Historias* John Berger

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Historias* John Berger Camaradas… presentes y ausentes, buenos días. Ha pasado, ya, una hora y media desde el mediodía; los días se hacen más cortos aún cuando dentro de poco comenzarán a ser más largos nuevamente. Tres de nosotros (Beverly, Laura y yo mismo) hemos viajado a través de más de diez mil kilómetros desde nuestro pequeño pueblo en las montañas de los Alpes franceses para llegar hasta aquí. Nosotros también sabemos que hasta la montaña más pequeña puede ser nombrada. I En las grandes ciudades hay grandes galerías de arte y, en ellas, podemos ver personas circulando de aquí para allá, atentas a lo que explica algún guía, o escuchando interpretaciones, descripciones, previamente preparadas en cintas de audio. Esto puede entenderse como una forma de acercar cierto tipo de arte a la gente haciéndolo menos elitista. El problema es que, escuchando, nos olvidamos quizás de mirar. Ocurrió una vez que, estando en una de esas galerías de arte, observé que un grupo de visitantes era guiado por una mujer que no emitía palabra alguna; ningún sonido. Intrigado, me acerqué y pude darme cuenta de lo que sucedía: la guía “hablaba” con señas pues se trataba de un grupo de sordomudos. Para mí, la experiencia de atender a una voz no hablada, pero continua, es apropiada para el arte pues en las pinturas a menudo se observan figuras gestualizando, pero en silencio. ¿Por qué les cuento esta historia? ¡Por mi estúpida ignorancia del español! Les pido, a través de Peter, mi traductor, que observen en la misma medida que escuchan. Miren más allá de las palabras. Creo que muchas veces lo que percibimos importa más que el nombre mismo que le damos. *Traducción: Ana Gabriela Blanco, Cideci Unitierra Ediciones

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Miren: traigo un mensaje desde Africa para ustedes, es un proverbio popular. “Hasta que los leones cuenten con sus propios historiadores, las historias de caza siempre glorificarán a los cazadores” 1

Otro mensaje; éste para el Subcomandante porque cuando dió inicio este maravilloso evento, él habló del número siete: siete colores, siete sentidos; este mensaje que le traigo fue escrito en 1917 por un gran poeta proletario húngaro llamado Attila Josef. Recuerden: muchos, muchos mensajes nos llegan de los ausentes, desde los muertos. Este mensaje es un poema. Se llama “El séptimo hombre.” Sólo leeré aquí unos versos: Cuando debas luchar para sobrevivir procura que tu enemigo vea siete: uno, lejos del trabajo el Domingo uno, comenzando a trabajar el Lunes uno, que enseña sin que le paguen uno, que aprendió a nadar ahogándose uno, que es la semilla del bosque y uno, a quien protege un salvaje olvido. Mas todas estas astucias no bastan: tú mismo debes ser el Séptimo. II Está claro que ustedes conocen más que yo acerca de la lucha en Chiapas, ustedes son los expertos. Yo entonces, tan sólo me referiré a eso que de pronto aparece ante los ojos de un viajero (…). Hace tres días, fuimos recibidos para hablar con los miembros de la Junta de Buen Gobierno en Oventic; se trataba de dos mujeres y dos hombres. Pasamos cerca de una hora platicando con ellos. Cuatro cosas simples, inocentes, llamaron mi atención: Primero. Transmitían autoridad sin rastro de autoritarismo. Y, créanme, el autoritarismo, una vez adquirido, esclerotiza totalmente la vida de las personas. Esos pasamontañas, lejos de hacerlos menos humanos, los humanizaba (tengo presente aquello de 'cubrieron su rostro para hacerse visibles') pero ¿por qué es así? La máscara revela 1.- En Español en la versión estenográfica (T)

