Erotismo andaluz. Emma Bay

Erotismo andaluz Emma Bay La presente edición ha sido revisada atendiendo a las normas vigentes de nuestra lengua, recogidas por la Real Academia E

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Erotismo andaluz

Emma Bay

La presente edición ha sido revisada atendiendo a las normas vigentes de nuestra lengua, recogidas por la Real Academia Española en el Diccionario de la lengua española (2014), Ortografía de la lengua española (2010), Nueva gramática de la lengua española (2009) y Diccionario panhispánico de dudas (2005).

Erotismo andaluz © Emma Bay ISBN: 978-84-16312-33-7 Depósito legal: A 671-2015 Edita: Editorial Club Universitario Telf.: 96 567 61 33 C/ Decano, n.º 4 ― 03690 San Vicente (Alicante) www.ecu.fm e-mail: [email protected] Printed in Spain Imprime: Imprenta Gamma Telf.: 96 567 19 87 C/ Cottolengo, n.º 25 ― 03690 San Vicente (Alicante) www.gamma.fm [email protected]

Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información o sistema de reproducción, sin permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.

Cuando mi sufrimiento se incrementó, pronto me di cuenta de que había dos maneras con las que podía responder a la situación: reaccionar con amargura o trasformar el sufrimiento en una fuerza creativa. Elegí esta última. Martin Luther King

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Primera parte Sevilla, diciembre de 2007 Habían trascurrido los meses sin casi dificultad en el seno familiar de una de tantas familias españolas. El año, sin embargo, se mostraba cruel para las gentes que dependían de un solo jornal. Se sabía que durante la Navidad de aquel año ni iban a venir los reyes Magos para las familias humildes, ni tampoco Papá Noel, ni ningún otro mago que tuviera la osadía de entrar en los apartamentos donde ya desafortunadamente el cabeza de familia se había quedado sin trabajo. Las gentes del pueblo sufrían, y más las que tenían niños en edad escolar. Pero no solamente la ausencia de los personajes más importantes de la Navidad se hacía notar. Al no poder tener la disposición de un nivel adquisitivo medianamente normal para tener el empuje necesario y subsistir, impedía que las gentes de clases medias bajas no pudieran lograr seguir manteniendo a sus familias. Las necesidades más básicas, para sus propias desgracias, no se consolidaban, pero creían en Dios, y eran temerosos de Él; recordaban que el cordero que está en medio del trono los pastorearía sin dudarlo, Él está en las fuentes del agua de la vida, según Apocalipsis 7:1.17, «los ciento cuarenta y cuatro mil sellados».

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A ella le estaba costando la propia vida limar los circuitos neuronales del viejo decrépito con el cual se había casado. —Tantos años juntos y ni un soplo de cariño y respeto hacia su persona. Ni el rescoldo de aquel amor de juventud había quedado entre ellos dos—. Aquella relación de promesas «para siempre», de un candor lleno de delirios de inexperiencia, ya hacía tiempo que había terminado todo aquello. Sin embargo, le parecía mentira, pero ni siquiera una mínima motita de apego quedaba dentro de sus almas. ¡Imperdonable! A él lo habían despedido del trabajo después de haber cotizado al régimen general de la Seguridad Social toda su vida laboral. Un recorrido de más de treinta años levantándose temprano, y, como casi todo cándido ciudadano español, Currelilla esperaba que el Gobierno lo sacara del pozo donde lo había lanzado. Samantha, su esposa, sabía que los cuatrocientos dieciséis euros que percibía de paga su marido no podían estirarlos más... No le llegaban apenas ni para pasar el medio mes, el otro medio lo pasaban llorando y echándose los trastos a la cabeza. La inflación anual estimada por aquellas fechas nos daba un porcentaje elevadísimo en el IPC en comparación con otros años. El precio de los alimentos subía, así como de las otras necesidades básicas. Ella reafirmaba su hundimiento conyugal día a día. La propinilla que percibían por todos los años cotizados asfixiaba su relación, tanto sexual como de convivencia cotidiana, y la habilidad de mantener a su familia a flote le resultaba una victoria ganada a pulso cada día. Con total entereza se conformaban con las migajas que podían obtener de algunas familias con nómina relativamente fija, pero esa no era la solución. Harta de engaños, impotencias, por parte de su marido, cansada de las exigencias y despotismos de este, aguantaba las fechorías, desprecios, burlas... En definitiva, unos malos tratos 6

