maternidad cálida y cercana. Es interesante constatar que la Virgen se preocupa en primer lugar por algo natural, así fue también en su visita a Isabel, y a partir de ello se manifiesta un hecho de orden sobrenatural: se fortalece la fe de los discípulos, Isabel y el niño reciben el Espíritu Santo. e. En María la virginidad y la maternidad están estrechamente unidas. No es Virgen y Madre, sino una Madre virginal o una Virgen maternal. Tenemos que tener siempre presente que la virginidad de María consiste en estar desposada con Cristo, en la plena y perfecta pertenencia del Señor. Esta virginidad “por el reino de los cielos”, nada tiene que ver con una especie de separación del mundo y de las personas. La persona casada pertenece a su cónyuge y a sus hijos. Nosotros renunciamos al matrimonio y a los hijos según la carne, pero nuestro amor esponsal se sublima en la pertenencia total a Cristo Jesús. Y esa esponsalidad o, en nuestro caso, virginidad, se prolonga en nuestra maternidad. Hoy, más que nunca Cristo necesita de compañeras y colaborados maternales, que den amor y se consuman en el servicio a los demás. Si tomamos el Cántico al Terruño, vemos cómo el Padre fundador une y relaciona íntimamente virginidad y maternidad:

24 "Siempre María" nos llama a desplegar en y como María una extraordinaria maternidad. Estamos llamadas a ser, como dice nuestro padre: “madres del pueblo”. Por ser compañeras y colaboradoras del Señor, por pertenecer esponsalmente a él, nuestro ser y misión nos impulsa a darnos generosamente como madres. La relación entre nuestro ser virginal (es decir, nuestra pertenencia indivisa a Cristo) no se contrapone a nuestra entrega maternal. No son dos cosas separadas, o, menos aún, opuestas, en el sentido que la acentuación de una reste valor o fuerza a la otra. “Mientras más virgen, menos madre” o ”mientras más madre menos virgen”. Pensar así sería algo enteramente errado. En nosotros, como en María, nuestra virginidad o esponsalidad es una virginidad maternal y nuestra maternidad es una maternidad virginal o esponsal. Esto lo expresa claramente el P. Kentenich en el Cántico al Terruño: ¿Conoces aquella tierra abundante y pura, reflejo de la Belleza eterna: donde las almas nobles y fuertes se desposan con el Cordero de Dios; donde ojos transparentes irradian calor y manos bondadosas alivian los dolores; donde esas manos sin mancha continuamente se juntan en oración para conjurar los poderes demoníacos? Yo conozco esa maravillosa tierra: es la pradera asoleada con los resplandores del Tabor, donde reina nuestra Señora tres veces Admirable en la porción de sus hijos escogidos, donde retribuye fielmente los dones de amor manifestando su gloria y regalando una fecundidad ilimitada. ¡Es mi terruño, es mi tierra de Schoenstatt! Leo en este contexto una cita del padre fundador: Yo sé que no todos pueden lograrlo –al varón no le es tan innato (o connatural)el preocuparse, año tras año, de los detalles más insignificantes y de asumirlos personalmente (pero no así, en forma superficial, tal como se puede leer el diario, para satisfacer sensaciones, sino con esa calidez, con ese ardor interior, como si se tuviese ante sí sólo a esa persona y como si se tuviese sólo responsabilidad por ella). A esto es a lo que me refiero cuando hablo de paternidad y de maternidad creadora, la cual no conoce únicamente una distancia respetuosa, sino también una cercanía llena de amor, dispuesta a entregar todo por su séquito: no poniendo a su disposición sólo las capacidades y los talentos, sino sacrificando también por los suyos el descanso y el sueño y desgastando por ellos hasta el último resto de sus fuerzas. “Nadie tiene mayor amor que aquel que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). (P. Kentenich 1933) Recordamos las palabras de nuestro Padre en su plática del 31 de Mayo: “Yo no quiero ser sólo un señalizador en el camino… No, vamos el uno en el otro y con el otro…”. Lo

25 que el Padre expresa en este texto fue lo que él vivió y nos enseñó. Es también la experiencia de san Pablo, para quién la paternidad estaba íntimamente unida a la maternidad y poseía la misma cercanía humana y calidez que para nuestro Padre. Dice san Pablo: Nuestra exhortación no procede del error, ni de la impureza ni con engaño, sino que así como hemos sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones. Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, Dios es testigo, ni buscando gloria humana, ni de vosotros ni de nadie. Aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Cristo, nos mostramos amables con vosotros, como una madre cuida con cariño de sus hijos. De esta manera, amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser, porque habíais llegado a sernos muy queridos. Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con vosotros, los creyentes. Como un padre a sus hijos, lo sabéis bien, a cada uno de vosotros os exhortábamos y alentábamos, conjurándoos a que vivieseis de una manera digna de Dios, que os ha llamado a su Reino y gloria. (1 Tess 2, 3-12) ¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros. Quisiera hallarme ahora en medio de vosotros para poder acomodar el tono de mi voz, pues no sé cómo habérmelas con vosotros. (Gal 4, 19-20) Mirad, es la tercera vez que estoy a punto de ir a vosotros, y no os seré gravoso, pues no busco vuestras cosas sino a vosotros. Efectivamente, no corresponde a los hijos atesorar para los padres, sino a los padres atesorar para los hijos. Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas. Amándoos más ¿seré yo menos amado? (2 Cor 12, 19-20)

PREGUNTAS PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL Teniendo ante nosotras la escena de Caná, nos preguntamos cómo vivimos nosotras la maternidad de María: •

¿Estoy atenta a lo que acontece en torno a mí? ¿Estoy pendiente y soy consciente de las necesidades de mi medio, de mi comunidad, de mi apostolado, de la Iglesia, de mi país? ¿O tal vez “vivo en mi mundo”?