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claramente la mirada, y los mensajes de los ojos son las menos controlables de las expresiones faciales y, por ello, las más sinceras. Segundo. Su calma. Sabían que decían la verdad, porque no hay una sola. Nada afecta más a la calma que decir mentiras, o verdades a medias. Las mentiras producen miedo en quien las dice. En este sentido, ningún miembro de la Junta revelaba miedo. Y ser así refleja una relación familiar con el dolor. Tercero. La resistencia prolongada y el buen gobierno pueden producir fatiga. Y ésta carcome poco a poco el alma como una herrumbre. Esa clase de fatiga no se evita, se admite y se consuela. Cuando algún miembro de la junta no intervenía, aprovechaba la palabra de los otros para cerrar sus ojos en un “pestañazo de gato”. Un “sueñito” como humilde acto de consuelo, como un gesto de respeto a la fatiga. Cuarto. Para nosotros, interpelados desde el otro lado de la mesa, escuchándolos exponer su visión política de la situación local y de su lugar en el mundo, representaban lo opuesto, la antítesis de todo discurso político de líderes de derecha y de izquierda que hemos visto día y noche. Lo expresaban sus cuerpos, sus voces, sus ritmos, sus mentes, sus dedos, sus almas. Parecían encarnar la justicia. No la justicia como castigo, que es el sentido que ha adquirido para los pobres del mundo. No castigo. Esperanza. No la esperanza como promesa, sino como energía para la interminable lucha que es vivir, cada día, con un sentido cierto de la dignidad. III Traje para compartir con ustedes una historia que habla, precisamente, de esa lucha diaria, pero de pronto me asaltan preguntas ¿De dónde vienen las historias? ¿a dónde van? Y ¿qué efecto tienen si es que lo tienen?... Creo que antes contaré una historia pequeña, sobre mí mismo, que sucedió hace cuarenta años. Entonces vivía yo en Suiza. Me gustaba correr a través del bosque. Cierto día, mientras trotaba alcancé a escuchar el gemido de un perro. Me detuve y miré en todas direcciones; no había nada. Nuevamente gemidos; caminé un poco más y entonces lo vi. Se

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había caído dentro de un hoyo profundo. Era un perro viejo, casi ciego y, evidentemente, no podía salir de ahí. ¿Qué hacer? Saltar dentro del agujero para sacarlo alzándolo únicamente con mi fuerza, era arriesgado; el perro podría asustarse, quizás me mordiera. -“¡Cobarde!”, era lo que me decía mi voz interna. Así que salté dentro del agujero para sacarlo alzándolo únicamente con mi fuerza. El perro, asustado, me mordió la mano derecha. Corrí hasta la primera casa que encontré, y casualmente era -recuerden que esto fue hace cuarenta años - la casa de un inmigrante italiano, trabajador de la construcción. Le expliqué la situación y resultó ser el propietario del perro, al que creía perdido. Agradecido por el chucho recuperado me aconsejó: “Vaya al médico a atenderse, consiga un certificado y llame a mi compañía de seguros” (en Suiza es obligatorio que los perros tengan seguro). Entonces fui al médico. Mientras me curaban la herida llegó el representante de la aseguradora. -“Es una herida fea”, dijo. Yo asentí. -“¿Cuál es tu profesión?”, preguntó. -“Soy escritor”, respondí. -“¿Puedes escribir con la mano izquierda?” -“…” -“¿Cuánto ganas escribiendo?”. Yo ganaba poco, entonces, claro, mentí. Exageré. Hay un dicho popular ruso que dice: Donde hay mucho, tomar un poco no es robar, es compartir. Le dije que ganaba mil francos al mes. Me miró largamente y luego ofreció: -“te doy tres semanas”. Viví como un rey por tres semanas. Pero… ya estoy llegando al punto… Dos o tres años después conté esta misma historia una noche en la casa de un amigo. Me escuchaba una decena de personas, y el perro de la casa. Era ya muy tarde y, tras una larga conversación, me levanté y comencé a

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despedirme; abracé a todos como siempre, acaricié al perro, y me dirigí hacia la puerta. El perro me siguió. Salí al exterior acompañado por el perro. Atravesé el jardín rumbo a la calle; el perro insistía en permanecer conmigo. Mi amigo, sorprendido, tuvo que detener al perro y obligarlo a entrar a la casa. “Nunca había hecho esto antes”, dijo. Entonces ¿A dónde van las historias?, ¿a dónde nos llevan?... Sin ellas no sabríamos cuán ampliamente nuestro gozo y nuestro dolor son compartidos. Finalmente, la historia de lucha. Es una historia contada en una carta escrita por una mujer, ella se llama Aída. Escribe a su hombre que está en la cárcel, es un preso político…