que ella no se merecía. Samantha se encerraba en la habitación de sus hijos para no tener que escucharlo. Los niños sabían que su madre sufría, no solamente por las tiranías del machista de su marido, sino también porque no había nada en aquella nevera que llevarse a la boca, sin embargo, ella les daba ánimos porque todo iba a cambiar. Mientras que sus hijos, Pepillo y Daniel, le pedían que fuera en busca de algo para aguantar aquel calvario, ella les prometía que pronto estarían hartitos de comer de lo mejor, que todo se sufre, y todo se pasa, y lo malo también se va, aunque este permanezca mucho tiempo arraigado a la piel de los pobres y el estómago de estos se achique para ampliar el de los ricos; pero a todo le buscaba su parte positiva, y era que de esa manera adelgazarían y se pondrían con un tipito delgado y elegante, y se ahorrarían un montón de euros en comida... Pero todos ellos soportaban el poco coeficiente intelectual del cabeza de familia, su negativo afán de lucha, sus muchas discrepancias. Personalmente a ella le crispaba los nervios, el tener que estar encerrada con un tío con tan poca sangre en las venas, y el vino barato que tenía en ellas le hacía más tonto. Las peores pesadillas vividas en la mejor época de su vida las estaba viviendo en aquellos años de crisis y agonía. Dentro de su infierno particular no sabía de qué manera aliviar aquella efervescencia que le salía de sus adentros; ella era una mujer con una sensualidad a flor de piel, y aquellas calenturas sexuales nadie, a excepción de Gerardo... (el chef de aquel hotel donde ella trabajó un verano), se las podía aplacar. Él la comprendía, y ella lo llamaba a hurtadillas por el teléfono de Carmen (la vecina) con el pretexto de querer aprender a realizar el currículum Vitae, o simulando que la llamaba el tutor de la escuela de sus hijos. Otras veces marcaba el número de él en aquella casa de la vecina donde por unas poquillas monedas iban a llamar todos aquellos humildes que no se podían 7

permitir el lujo de tener un teléfono particular, y, con la excusa de que estaba llamando a un supermercado, ella preguntaba si había vacantes para trabajar. Gerardo sabía que necesitaba de sus caricias y de un buen polvo bien echado que la dejara relajada para tres días seguidos. Y aquella noche se reunían en la misma esquina del cementerio, bien lejos del pueblo, donde no había ni una sola farola que los pudiera delatar. Resultaba ser el mejor de los sitios, sin tener que pagar, ni dar explicaciones ni a muertos ni a vivos. La falta de sexo la agobiaba, y el sexo con su marido no existía, además de intentarlo, resultaba ser de lo peor; la eyaculación retardada de este y la falta de sincronización entre los dos era de lo más frustrante y cansino, por mucha imaginación que ella le ponía nunca lograba alcanzar un orgasmo con él. Ella se sentía viva. Y harta de disimular sus orgasmos con él, al fin decidió no follar más con el patoso de su marido. Con el paso del tiempo prefería no acordarse de aquellos momentos de impotencia total por parte del sapo cónyuge (verdaderamente él solo medía 1,62 m de estatura, y ella nunca ha comprendido que había visto en él, si, además, tenía chepa y una calva que parecía que era una auténtica pista de patinaje: le brillaba con el sudor y le apestaba por la mugre de no lavarse en semanas). Solamente el simple hecho de pensar en hacerlo con él le provocaba unas náuseas imparables. Todo su futuro... desde aquel día fatídico donde él hizo patente su autoridad machista por medio de la violencia, propinándole una sonora bofetada sin motivo, ella decidió abandonarlo, pero no a sus hijos; ellos se quedarían con él mientras ponía en práctica con habilidad su futuro. Sin embargo, ellos acudirían a comer a casa de su abuela materna. Sus hijos no deberían pasar hambre mientras su padre se gastaba su paga en vino, yendo de tasca en tasca; ellos no debían aguantar aquel suplicio. Samantha le enviaría dinero a su madre para la manu8