¿He meditado qué me está pidiendo a mí el Señor con las necesidades que constato?

26 •

¿Cómo está mi capacidad de tomar iniciativas? ¿Soy más bien de una naturaleza pasiva? ¿Estoy esperando que otros me soliciten algo explícitamente o tengo la mirada “intuitiva” de María?



¿Soy, quizás, demasiado impulsiva? ¿Tiendo a tener una maternidad “acaparadora”, “posesiva”, “ahogante”, “sobreprotectora?



¿Movilizo a otros para que actúen? ¿Tiendo yo a hacer todo? ¿Dejo y promuevo a otros que desplieguen su creatividad? ¿Los animo a hacerlo?



¿Me preocupo de las necesidades concretas de las personas o tiendo tal vez a ser demasiado “sobrenatural” o “espiritual”?



¿Experimento los frutos de mi maternidad en el orden de la gracia?



¿Sé unir armónicamente la distancia y la cercanía, el respeto por el tú y el servicio? ¿Cómo me ven y sienten los demás?

27 EL TERCER MISTERIO DE LA LUZ: JESÚS NOS INVITA A LA CONVERSIÓN

1.Introducción: Carta del P. Kentenich al Padre Trevisan En una carta del 1 de Mayo de 1949, se dirige nuestro Padre al P. Máximo Trevisan en los siguientes términos: Personalmente pienso que para el ámbito cultural latino es de extraordinaria importancia, reconquistar para la devoción mariana su relación con Cristo y con la Trinidad. Si esto no se logra llevar a cabo con éxito, la piedad de los pueblos latinoamericanos no alcanzará profundidad, no podrá transformar interiormente las naciones y no estará preparada para la gran lucha antibolchevista. También nuestros padres debieran considerar como tarea mostrar a la Virgen María no sólo como la Madre del pan, sino entregarla al pueblo también como la gran portadora de Cristo, como la que nos entrega a Cristo y como la que sirve a Cristo (Christusträgerin, Christusbringerin un d Christusdienerin). Pasará el tiempo hasta que el pueblo acoja esta visión de María. En este sentido señalo que una de las gracias de nuestro santuario de Schoenstatt consiste justamente en ese cobijamiento espiritual en el corazón de Cristo y del Dios Trino y en la transformación interior, es decir, en la conformación con Cristo. Dada a su disposición metafísica, usted debiera considerar como una tarea esencial mantener siempre con fuerza esta idea central. Esta carta de nuestro Padre es de gran importancia para nosotros, pues, como Institutos, somos responsables de la orientación pastoral y pedagógica del Movimiento. Se trata de desarrollar y hacer florecer en Latinoamérica una piedad mariana bien fundamentada, que sea capaz de ser un factor decisivo de transformación cristiana de nuestros pueblos. Este año dedicado al Rosario forma parte de la respuesta que debemos dar a lo que él nos propone. No es lo único, pero de todas formas es mucho. Pensemos, por ejemplo, en la Virgen Peregrina y en nuestros otros apostolados, etc. Pero también pensamos en nosotros mismos. Se nos ofrece un año de gracias en el cual el Santo Padre nos llama precisamente a contemplar a Cristo con los ojos de María y a amarlo con su amor. En otras palabras: nos invita a enriquecer y profundizar nuestra autocomprención a la luz de María, compañera y colaboradora de Cristo, y a alcanzar aquello que nuestro Padre llama “Christusinnigkeit” y “Christusergrieffenheit”: nuestra intimidad con Cristo y nuestra pasión por Cristo. 2. El tercer misterio de luz: Jesús llama a la conversión El Santo Padre se refiere en estos términos a este misterio de luz: El misterio de luz es la predicación con la cual Jesús invita a la conversión, perdonando los pecados de quien se acerca a él con humilde

28 fe, iniciando así el ministerio de la misericordia que él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la reconciliación confiado a la Iglesia. (R 21) Lectura del texto bíblico Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: 15 “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”. (Mc 1, 14; Cf. Lc 10, 9) Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: « Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado. » (Mt 4, 12-17) El reino de los cielos: Está cerca Ha llegado Está en medio de vosotros Crean en la Buena Nueva = ábranse a ella, recíbanla Luego, ¡Conviértanse! La conversión es una gracia que proviene de la iniciativa divina, del Buen Pastor, que sale en busca de la oveja perdida (Lc 15, 4 ss). Lo decisivo en este cambio es la misericordia del Padre que nos acoge y restituye en nuestra dignidad de hijos (Cf Lc 15,11-32). Era esa actitud de gratuidad que muestra el Señor lo que resultaba un escándalo para los fariseos (Cf Lc 7, 36-50; 19, 5-9), que creían ser justificados por sus obras. Por eso el Santo Padre al presentar este misterio, dice que Cristo nos llama a la conversión “iniciando así el ministerio de la misericordia”. Para Cristo lo que cuenta esencialmente es el cambio interior. La conversión necesaria (“nacer de nuevo” cf. Nicodemo) para entrar en el Reino de Dios es convertirse y ser como los niños: En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos? » El llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: « Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. (Mt 18, 1)