Las abuelas* John Berger La siguiente carta de Aída, una farmacéutica, a Xavier, ingeniero encarcelado por defender sus ideas, forma parte de un libro inédito que reúne las letras de esta mujer a su hombre. Mi guapo, Esta noche escuchas en tu celda mis palabras mientras escribo. Estoy sentada en la cama. Tengo el cuaderno en las rodillas. Si cierro los ojos veo tus orejas, la izquierda sobresale un poco más que la derecha. Mi mejor amiga en la escuela alegaba que las orejas de los humanos son como diccionarios y que, si sabes cómo, puedes buscar palabras en ellas. Límpido, por ejemplo. Límpido. No voy a mandarte esta carta, pero quiero decirte lo que hicimos el otro día. Tal vez no la leas hasta que ambos estemos muertos. No, los muertos no leen. Los muertos son lo que permanece de lo que alguna vez fue escrito. Mucho de lo escrito queda reducido a cenizas, pero los muertos están todos ahí, en las palabras que se quedan. *Traducción: Ramón Vera Herrera

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Sonó mi teléfono móvil y era la voz entrecortada de Yasmina - los pinzones chirrían así, veloces, cuando su árbol está en riesgo para decirme que en el distrito de Abor un Apache sobrevolaba en círculos la vieja fábrica de tabaco, donde siete de nosotros se escondían, y que las vecinas y también otras mujeres se preparaban para formar un escudo humano en torno a la fábrica y sobre el techo, para evitar que los cañonearan. Le dije que ahí estaría. Colgué el teléfono y me quedé quieta, y no obstante era como si corriera. El aire fresco me golpeaba la frente. Algo propio de mí pero no mi cuerpo, tal vez mi nombre Aída corría, hacía virajes repentinos, se remontaba o hundía en los desniveles volviéndose imposible de avistar o que le apuntaran. Tal vez un pájaro liberado tiene esta sensación. Una especie de limpidez. Para el momento en que llegué, ya se habían instalado en el techo plano veinte mujeres, y agitaban sus pañoletas blancas. La fábrica tiene tres pisos como tu prisión. En la planta baja, hileras de mujeres, de espaldas a los muros, rodeaban todo el edificio. Aún no se avistaban tanques, jeeps o hummers. Así que anduve desde el camino cruzando el erial para juntarme con ellas. Reconocí a algunas mujeres y a otras no. Nos tocábamos y nos mirábamos en silencio, entre nosotras, confirmando lo que compartíamos, lo que teníamos en común. Nuestra única salida era convertirnos en un solo cuerpo todo el tiempo que nos mantuviéramos plantadas ahí, negadas a movernos. Oímos regresar el Apache. Volaba despacio y muy bajo para amedrentarnos y observarnos, y su rotor de cuatro hojas chantajeaba las corrientes para mantenerse en el aire. Escuchamos el familiar retumbo del Apache, el retumbo de ellos al decidir y el de nosotras al correr buscando refugio para escondernos, pero no esta vez. Podíamos ver los dos misiles Hellfire alojados en sus sobacos. Podíamos ver al piloto y a su artillero. Podíamos ver sus diminutas armas apuntándonos. Frente a la derruida montaña, frente a la fábrica abandonada que fuera utilizada como hospital provisional durante la epidemia de disentería de hace cuatro años, algunas de nosotras estábamos prontas a morir. Cada una de nosotras, pienso, tenía miedo, pero no por ella misma. Otras mujeres se apuraban a bajar el sendero zigzagueante