tención de sus hijos, una vez que estuviera en comunidad autónoma extraña. Y los niños huían de la casa paterna, dejándolo solo la mayoría del tiempo. La lucha más intrépida de ella comenzaría después del desasosiego inmenso dejando atrás los prejuicios católicos que la habían postergado durante años, sufriendo un matrimonio fétido, basado en mentiras, hambres, llanto, y dolor.

Gestionando confías, no paras de culparme, te sientes tan grande de tus gozos diarios, incoherentes sin gracia, henchidos de agonías. Evitando estar enfrascada en su vida presente, su afán de lucha la empujaba, a pesar de sus nefastas vivencias, a seguir adelante. Recordaba sus poesías sacadas de sus sentimientos más íntimos. Y aquellas canciones de unos años pasados que ella rememoraba con su natural alegría; fandanguillos de su madre gaditana, y sevillanas de los Romeros de la Puebla y de María de la Colina:

Voy a olvidarme de ti. Voy a olvidar un te quiero de la noche a la mañana, y unos ojos traicioneros que clavan como puñales.

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Voy a olvidarme de ti, aunque me cueste la vida, y a mí me toque sufrir. Voy a olvidar mi deseo y el olor de tu almohada... El olor de tu almohada, no voy a seguir tu juego, aunque me muera de ganas. (Letra de la sevillana Voy a olvidarme de ti, por María de la Colina). Con el ascensor de su futuro bajando todavía, nuestra protagonista cantaba para poder echar a un lado sus penas, e ilusionada pensaba en su futuro, mientras tanto, preparaba una bolsa con sus pocas pertenencias (sus cremitas), y en una caja guardaba su anillo de casada conjuntamente con sus dos pares de zarcillos y algunas pulseritas. A su alrededor todavía permanecían muchos sacos de frustraciones que la llenaban de tristeza, pero más se escuchaba su voz, y los momentos de angustia que la dejaban sin sabor en la vida se disipaban cuando todos los vecinos ya estaban hartos de escucharla. Ella decía que la vida sin sabor es como un mollete de Antequera sin levadura, que ni tiene gracia ni soltura. Pero, a pesar de todo, tenía alguna amiga, y amigos que la invitaban a veces al cine; otras veces, simplemente a tomar un cafetito, o un helado de cucurucho, a escoger entre los muchos sabores. Más bien se reunían por la tarde noche, cuando ya se despedía el sol en esa Sevilla de calor y tertulias, permaneciendo en los patios llenos de flores de vecindarios impertérritos. La noche, igual que una gran dama con mantón y vestida 10