29 Recibir la Buena Nueva: al Señor y al anuncio de que tenemos un Padre en los cielos y que él nos trae la redención Por eso: = NACER DE NUEVO Llegar a ser como los niños, Implica el esfuerzo continuo por “buscar el Reino de Dios y su justicia (santidadrectitud). (Cf. Mt 6, 33) Esta conversión, si bien comprende una voluntad de transformación moral, es, ante todo, una súplica humilde, un acto de confianza en el perdón de Dios que clama: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador” (Lc 18, 13). Luego, como consecuencia: El tercer misterio de la luz es un vivo llamado a esta conversión interior, a configurarnos y revestirnos de Cristo. La conversión significa que quien se ha desviado (por el pecado) del buen camino, se vuelve a Dios. Ello requiere un cambio de conducta, una nueva orientación de todo el comportamiento. Este cambio tiene una doble dimensión: una exterior (el cambio de conducta práctica) y una interior (el cambio del corazón o de mentalidad –“metanoia” es el término que usa la Biblia”·= arrepentimiento, penitencia). Ambos aspectos están estrechamente ligados. Injertados en Cristo por el bautismo y el Espíritu Santo nos despojamos del hombre viejo para revestirnos del hombre nuevo, creado según Cristo, configurándonos con él. 3. Profundicemos el contenido o significado de esta conversión a la cual Cristo nos llama a. Veamos en primer lugar cómo san Pablo explica este proceso de conversión La experiencia personal de san Pablo: Sabemos cómo Pablo experimentó su conversión como una gran intervención de Dios: él lo derriba del caballo. Debe experimentar todo su desvalimiento y recibir con humildad el don de Dios. En su lenguaje “fue alcanzado por Cristo”. De allí sigue el proceso de su conversión y transformación: Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme

30 semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. Así pues, todos los perfectos tengamos estos sentimientos, y si en algo sentís de otra manera, también eso os lo declarará Dios. Por lo demás, desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante. (Filipenses 6, 7-16) La conversión es abordada por san Pablo desde la perspectiva del despojo del hombre viejo, para revestirse del hombre nuevo, creado según Cristo Jesús. “El hombre interior en nosotros se renueva de día en día” (2 Cor 4, 16). Los bautizados deben despojarse de la vieja levadura para ser una masa fresca y nueva (1 Cor 5, 7). Esta conversión implica “tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús” y, concretamente, antes que nada, significa cambiar nuestra conducta frente a los hermanos, revistiéndonos de “entrañas de misericordia”, o, como dice el Evangelio “siendo perfectos (misericordiosos) como el Padre de los cielos es perfecto (misericordioso): Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos. Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre. (Col 3, 9-17). En su epístola a los Efesios san Pablo retoma el mismo tema: Os digo, pues, esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles, según la vaciedad de su mente, sumergido su pensamiento en las tinieblas y excluidos de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su cabeza los cuales, habiendo perdido el sentido

31 moral, se entregaron al libertinaje, hasta practicar con desenfreno toda suerte de impurezas. Pero no es esto lo que vosotros habéis aprendido sobre Cristo para vivir así, Porque supongo que habéis oído hablar de él y que, en conformidad con la auténtica doctrina de Jesús se os enseñó como cristianos a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad. Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. Si os airáis, no pequéis; no se ponga el sol mientras estéis airados, ni deis ocasión al Diablo. El que robaba, que ya no robe, sino que trabaje con sus manos, haciendo algo útil para que pueda hacer partícipe al que se halle en necesidad. No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención. Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo. (Efesios 4, 17- 32. Cf Rom 6, 4-11) La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias. (Rom 13, 12-14) b. El santo Padre explica que nuestra contemplación de los misterios de Cristo con los ojos y el corazón de María, nos llevan a una auténtica configuración o asemejamiento con el Señor. Citemos una vez más sus palabras: La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo" (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, "revestirse de Cristo" (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27). En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal

32 de configuración con él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. (R 15) c. El llamado de nuestro Padre fundador a la conversión 1) Schoenstatt surgió en la Iglesia como un Movimiento de renovación Así como el hombre viejo, como la mentalidad antigua, adquiere en cada época de la historia un rostro nuevo, así también la renovación de la Iglesia adquiere una nueva faz: la Iglesia de las nuevas playas es la que intuyó el Padre fundador y que nosotros, como herederos de su misión, tratamos de llevar adelante. Schoenstatt surgió en el seno de la Iglesia de nuestro tiempo, para renovar la Iglesia, para impulsar un cambio, una auténtica conversión. Esta renovación la impulsó decisivamente la Iglesia en el Concilio Vaticano II. “El Schoenstatt preconciliar equivale a la Iglesia postconciliar” afirmó nuestro Padre después del Concilio. Ese es también el sentido del llegar a ser corazón de la Iglesia. Esta renovación que proclama el P. Kentenich la formuló en diversas formas. Propone como meta forjar un hombre nuevo. Busca la renovación mariana del mundo en Cristo. Se juega por un cambio en el modo de pensar, de amar y de vivir orgánicos. En términos actuales diríamos hoy, usando el lenguaje de Juan Pablo II, que Schoenstatt propone una “nueva evangelización” de carácter marcadamente mariano. El sentido de nuestros santuarios es justamente ése: en ellos María quiere iniciar un profundo movimiento de renovación de la Iglesia y del mundo. En su santuario María regala justamente la gracia de la transformación interior. 2). ¿Cuál es nuestro camino hacia la conversión •

La conversión es para nosotros, en primer lugar, una conversión mariana

Para nosotros, despojarnos del hombre viejo y revestirnos de Cristo, significa despojarnos de Eva y revestirnos de María, la mujer vestida de sol, configurada íntegramente con Cristo Jesús. En otras palabras: ser siempre María, ser una pequeña María, encarnar un rayo de las glorias de María, ser un reflejo luminoso del sol de María, es la gran meta de nuestra conversión: queremos revivir su persona, su misión en forma original y única; anhelamos ser una aparición de María para nuestro tiempo. Si encarnamos ese ideal, entonces significa que se ha producido en nosotras una real configuración con Cristo. Con María y san Pablo, podremos entonces decir: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Nuestros santuarios son así focos de renovación para la Iglesia y el mundo. •