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desde las alturas del monte Abor. Está muy empinado por ahí, ¿te acuerdas? y no podían ver el helicóptero. Se sujetaban unas de otras y reían con nerviosismo. Era extraño oír su risa junto al zumbar rugiente del Apache. Miré la línea entera de mis compañeras, en particular sus frentes, y quedé convencida de que algunas de ellas sentían algo parecido a lo que yo había sentido. Sus frentes eran límpidas. Cuando las rezagadas que llegaban del monte Abor nos alcanzaron, se ajustaron la ropa y las abrazamos cálida y solemnemente. Mientras más seamos, el blanco que formemos será mayor, y mientras más grande sea el blanco, más fuertes seremos. Una lógica extraña y límpida. Cada una de nosotras tenía miedo pero no por ella misma. El Apache oscilaba sobre el techo de la fábrica, tres pisos arriba, estacionario en el cielo pero nunca quieto. Una a otra nos tomamos las manos y de cuando en cuando repetíamos los nombres de todas. Yo me tomaba de las manos con Koto y Miriam. Koto tenía diecinueve años y unos dientes muy blancos. Miriam era una viuda entrada en los cincuenta y a su marido lo habían asesinado hacía veinte años. Les cambié los nombres aunque no vaya a enviarte esta carta. En ese momento escuchamos que por la calle se aproximaban los tanques. Cuatro de ellos. Koto me acariciaba una de las muñecas con sus dedos. Oímos la voz de los altoparlantes anunciar toque de queda y ordenar a todos dispersarse y mantenerse en interiores. Del otro lado del erial la calle estaba atiborrada, y descubrí a algunos camarógrafos. Unos cuantos decigramos a nuestro favor. Ahora los inmensos tanques arremetían rápido contra nosotras, y las torretas giraban para seleccionar el objetivo exacto. El miedo que provocan los sonidos es el más difícil de controlar. El traqueteo de sus orugas al aplastar con forcejeos todo lo que atropellaban, el rugido de sus motores torciéndose al ejercer succión, los altoparlantes que nos ordenaban dispersarnos, los tres crecían y crecían, hasta que los tanques hicieron alto alineados frente a nosotras, a doce metros de distancia, con las bocas de sus cañones 105 mm. todavía más cerca. No nos apretujamos, nos mantuvimos separadas, sólo nuestras manos se tocaban. Un

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comandante que emergió de la escotilla del primer tanque nos informó, hablando mal nuestro idioma, que ahora seríamos forzadas a dispersarnos. ¿Sabes cuánto cuesta un Apache? Eso le pregunté a Koto, desde la comisura de los labios. Negó con la cabeza. Cincuenta millones de dólares, le dije entre dientes. Miriam me besó en la mejilla. Yo estaba alerta de que empujaran la puerta trasera de uno de los tanques y que emergieran los soldados, brincaran a tierra y nos arrasaran. No les habría tomado más de un minuto. Y no ocurrió. En vez de eso, los tanques se dieron vuelta y enfilados uno tras otro, dejando unos veinte metros entre ellos, comenzaron a envolver nuestro círculo. No lo pensé entonces, mi guapo, pero ahora que te escribo en mitad de la noche, pienso en Herodoto. Herodoto de Halicarnaso, quien fue el primero que escribió relatos de tiranos que se hicieron sordos a todos los dioses por el estruendo de sus propias máquinas. No habríamos podido resistir a los soldados si nos hubieran arrollado. Conforme nos rodeaban, los tanques se aproximaban deliberadamente con lentitud, apretaban la soga alrededor nuestro. ¿Tú sabes como es que una gata mide su salto, la distancia que le espera, hasta aterrizar en sus cuatro patas juntas en los cuatro puntos donde ella lo calculó? Pues esto es lo que cada una de nosotras tuvo que hacer: medir, pero no la distancia de un brinco, sino su opuesto, el monto preciso de voluntad necesaria para tomar la aterradora decisión de mantenernos, de no hacer nada, pese al miedo. Nada. Si subestimábamos la voluntad necesaria, tal vez rompiéramos la línea corriendo antes de darnos cuenta de lo que hacíamos. El miedo era constante pero fluctuaba. Si lo sobreestimábamos, habríamos estado exhaustas e inútiles antes de que todo terminara y las otras hubieran tenido que apalancarnos. Nuestras manos enlazadas ayudaban, pues nos hacían calcular la energía que cruzaba de mano en mano. Cuando los tanques circundaron la fábrica la primera vez, no estaban a más de un brazo de distancia de nosotras. Por entre las ventilas cubiertas de malla podíamos ver sus cascos, sus ojos, sus manos enguantadas. Lo más aterrador de todo era su blindaje, ¡visto tan de cerca!