de flamenca, invitaba a salir a la calle y sentarse tranquila en una de aquellas terracitas: aquella calle La Feria, aquel paseo de Colón, o Santa María la Blanca, y aquel casco antiguo repleto de aroma de jazmín y de los balcones colgando los geranios de arrastre mitigaban su decepción, acordándose de sus tiempos de mocita cuando recorría aquellas calles con los amigos de juventud. Y ahora todos ellos comparten una vida de separación, pero con amiguitas con derecho a roce, que es lo que se lleva hoy... Escaldados..., terminando hasta el moño de su matrimonio católico han decidido nunca más tropezar en la misma piedra. Vinculada a sus gentes y con cautela, ella miraba hacia el futuro, no lejano. En su zozobra todavía le quedaba el gatear apoyándose en su férrea voluntad, sacada de lo más profundo de su sentir. Comenzaría su ascenso como persona libre, remontando lo personal, laboral y sexual, aunque fuera lejos de su tierra andaluza. Sufridora y madre de unos hijos de seis y doce años; Pepillo, el mayor, presentía que pronto su madre lo iba a dejar relativamente solo (con el bestia de su padre), pero ella lo animaba, y le mentía diciéndole que pronto estarían juntos de nuevo. Pepillo era un niño inteligente: sabía cómo torear al padre y cómo escaparse para buscar el sustento tanto de su hermano como el suyo. Eran pobres y víctimas de una clase de vida no deseada por ellos. Ella estaba harta de solicitar ayudas de organismos del Estado. Ya se sabía al dedillo las solicitudes que tenía que completar para poder obtener una miserable cantidad de dinero, y, total, para nada... El dinero siempre iba a parar a otros bolsillos, que ya de por sí tenían su remanente. Sin embargo, el cuajo e indiferencia con los que se tomaba la vida su marido a ella la desataba. Tenían en casa al típico 11

machista de clase más bien baja, imposible de dar su brazo a torcer; orgulloso andaluz, populachero, no deseaba que ella trabajara, su engreimiento no se lo permitía; él tampoco estaba por la labor de buscar un trabajo que le ayudara a completar su paupérrima pensión. Cierto era que podían buscar trabajo en otra comunidad autónoma, si no les fuera posible encontrarlo en su tierra andaluza. Un lugar nuevo, con nuevas gentes. Sin embargo, la fanfarronería de él prevalecía ante todo. Dentro del necio argumento, siempre tenía su salida oratoria, él no debía irse a ningún sitio que no fuera su propia comunidad autónoma, pero no se daba cuenta de que aquel Gobierno que gobernaba en aquellos años lo había despojado de su trabajo y lo obligaba a marchar a otras tierras o comunidades diferentes en todo a la suya propia. Los machacaban con la indiferencia e insolidaridad bestial de quien tiene la sartén por el mango, dejándolos sin apoyo, ni adhesión alguna para seguir subsistiendo en un mundo sin sentido para las clases medias y bajas de nuestra sociedad. Sin un motivo sensato para dejarlos en paro, y sin un mínimo de sentido del deber, sin consciencia, ni honor, olvidándose por completo de las vidas humanas de ciudadanos, compatriotas de un país arruinado por los de siempre, y culpando a las clases más bajas de nuestra sociedad de todas sus fechorías, se lavaban las manos como Pilatos, pasando indiferentes ante las necesidades de todos los pobres de la sociedad. Todavía al Currelilla le quedaba mucho por andar, y todos los mileuristas con sueldos congelados de años atrás aún les quedaban años para ver prevalecer la congelación de sus nóminas. Empachados de ignorancia política, tenemos que soportar las barbaries de los astutos políticos, empresarios, banqueros, etc., en este país de usurpadores... 12