En segundo lugar, nuestro camino de conversión responde a una marcada pedagogía del amor

33 Conocemos la ley fundamental de nuestra pedagogía: “por la vinculación a María hacia una actitud, un estilo de vida y de trabajo marianos”. El amor o vinculación (es decir, ese amor cálido, personal y permanente) a María produce en nosotros en forma funcional un asemejamiento con ella y con el Señor, pero, al mismo tiempo, nos impulsa a cambiar nuestra conducta, nuestra mentalidad y modo de vivir. Esto, no en último término, porque todo amor verdadero trata de agradar y dar alegría al amado. Si descubrimos en nosotros formas que a él no le agradan, entonces lo natural es que luchemos por superarlas. Ciertamente, debido al pecado original y a nuestros propios pecados, esto requiere emprender una necesaria lucha contra nuestro egoísmo y conducta que desdice nuestro ser María, compañera y colaboradora del Señor y predilecta de su corazón. •

En tercer lugar, esta pedagogía del amor, que impulsa nuestra conversión, está motivada no sólo por el amor a María y al Señor, sino a las personas concretas a las que estamos vinculados y que servimos apostólicamente: “Por ellos me santifico”.

La vivencia del Jardín de María arroja una clara luz al respecto. ¿Qué fue lo que motivó concretamente a la Familia a vivir la entrega total (la segunda conversión), el Poder en Blanco y la Inscriptio? De parte de la Familia y expresamente de las Hermanas, sin duda, el amor al Padre fundador. Y por parte del Padre fundador, sin duda, el amor a los suyos. A ese espíritu responde la oración del Hacia el Padre: “Mira, Padre, a nuestra Familia”, cuya consideración lo dice así: Si en el ser y en la vida nos asemejamos a Cristo, podremos extendernos las manos unos a otros: la santidad de uno favorece a todos a través de la sangre del Señor. Así el amor de la Familia nos da alas para refrenar con ahínco las malas pasiones y esforzarnos por la más alta santidad, con vigoroso espíritu de sacrificio y sencilla alegría. (nn.487-489) •

En cuarto lugar, necesitamos y Schoenstatt nos ofrece medios concretos de conversión, progreso espiritual y transformación interior en Cristo

34 Estos medios ascéticos suponen los medios que el mismo Señor nos ofrece en los sacramentos, especialmente en la confesión y la eucaristía, y en la Palabra. Suponen la alianza de amor en el santuario. Son, sin embargo, ayudas necesarias dado nuestra fragilidad. Nos permiten crecer en forma armónica y vivir la santidad en medio del mundo. Quieren darnos armonía y coherencia en medio de un mundo donde nos encontramos sometidos al estrés, a la dispersión y al poder de un sinnúmero de fuerzas que nos apartan del Señor. Estos medios o caminos de autoformación, como sabemos, son el ideal personal, el examen particular y el horario espiritual. a. El ideal personal La formulación de un ideal personal hace que nuestra lucha por la santidad esté centrada y sea coherente con nuestros talentos y la misión original que Dios nos ha confiado. No tenemos ante nosotros, como meta y guía de perfección, un cliché o un código impersonal que nos propone normas de comportamiento. Más bien, como respuesta al llamado y vocación original que Dios nos ha hecho y también como respuesta a una cultura que tiende fuertemente a la masificación, tratamos de descubrir (en el marco del ideal comunitario y de nuestros cursos) nuestra originalidad y misión propias. Este ideal personal ilumina y orienta todo nuestro actuar y nuestra lucha por la santidad. b. El examen particular Como sería infecundo y prácticamente imposible abarcar simultáneamente todos los frentes de nuestra autoformación, buscamos un propósito o examen particular (ambos términos expresan lo mismo) que centre nuestro esfuerzo por crecer y superarnos. Nuestra modalidad ascética no consiste en ir tratando de conquistar sistemáticamente una virtud tras otra. Para determinar en qué centraremos nuestros esfuerzos, consultamos primero lo que Dios nos pide a través de las circunstancias, de lo que el Espíritu Santo nos habla en nuestro corazón y del “orden de ser”, es decir, del ideal objetivo: las “voces del tiempo”, las “voces del alma” y las “voces del ser”. A partir de este discernimiento, establecemos como meta concreta de nuestro esfuerzo ascético un examen particular. Visualizamos y profundizamos esa actitud a la luz del ideal y nos concentramos en su conquista (por ejemplo, la actitud de respeto, el servicio, de orden, etc), hasta que la vida y las circunstancias nos indiquen dar pasos en relación a otra actitud como proyección de nuestro ideal personal. c. El horario espiritual El horario espiritual es el medio de autoformación que nos procura el “alimento” necesario para el desarrollo de nuestra vida espiritual. Garantiza la estabilidad y armonía en nuestro crecimiento y nos proporciona las fuerzas necesarias para

35 desplegar nuestra vitalidad y avanzar en nuestro crecimiento personal. Constituye, por así decirlo, la “infraestructura” o alimentos básicos de nuestra vida espiritual. Se trata de puntos concretos que no son sólo de orden “espiritual”, sino que abarcan todos los campos, pues todo repercute y está unido a nuestra vida “espiritual”, es decir, según el Espíritu.