Considerando que su matrimonio ya había llegado al final de un periodo inaguantable, se imaginaba su estabilidad como los últimos años de un mal gobierno. Después del tiempo de imposición y de todos los engaños, ya se le habían terminado las hipótesis y toda clase de sarta de mentiras provenientes de su marido. Iba siendo hora de retirarse, después de reproches y denigrarse mutuamente. Pero ambos se precipitaban a un vacío sin ayudas concedidas por parte de ninguna asociación, ni consorcio. Él no se iba a marchar de su tierra, prefería quedarse en ella, aunque pasara hambre, aunque todas las personas que lo conocían sabían que era hombre de poco comer, y se inclinaba más bien a la bebida que a pitanzas. Ella lo tenía claro, no se tenía como una mujer ambiciosa, pero debía irse lejos de su lado, en principio, porque no lo amaba, en segundo lugar, porque no tenían dinero para seguir viviendo en una comunidad donde se refleja un índice de paro más elevado que el resto de las demás comunidades españolas, y, en tercer lugar, porque no aguantaba a un haragán apático a su lado, falto de coraje y de los más mínimos valores humanos. A principios del año 2008, la crisis económica española estaba entrando con su mayor fuerza y las empresas comenzaban a cerrar sus puertas para siempre, para mayor desgracia del ciudadano Currela. Al acabar el año 2007, cuando empezaron a surgir los primeros síntomas de la grave crisis en nuestro país, había unas 1 405 938 empresas que cotizaban al régimen de la Seguridad Social, y, cinco años después, la cifra se había reducido a 1 171 844... Es decir, que durante ese lustro se han cerrado 234 094 empresas (el 16,65 %), lo que supone que cada día se han dado de baja una media de 180 sociedades, según las últimas estadísticas del Ministerio de Empleo; en esos datos están excluidos el sistema especial agrario y la 13

minería del carbón. Esos cierres han ocasionado la pérdida de 2 729 769 empleos; ya al final del 2007 las empresas daban trabajo a 14 727 031 personas, y al cierre del 2012 las 1 171 844 sociedades empleaban a 11 998 262 trabajadores; cada día han perdido su empleo una media de 2 092 personas. Hoy, el número de empresas y de empleados está en niveles de hace doce años (2001), según el diario ABC, «Economía» del 4 de mayo de 2014. Samantha es una persona que ha aprendido rápido, sabía que nadie la iba a ayudar, ni en Andalucía ni fuera de ella. En su vida se daría el cambio inminente, otorgándose a ella misma su propia libertad, y optando por las pocas oportunidades que se le brindaban, sobre todo pensando en sus hijos. Debía dejarlos, y le dolía el alma al pensar en ellos, pero no los abandonaba, no renunciaba a ellos, eran sus niños, y siempre lo serían. Pepillo era consciente de lo que iba a hacer su madre, y ella lo aconsejaba para hacer de él un muchacho responsable y valiente. Quizás fuera un riesgo abandonar su tierra y dejar a su familia en ella, pero, después de sopesar los pros y los contras, y enterrar las supercherías vulgares que se dan todavía en los pueblos de las comunidades abocadas a la miseria y arrastradas a desenredar los problemas económicos de las gentes más ricas, olvidándose por completo de los que tienen verdaderas necesidades, se decidió. Ella se había trazado una meta. Su consciencia le aconsejaba que debía luchar, y, después de repasar sus capítulos de su vida anterior, de pensar y repensar en su futuro, todavía se acordaba de aquella mujer (Elena). La conoció un verano, un poquito antes de comenzar la crisis económica, cuando ella trabajaba en el hotel La Bella Carmen. Su interinidad había sido contratada solamente para los 14

meses de verano, y durante todo el periodo estival... A aquella mujer catalana le gustaba cómo se las apañaba la andaluza para dejarle su habitación como los chorros del oro, más limpia y cuidadosa no podía ser nuestra protagonista (Samantha), y más desinfectada y esmerada no podía dejar su habitación. Elena le dijo que tendría trabajo en su casa de Cataluña si un día se le ocurría abandonar al truhan de su marido y no pudiera encontrar otro trabajo mejor que el que ella le ofrecía. Que contara con Elena... Samantha no se lo pensó dos veces, aún guardaba el número de teléfono en aquella agenda de piel de camello que su hijo el mayor le regaló la Navidad pasada. Aquella mañana nuestra sufridora andaluza no lo repensó; ella la llamó para asegurarse si todavía seguía en vigor su propuesta, y ¡qué casualidad!: Elena le dijo que subiera, que no lo pensara más tiempo, y dejara al ocioso con su botella. Que no lo dudara tanto, porque allí tenía su trabajito como empleada de hogar, pero que no podría pagarle mucho. Estábamos en crisis, y la cosa estaba muy «achuchaílla». Samantha, después de pensarlo bien, aquel mismo día decidió comprar un billete de ida en la estación más próxima a su casa que la llevaría lejos de su Andalucía. Aquel esfuerzo sacado del alma, valorado con toda su entereza racional, podría ser reparador de todos aquellos sufrimientos pasados, equivocaciones, sinsabores. Nadie podía saber lo que le esperaba en su futuro, pero ella afirmaba que no iba a ser peor de lo que ya estaba pasando. El cambio que le daría a su vida suponía un ascenso vivificador con todos sus riesgos. Una cuesta que ella veía en sus sueños, y sudorosa la subía sola sin ayuda de nadie, sin recomendaciones importantes, solamente tenía la palabra de aquella mujer, que no estaba segura de si podía confiar totalmente en ella, pero pensaba: una vez en Cataluña, todo será distinto. 15

Deseaba pulsar el botón que la llevaría a la planta más alta de aquel edificio de vanguardia, futurista, con tecnología domótica y altas calidades para grandes beneficios. Allí, donde solamente el ático del placer con más de sus cinco sentidos la estaba esperando. Las puertas se le abrían a su paso... Sin duda, ella las veía, y, sin recelos, se trataba del futuro de ella, y del bienestar de sus hijos. Después de sufrir las humillaciones del déspota de su marido, ella merecía algo más. Un bienestar, una dicha, algo próspero y grande, y con todo su donaire se imaginaba estar subiendo las escaleras que la llevarían a la cima, pudiendo abandonar una existencia miserable para poder darle paso a una vida futura y llena de complacencia, propiciándose a ella misma un acuerdo equitativo de modificación y bienestar emocional.

Los anhelos son presentimientos de facultades que residen en nosotros, los signos precursores de lo que un día estaremos en condiciones de llevar a cabo. (Johann Wolfgang von Goethe) La belleza de Samantha resulta evidente, ella se mira al espejo y se ve bien. Un físico agradable de ver, y evidentemente no solamente está bien físicamente... La jodida es muy atractiva. Toda su belleza, tanto física como su desenvoltura hablando, con sus gestos agradables y chascarrillos formaba un cúmulo de seducción a los ojos de los hombres y también de las mujeres (evidentemente, las féminas no lo admiten del todo). Y si a su atractivo natural le añadimos su feminidad y erotismo, los 16

celos de las que siempre han sido envidiosas se acrecentaban, en cada crítica sabía que intentaban subestimarla, pero no se daban cuenta de que entre ellas mismas se hacían daño al querer desprestigiarla de aquella manera. Ella es morena con rasgos árabes. Aduladora, dispuesta a caer bien a todos los públicos. Ella acaba de cumplir sus cuarenta y siete años, pero aparenta unos treinta y siete... (poco más o menos). Sin embargo, en sus comidas no se priva de nada, es caprichosa, y en sus días de ofuscación se mete en el cuerpo unos bocadillos estilo Carpanta, y deliciosos pastelitos con nata que ella los saborea, a veces se lleva alguno para seguir relamiendo en su casa (a veces, sola, otras, acompañada, otorgándose un placer único y de gran utilidad; cuando está acompañada, aquellos pastelitos los disfruta mucho mejor). Ella misma se sorprende de lo golosa que es... Su satisfacción debe ser satisfecha, ahora, que ya puede... Lo que más le ha dolido ha sido dejar a sus hijos. Pensaba: «Quién les hará las gachitas buenas, y los pestiños y otras delicias? ¿Quién le remendará las rodilleras de los pantalones y los calcetines, hasta dolerle los ojos? ¿Quién los despertará a la hora convenida para que acudan a la escuela? ¿Quién les tendrá preparado el desayuno con el rico pan moreno con manteca colorá del horno de piedra de la señora Carmela? ¿Quién les hará todas las cosas que únicamente y amorosamente hace una madre?». «Pues su abuela». Una mujer de setenta y ocho años, pero con toda la aptitud que pueda tener una señora mayor de su edad, con poco tiempo para todo y con poca vitalidad. ............ Nuestra garbosa andaluza llevaba residiendo en la comunidad catalana ya hacía unos tres años, y entre trabajillo y tra17