PREGUNTAS PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL En este retiro tenemos la oportunidad de revisar con calma el estado de nuestra conversión y transformación espiritual En primer lugar, miramos a nuestro ideal personal •

¿Está vivo en nosotras?



¿Estamos “poseídas” por nuestro ideal o estamos en camino de “concientización” del mismo?

Consideremos nuestro ideal personal en la perspectiva de nuestra relación a Cristo Jesús •

¿Qué nuevas riquezas descubro en él desde esta perspectiva?



¿Tengo una oración personal dirigida al Señor?



¿He sellado una alianza de amor con Cristo en forma explícita?



Así como existe una “práctica mariana”, ¿tengo también una práctica semejante, que exprese y asegure mi amor al Señor?



¿Cómo vivo yo mi bi-unidad con Cristo?



¿Qué significa y cómo vivo y expreso ser su compañera?



¿Qué significa para mí y cómo vivo ser su colaboradora?



¿Contra qué rasgos de Eva que hay en mí debo luchar y despojarme?

Consideremos igualmente la práctica de nuestro examen particular •

¿Ha sido un examen particular concreto?



¿Responde a lo que el Señor me dice por las circunstancias y por la voz del alma? ¿Posee, en este sentido, un dinamismo providencialista?



¿Ha sido mi examen particular algo estable (una actitud requiere tiempo para ser asumida)?



¿Se da una unión vital del examen particular con mi ideal personal?

36 •

¿Hago las renovaciones diarias de mi examen particular?

Consideremos nuestro horario espiritual •

¿Siento y vivo el horario espiritual como una ayuda que me permite ser más armónica y tener abiertas las llaves de mi vitalidad?



¿No tengo en él demasiados puntos?



Los puntos que tengo, ¿aseguran verdaderamente mi vitalidad o los siento más bien como una “obligación” que me impongo?



¿Abarca mi horario espiritual puntos importantes que aseguran mi vida “religiosa” y, además, la vida fraterna, laboral, etc.? ¿Aseguro realmente las cosas más importantes?

37 CUARTO MISTERIO DE LUZ CRISTO SE MANIFIESTA EN EL TABOR 1. Introducción "Ya no vivo yo, sino Cristo es mi vida" "Mi pasión es Cristo" Queremos contemplar los misterios de Cristo con María Encendernos nuevamente con el amor a él Hacer nuestro el amor que la Virgen le profesa: su entrega, su compañía, su cooperación. Así como todo en María está referido a Cristo así también todo en mí debe estar referido a Cristo Cada faceta de mi ser Cada rincón de mi alma, pertenece por entero al Señor El padre Joaquín Alliende ha expresado esto en un bello poema: Cántico de María Vengo de Cristo, voy a él y sin embargo nunca salí de su recinto. Cristo es mi alimento y mi aire, mi sangre y mis pupilas. Todas mis fuentes están en Cristo. Todas mis muertes fueron morir por su vida y toda mi vida viene de su muerte. Fibra a fibra, día a día, flor a flor, noche a noche, sílaba a sílaba, todo lo mío es de Cristo. Cristo es mi secreto. Cristo fue mi llanto. Cristo es ya mi gloria. Desposé con él mi corazón. Inscribí a sangre y fuego su corazón en el mío, y el mío en el centro de sus latidos. él me sumergió en el océano de amor de la Santa Trinidad. Aleluya. Amén. Aleluya. Siguiendo la indicación del Santo Padre, y como nuestro Padre fundador lo hace, hemos querido contemplar los misterios de Cristo tal como nos los entrega el rosario. Esto nos permite un encuentro más personal e íntimo con el Cristo histórico.

38 Sugerimos meditar qué rasgo del Señor, qué frase suya, qué pasaje de su vida, nos tocan más hondamente. Sugerimos también leer nuevamente los cuatro Evangelios y las cartas de los apóstoles, para ir redescubriendo lo que me dice a mí la persona, las actitudes, las palabras y los diversos acontecimientos de la vida del Señor. Sugerimos también revisar nuestro ideal personal a la luz de nuestra bi-unidad con Cristo Jesús. Durante este retiro hemos así tratado de poner en práctica lo que nos reza nuestro Padre en esa oración tan rica de contenido al inicio del rosario En la cual se resume todo nuestro retiro: Ayúdanos, Padre, a cerrar las puertas de los sentidos. iluminándonos por el cálido brillo de la fe. Adéntranos profundamente en el misterio de la Redención. Quisiéramos acompañar en silencio al Redentor por esos caminos que lo vemos recorrer en el Rosario, en unión con María, su valerosa Madre y Compañera, a quien él constituyó en Consorte y Colaboradora suya. Danos la gracia de captar con el corazón lo que el Rosario nos habla, lo que los misterios nos proponen, y según eso conformar lo que hacemos o evitamos. Sumérgenos en el mar de amor del cual el Rosario nos da a beber en abundancia; enciende nuestra débil voluntad de sacrificio con el ardiente amor de Cristo y de María. Entonces nuestra vida será un espejo del ser y el caminar de Cristo aquí en la tierra; con él cruzaremos el mundo fuertes y bondadosos, como vivas imágenes de María, como fuentes de bendición. Entonces, Padre, siempre nos puedes usar como instrumento en tus manos omnipotentes, fuertes y ricas en amor,

39 y plasmar por nosotros el rostro de la humanidad de hoy según corresponda al designio de tus planes. Amén. (n. 334-339) Es interesante cómo el P. Kentenich en otros lugares del Hacia el Padre, acentúa el estar "sumergidos" en Cristo, que equivale al estar "injertados" en él e incorporados en su persona: Con alegría sumerge nuevamente al Señor en mi alma, y, al igual que tú, me asemeje a él en todo; hazme portador de Cristo a nuestro tiempo para que se encienda en el más luminoso resplandor del sol. (189) Amor nos ha sumergido en Aquel que se nos regala diariamente como ofrenda y alimento generosos en este largo peregrinar. Amor, para completar la Redención, nos incorporó a la misión de la Palabra eterna, nos hace participar fielmente de su destino y nos engrandece como a sus instrumentos. (40-41) Recibe a tu Hijo como acción de gracias por cuanto has hecho por nosotros: transformado nuestro ser nos sumergiste hondamente en Cristo; nos diste su misión y dignidad como a instrumentos para consumar la Redención. (110) En nuestro Cenáculo imploramos y recibimos el Espíritu del Señor: Haz que el Espíritu de Cristo nos penetre hondamente; en abundancia obséquianos con elocuentes lenguas de amor, para que, a semejanza tuya, Espejo de Justicia, brille a través de nosotros el resplandor de Cristo. (199) 2. El texto bíblico: La transfiguración de Jesús en el monte Tabor Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que

40 eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.» Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. (Lc 9:28-36) Reconstituyamos la escena: •

Cristo manifiesta su divinidad (se muestra radiante en su gloria divina)



Muestra también su humanidad: Conversa con Moisés y Elías. Requiere la compañía de su círculo más estrecho.



Cristo es señalado nuevamente como el Amado del Padre.



Cristo, junto con los que lo acompañan, es envuelto en la nube (presencia del Espíritu Santo).



La experiencia de los tres apóstoles también es significativa: se sienten en casa; quisieran que esa "experiencia de hogar" se prolongara (hacer tres tiendas).



Reciben la indicación de Dios Padre: "escúchenlo".

3. Aplicación a nuestra vida 3.1. ¿Qué nos dice este pasaje? El Señor quiere preparar a los suyos para cuando llegue su hora, para su pasión, a fin de que ellos puedan enfrentar la dura prueba que ello significará. ¿Hemos tenido también nosotros "experiencias de Tabor"? Es decir: 1) ¿He "visto" al Señor en su gloria, en sus manifestaciones que atestiguan su poder en la Iglesia, en Schoenstatt, en la comunidad, pero, especialmente, en mi propia vida? 2) ¿Sobre cuál o cuáles acontecimientos de mi vida puedo poner el título "Mi experiencia de Tabor"? 3) ¿Qué experiencia de comunión, de hogar, he tenido en forma especial?

41 Normalmente, cuando se considera la escena del Tabor, nos referimos a las manifestaciones gloriosas de Cristo y a su relación con la próxima experiencia de dolor en la pasión y muerte que le espera. Pero se da también algo especial en el acontecimiento del Tabor que quisiéramos destacar. El Señor no manifiesta simplemente su gloria divina transfigurándose en el Tabor, sino que también aparece conversando con Moisés y con Elías. Él, por otra parte, había invitado a los tres apóstoles más cercanos: Pedro, Santiago y Juan, (a los mismos que luego invitará para que lo acompañen en la oración del huerto de los olivos), para hacerlos partícipes de la experiencia del Tabor. Es interesante también destacar en esta misma línea la reacción de Pedro, que “no sabía lo que decía”, pero que de todos modos revelaba lo que sucedió en su alma: tuvo una extraordinaria vivencia de cobijamiento, de hogar, se sintió bien, en casa, no quería que lo que estaba experimentando se acabara: “¡Qué bien se está aquí!” fueron las palabras que brotaron de su corazón. Es lo que recoge el P. Kentenich en la Primera Acta de Fundación: "Qué bueno es estar aquí, hagamos tres tiendas". Podemos decir, entonces, que el Tabor nos trae un mensaje de comunicación, de comunidad. El Señor comparte con Moisés y Elías y quiere también compartir con los tres apóstoles. Quiere procurarles una experiencia que los fortalezca en el momento de la prueba. Les encargó que guardasen sólo para ellos lo que habían experimentado y que lo transmitiesen sólo una vez que él hubiese resucitado. Por otra parte, esta vivencia se completa con la reiterada declaración del Padre, paralela a la del bautismo en el Jordán: "Este es mi Hijo muy amado, mi elegido". Es una declaración del amor del Padre por el Hijo, hecha pública: los apóstoles tienen que saber que el Padre ama al Hijo, que éste es su predilecto. ¿Qué eco des pierta esta escena en nosotros?

3.2.1. Una espiritualidad de comunión Espontáneamente recordamos la primera estrofa del Cántico al Terruño: ¿Conoces aquella tierra, cálida y familiar...? Esa tierra donde se respira el ambiente, la atmósfera que irradia el Tabor. ¿Conoces aquella tierra cálida y familiar que el Amor eterno se ha preparado: donde corazones nobles laten en la intimidad y con alegres sacrificios se sobrellevan; donde, cobijándose unos a otros, arden y fluyen hacia el corazón de Dios; donde con ímpetu brotan fuentes de amor para saciar la sed de amor que padece el mundo? Yo conozco esa maravillosa tierra: es la pradera asoleada con los resplandores del Tabor, donde reina nuestra Señora tres veces Admirable