bajillo ella sobrevivía y enviaba dinero a sus hijos, a su Sevilla natal, casi todos los primeros días del mes. A veces, a últimos, pero intentaba hacerlo inmediatamente cuando le pagaban a ella. Cuando tenía que hacer algún recado para la doña, ella no perdía tiempo, entonces sí pillaba el autobús, de esa manera lo hacía de prisa, y lograba transferirlo, ya que sus hijos eran lo primero. Su fisionomía es sexy, desinhibida, y le encanta provocar, sabe que es rellenita, con curvas, nunca llega a engordar, su peso es de unos setenta kilos sin zapatos, con unos vaqueros desgastados y una camiseta vieja; ella siempre lleva la misma ropa para pesarse en la báscula de siempre, y en la misma farmacia de la esquina de su calle; ya sabe que, si cambia de farmacia, se puede llevar un buen susto (las básculas pueden dar un cómputo diferente unas de otras), y, como dice ella: «No está el horno para bollos». Usa una talla de sujetador ciento veinte D (y no están caídas, aunque os resulte paradójico). Ni un gramito de silicona tiene metido en ellas; las tiene en su sitio, y a veces hace volver las miradas de los hombres y de algunas mujeres «tabla». Ella sabe que la observan y le produce cierto placer, a veces hasta desemboca en una sonrisa que no puede disimular. Pero ella sabe cuando la observan más, y cuándo menos. Cuando se viste de una manera sexy, sin darle importancia a las murmuraciones de las tías vulgares y feas, a veces levanta un poco más su falda para que vean bien sus bragas. Las amargadillas criticonas se quedan boquiabiertas y con un claro motivo novedoso para criticar. Mientras las vulgares desconsoladas se alejan, ella se toma su tiempo para reírse a gusto. Es consciente de que provoca..., a veces, hasta darle vida al más muerto, siempre que el muerto no sea un homosexual, o 18

alguien con una patología desquiciada, como un psicópata o un depravado misógino. Con su larga melena color caoba, otras veces un cobrizo más claro, deslizada sobre sus bellos hombros, ella se contonea con sus zapatos de aguja y casi siempre sale a la calle con sus vaqueros ajustados y sus faldas cortas (antes no podía, no quería escuchar los improperios de su marido). Samantha goza de su recién estrenada libertad, y más teniendo en cuenta que debajo de su falda, de vez en cuando..., se le olvida ponerse el tanga (otras veces no tiene tiempo). Y como ardiente andaluza de casta, le gusta que la admiren tanto por delante como por detrás. Coqueta por antonomasia, despliega por donde camina su alegría y atrevimiento. Sus curvaturas de cintura hacia abajo oscilan en una talla cuarenta y cuatro, y a veces (cuando se pasa comiendo), una cuarenta y seis. También varía mucho, según quien haya fabricado la prenda. Sus escotes controlados y de una profundidad vertiginosa a veces dejan entrever sus hermosos pezones cuando no lleva sujetador, grandes y de color rosa oscuro, y en su punta un ligero color púrpura brillante. La imaginación del voyeur lo hace desbordar en un calentón imparable difícil de olvidar. Su trasero apretado con bluyines a veces es digno de admiración, así como todo su cuerpo enfundado casi siempre en ropa sexy y adecuada para desempeñar un trabajo especial. Con una altura perfectamente femenina —ella mide 1,63 descalza— y con zapatos de plataforma suele alcanzar 1,72 —a veces 1,74—, según el estado de ánimo y las combinaciones de su vestuario. Sin embargo, Samantha no es una bruja, aunque su nombre nos haga recordar una serie televisiva americana antigua. Es una persona luchadora que ha dejado sus estudios terminados de COU (curso equivalente al actual 2.º de bachillerato) 19