42 en la porción de sus hijos escogidos, donde retribuye fielmente los dones de amor manifestando su gloria y regalando una fecundidad ilimitada. ¡Es mi terruño, es mi tierra de Schoenstatt! (HP 600) En otras palabras: Una hora de Tabor, una experiencia de Tabor, es para nosotros la vivencia de la comunión y del hogar. El Señor "conversaba", es decir, compartía. El Santo Padre nos ha invitado, en la misma carta apostólica donde nos llama a acentuar la vida de oración y la oración meditativa, Novo millennio ineunte, a cultivar una "espiritualidad de la comunión". Recordemos sus palabras. Primero muestra el gran desafío que significa esta meta: Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. Es preciso afianzar una actitud básica de comunión: ¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Una comunión en la Trinidad y el Cuerpo de Cristo Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Cada miembro del Cuerpo de Cristo me pertenece: Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como "uno que me pertenece", para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Cada uno es un don del Señor para mí:

43 Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un "don para mí", además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. Desprenderse del egoísmo y dar espacio al tú En fin, espiritualidad de la comunión es saber "dar espacio" al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento. La última Jornada nacional de Dirigentes giró en torno a este tema. ¿Tenemos en nuestra convivencia comunitaria experiencias de Tabor? Sin duda que sí, y esas vivencias las necesitamos para enfrentar las horas difíciles que el Señor quiera poner en nuestro camino personal o comunitario. 3.2.2. Cultivar las experiencias de comunión En el contexto de este misterio de luz, recogemos entonces el deseo del Santo Padre: Cristo es el Dios hecho Hombre, “que conversa”, que quiere compartir. No muestra su gloria como un Dios solitario. Autosuficiente, radiante e imponente: es un Dios que “está conversando”, es un Dios Hombre, que se sabe acompañado y que quiere estar acompañado; que crea un ambiente de hogar, de cielo, donde los suyos “se sienten en casa”. En nuestro lenguaje, un Dios que crea hogar, que nos regala la experiencia de esa “pradera asoleada con los resplandores del Tabor” Sabemos bien que no es fácil alcanzar este ideal. No es fácil vivir plenamente la primera estrofa del Cántico al Terruño. No es fácil la unión de corazones y la comunicación de corazón. Pero, por otra parte, cuán enriquecedor y reconfortante es cuando se dan esas vivencias y formamos de alguna forma “una colonia del cielo”, tal como lo deseaba nuestro Padre. Cuando venga la hora de la prueba (esa prueba "del día de trabajo" y también esa prueba "del día domingo") ¿no es verdad que necesitamos el recurso a esa vivencia de TaborHogar, de Tabor-comunión? Pero ello asegura algo que tendría que ser el ambiente comunitario normal en nuestros Institutos: somos esencialmente una comunidad, una familia; nos sentimos llamados ser “un solo corazón en el Padre”, es decir, no únicamente “un solo corazón con el Padre” (cor unum cum Patre), sino un solo corazón (entre nosotros) en el Padre (cor unum in Patre): nuestro vínculo con el Padre fundador asegura la unidad entre nosotros, y a su vez esa unión entre nosotros es la garantía y la prueba que estamos unidos al Padre.

44 Así como el amor fraterno es la prueba del amor a Dios (porque el que no ama a su hermano, a quién ve, no es verdad que ame a Dios a quien no ve (cf. 1 Jn), así también la prueba y la garantía de que somos uno con el Padre es ser de verdad “un solo corazón” entre nosotros. El Jardín de María comprende, esencialmente, la comunión fraterna. Nuevamente he recibido padre y madre y a muchos hermanos llenos de nobleza; tengo un derecho a llevarlos en mi corazón, y en sus corazones a establecer mi tienda. Sea Dios mi testigo: séquese mi diestra, Schoenstatt, si de ti me olvido. (576) Nos mantenemos inseparablemente unidos... Arda el fuego del amor a la Familia. En ella y con ella queremos luchar y vencer; por nosotros debe ella cumplir su misión. Sea Dios mi testigo: Séquese mi diestra, Schoenstatt, si de ti me olvido. (n. 586) 3.2.3. ¿Cómo nos encaminamos o profundizamos la experiencia del Tabor, el ser esa anhelada “colonia del cielo”? Vayamos más a lo concreto. Es necesario remover aquellas cosas que normalmente pueden opacar el resplandor del Tabor. • • •

En primer lugar, es necesario saber enfrentar los conflictos. En segundo lugar, sobrellevar las debilidades de los demás. En tercer lugar, aceptar al otro como es. Superando las envidias, las comparaciones y los celos.

a. Enfrentar los conflictos a.a. Los conflictos pertenecen al “pan de cada día” en cualquier convivencia o comunidad ¿Por qué es así? Por muchos motivos. Entre otros:

45  Porque tenemos caracteres y temperamentos diversos. Y esa diversidad, cuando no hay complementación, destruye. Recordemos la ley de tensiones (creadoras y destructoras).  Porque normalmente existen diversos modos de ver las cosas, diversas ópticas y apreciaciones.  Porque todos tenemos limitaciones.  Porque todos tenemos el pecado original y, además, pecamos (sólo la Virgen no cometió pecado…). b.b. El gran problema es que estos conflictos no los enfrentamos o los enfrentamos mal No los enfrentamos: les hacemos el quite, evitamos conversar con la persona con la cual tenemos problemas. Pensamos, a veces, que ésta nos va a atacar, que se va a defender, que no vamos a saber cómo responderle, que las cosas se van a poner peor, etc. O simplemente no nos atrevemos, tenemos un carácter más retraído o tímido… Los enfrentamos mal, es decir, a destiempo, en un momento no adecuado, quizás justamente “cuando las cosas están que arden”. O queremos enfrentar a la vez varios conflictos, cosa que resulta abrumante, etc. Pero, con este modo de actuar el conflicto queda igual, más aún, se agrava, se ahonda. Porque comenzamos a imaginarnos cosas que en realidad no existen o no han estado nunca en la intención de la otra persona. El conflicto, entonces, sigue actuando. La tensión se nota en el ambiente. A menudo se estalla por una nada, pero, en el fondo, es porque el conflicto está vivo (“experiencias negativas no digeridas”, las llama el Padre). Y si no se explota, se produce frialdad; surgen abismos, murallas, distancias. En el fondo se evita a la persona con la cual se tiene conflicto y se le ignora. c.c.¿Cómo hacerlo? Debo enfrentarlos y tratar de solucionarlos. Para ello es necesario •

En primer lugar, partir de la base que esa o esas personas son personas que el Señor me ha regado. Si Dios me las dio, entonces, tengo que abrirme a la realidad de esas personas.