para casarse con alguien que no debería hacerlo (según su propio testimonio). Pero en su cabeza también prevalece la idea de poder continuar en un futuro preparándose para algo más, con la esperanza en labrarse un presente y un porvenir lleno de oportunidades laborales. Ella pelea a su manera con sus zarpazos de gata defensora de lo suyo en una España que siempre ha sido machista, donde nosotras mismas podemos hacernos el máximo daño, y solo por no saber controlar la envidia (seña de identidad de la mediocre españolita que no le falta de nada). Es obvio que las que más tienen más quieren. Una vez pisada tierra catalana, su mente le había dado tal viraje que más bien parecía que le habían practicado una lobotomía, convirtiéndola en una fogosa de todo deseo anhelante que había tenido en su mente durante años de convivencia obligatoria al lado del sapo de su marido. Ahora es ella, con toda la gracia del sur, sin soberbia, ni pretensiones, sin envidias, sin prejuicios, ni casi control. Libre. Al fin ha conseguido ser ella misma, con toda su independencia, desatando su espíritu de lucha constante y mirando hacia adelante, sabiendo que podía sacar bastante provecho de su cuerpo..., de esa composición perfecta en toda su estructura, que Dios o la propia naturaleza le habían regalado; encima de él, una cabeza pensante, despierta e inteligente. Uno de los principales afanes de su vida estaba a punto de ser satisfecho, dejando atrás ataduras, frustraciones, hambre de todas las clases. Durante sus primeros años en Cataluña, ella había estado haciendo las tareas de empleada de hogar, tanto los días laborales como los festivos, dejándose conducir a contracorriente, aquellos años trabajaba más que nunca, lo hacía sobre todo para no pensar... No deseaba hacerlo, sus hijos tan lejos, y ella se había comprado dos teléfonos móviles baratos, eran 20

de prepago, uno para ella, otro para su hijo mayor, con la idea de enviarles mensajes de vez en cuando; necesitaba escucharlos, necesitaba tanto estar con ellos, pero sabía que no podía, y sobrevivía teniéndolos a ellos en la mente todo el tiempo en una ciudad de Cataluña agriada de crisis económica, al igual que el resto de España. Ella percibía una nómina que más bien parecía la propina de un camarero de un hotel de provincia, a pesar de sus muchas horas dedicadas casi totalmente al trabajo. Se veía agobiada, no pudiendo sacar más ganancia de ellas; intentaba ahorrar, pero le era imposible, ya que todo le resultaba carísimo, no llegándole el dinero para las cosas más básicas. Se le iba prácticamente toda la paga en enviarles algo a sus niños, y a ella apenas le quedaba para subsistir. Debía pagar la habitación que había alquilado en aquel edificio viejo y lleno de humedad, pero lo primero debían ser sus hijos; las calamidades que ella pasó ellos no deberían pasarlas, y su madre hacía todo lo posible para evitárselas. No importaba que ella pasara hambre, y se viera obligada a caminar kilómetros porque no tenía suficiente dinero para el bus, no importaba si un antojo no se cumplía. Lo primero, su familia; Samantha incansable, luchadora, renunciaba a muchos placeres por los suyos y se satisfacía con muy poco, tan poco que a veces se olvidaba de comer, otras veces ya se conformaba con sisarle unas manzanas a Elena, y ya ella tenía suficiente para pasar el día. Sus días pasaban tristes, decepcionantes. Era verdad que debía las facturas de agua y la luz —también era verdad que no las iba a pagar, su estómago no se lo permitía—, Así que los gastos aparte de su habitación se abonarían por la casera, y las protestas de esta no le importaban en absoluto. Samantha sabía que no la iba a desalojar mientras que ella continuara pagándole el alquiler... Y demasiado hacía en pagarle aquel cuchitril, sin 21

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