Debo confiar en mí, en ella y en nuestra Mater. La gracia puede mucho más de lo que creemos.



Tengo que disponerme a buscar la verdad, lo que Dios quiere, y no lo que yo pienso. Es preciso “echarse el bolsillo” el amor propio y el orgullo.



Tengo que llevar una predisposición positiva a perdonar. En ese sentido, estar dispuesto “a perder”. Hay que “echarse al bolsillo el orgullo”.

46 •

Tengo que rezar y ofrecer por la persona con la cual tengo conflictos.



Y, por último, buscar la ocasión propicia e ir directamente a la persona en cuestión. No se puede abordar una desavenencia en el ardor mismo del conflicto. Es preciso ir directo a la persona y no repartir por todos lados mis quejas o críticas, Sólo si me es imposible llegar a esa persona, debo recurrir, no a cualquier persona o hermana de comunidad, sino a quien corresponda: a la superiora o a un “Aussprachestelle”.

b. Soportar las debilidades y limitaciones del otro “donde corazones nobles laten en la intimidad y con alegres sacrificios se sobrellevan” Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo. (Gal 6,2) c. En tercer lugar, aceptando al otro como es. Superando así las envidias, los celos, las comparaciones. •

Descubrir sus lados luminosos.



No tratar que los otros sean hecho “a mi medida”: amar la diversidad y la originalidad del tú.



Comprender al tú en su historia.



Si vemos sus límites, pensamos que también nosotros tenemos límites y debilidades quizás más graves que las que veo en esa persona: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?” (Mt 7, 3)



Por eso no nos comparamos

La meditación del quinto misterio de luz queda a cargo de ustedes … Así como iniciamos esta plática con un poema, la concluimos de modo semejante: VEN, ESPOSA DE MI CORAZÓN (Palabras de Jesús a María) “Eres huerto cerrado hermana y novia mía, huerto cerrado, fuente sellada.” (CC 4, 12)

47 Ven, esposa de mi corazón, elegida y amada. Por ti descendí a la tierra, por ti me hice hombre Y puse mi morada en este mundo. Ven, esposa de mi alma, mira este corazón ardiente que se abre para ti. Enciende tu fuego en mi llama de amor infinito. Para mostrarte mi amor quise tener un corazón de carne como el tuyo, para que sintieras su calor y te sumergieras en el abismo de su insondable profundidad. Vine a dar mi vida por ti, para que fueras santa e inmaculada en mi presencia. Dejaré clavar mis manos y mis pies al madero de la cruz y atravesar mi corazón con una lanza, por amor a ti. Ven, esposa amada, mi predilecta, mi elegida, toma sobre ti mi yugo que es suave y te hace libre. Ven a gozar de mi amor entrañable y fiel, suave como la brisa, fuerte y poderoso como la muerte. Ven, llena de gracia, esposa de mi alma, déjate abrazar por el fuego de mi Espíritu. Por él he derramado el amor en tu corazón; por él te he atraído hacia mí; por él he despertado en ti la pasión que te lleva a mí. Ven, esposa de mi corazón, sé mi compañera y colaboradora. En tu corazón quiero ganar el corazón de los hombres. Quiero enseñarles a ser hijos y a entregarse por mí, así como tú lo haces. Quiero mostrarles en ti mi ternura, mi servicio, mi cuidado,

48 mi fidelidad. Ven, esposa amada, ven a compartir mi vida, mi muerte y mi victoria. Y cuando se haya cumplido el tiempo, tengo preparada para ti una corona hermosa y radiante con la cual ceñiré tu frente. Entonces, vestida con tu traje de novia inmaculada, tomarás parte en mi banquete de bodas y gozarás para siempre la plenitud de mi amor por ti. --El Espíritu y la Novia dicen: «¡Ven!» Y el que oiga, diga: «¡Ven!» Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida. «Sí, vengo pronto» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 21, 12 ss)

PREGUNTAS PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL 1. ¿Tengo algún conflicto pendiente con alguien? 2. ¿Qué motivos he tenido para no abordarlo? (Clarificar y objetivizar el problema) 3. ¿Me cuesta aceptar a alguna persona en especial? ¿Por qué? ¿He buscado el modo de entenderla mejor (su historia), el permitir que tenga limitaciones así como yo mismo tengo las mías? 4. ¿Qué aporto yo a la comunión fraterna, para que sea realidad ese “¡Qué bueno es estar aquí!”? ¿Cuál es mi aporte efectivo (obras) y afectivo (cercanía, calidez, acogimiento)? 5. ¿Tiendo puentes en mi apostolado? ¿Hago que otros se sientan en casa? ¿Me doy tiempo para escuchar? 6. ¿Hay cosas en mi modo de ser, actuar o hablar que generen división, tensión o conflictos? ¿Me dejo ayudar para superar estos problemas en mí? ¿Qué más podría poner de mi parte? 7. ¿Tiendo a criticar o ser dura con las demás personas? 8. ¿Me esfuerzo por corregir sin herir?

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