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Cuando pasaba cada tanque era esta superficie, la más impermeable creada por el hombre, lo que no podíamos evitar ver incluso cuando cantábamos (y para entonces habíamos comenzado a cantar): sus remaches ciegos, su textura como de piel de animal pues nunca brilla, su dureza de granito y su color de caca, el color no de un mineral sino de la putrefacción. Era contra esta superficie que suponíamos nos iban a aplastar. Y frente a esta superficie debíamos decidir, segundo tras segundo, no movernos, no retirarnos. Mi hermano, dijo Koto, mi hermano dice que cualquier tanque puede destruirse si uno encuentra el sitio preciso en el momento preciso. ¿Cómo logramos las trescientas de nosotras mantenernos firmes como lo hicimos? Las bandas de oruga estaban ahora a unos cuantos centímetros de nuestras sandalias. No nos movimos. Seguimos tomadas de las manos y cantando entre nosotras con nuestras voces de viejas. Porque fue esto lo que ocurrió y es por eso que pudimos hacer lo que hicimos. No habíamos envejecido, simplemente éramos ancianas, teníamos como mil años de edad. El prolongado tableteo de una ametralladora en la calle. Posicionadas como estábamos, propiamente no pudimos ver lo que ocurría, así que hicimos señas a nuestras viejas hermanas en el techo, que podían ver mejor que nosotras. El Apache se mecía amenazador sobre ellas. Nos devolvieron las señas y entendimos que una patrulla había disparado a unas figuras que corrían. Muy pronto escuchamos el ulular de una sirena. La succión del siguiente tanque que nos confinaba, también nos encrespaba e hinchaba la falda. No hagan nada. Ni nos meneamos. Estábamos aterradas. Y en nuestras agudas y estridentes voces de abuelas, cantamos ¡aquí nos vamos a quedar! No teníamos arma alguna excepto nuestro útero maltrecho. Así estuvo. Entonces un tanque - no creímos de inmediato lo que veían nuestros ojos apagados - dejó de formar el círculo y se enfiló a cruzar el erial, seguido por el siguiente y el siguiente y el siguiente. Las ancianas del techo vitorearon, y nosotras, todavía con las manos cogidas, pero ahora silenciosas, comenzamos a dar pasos laterales hacia la izquierda de tal modo que lenta, muy lentamente, como

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correspondía a nuestros años, dimos vuelta a la fábrica. Más o menos una hora después, los siete nuestros estuvieron listos para escabullirse. Nosotras, sus abuelas, nos dispersamos, recordando cómo había sido ser jóvenes y luego hacernos jóvenes. Hay tanta diferencia entre la esperanza y la expectativa de algo. Al principio pensaba que era una cuestión de duración, y que la esperanza era el aguardar algo mucho más allá. Pero no. Me equivocaba. La expectativa pertenece al cuerpo, mientras la esperanza pertenece al alma. Esa es la diferencia. Las dos conversan y se excitan o consuelan una a otra, pero el sueño de una y de otra son diferentes. He aprendido algo más. La expectativa de un cuerpo puede durar tanto como cualquier esperanza. Como mi cuerpo, que espera el tuyo. Mientras tenga vida, soy tuya, mi guapo. Aída

Bosquejos para un retrato de México La hondonada entre la justicia y las promesas rotas* John Berger Estoy sentado en una cabaña de madera en las orillas de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, en el Sureste mexicano, a punto de dibujar un retrato del subcomandante Marcos. Veinte años atrás en este poblado de calles angostas, de casas del color de las flores, cualquier indígena que anduviera por la acera tenía que bajarse para permitirle a algún mexicano “blanco” continuar sin perturbaciones su camino. Tras la toma de la ciudad por los zapatistas en 1994, esto cambió. Lo que hoy ocurre en esas mismas aceras hoyancadas es asunto de decisiones, no de discriminación. *Traducción: Ramón Vera Herrera

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Al llegar a la cabaña donde se alojaba temporalmente, me preguntó que dónde quería yo que se sentara. Le indiqué una silla junto a dos comandantes zapatistas: una mujer con su niña de seis años y un hombre mayor ya sentados. Así, supuse, hablará con ellos y me dejará en paz. Me miró con un dejo de ironía como si leyera mis pensamientos. ¿En paz? Sí, la paz es un momento. Ayer había anunciado frente a varios cientos de personas que, por un tiempo, no haría más apariciones públicas, porque la amenaza a las comunidades zapatistas y a su forma de vida y lucha de los últimos trece años, era ahora tan aguda que debía retornar a ser el soldado clandestino que alguna vez fue, y ayudar a organizar la defensa en las montañas. La defensa de aquéllos - le recordó al público - que formalmente renunciaron a cualquier forma de lucha armada desde 1996, pero que, de ser atacados, resistirían empecinadamente. Puede ser que el presidente Calderón y su gobierno, tras las fraudulentas elecciones que lo llevaron al poder, calcule que pronto podría proceder a barrer a los zapatistas sin provocar la protesta generalizada. Y como tal, cree que el fulgurante ejemplo de desobediencia zapatista ante la tiranía global del fascismo económico conocido como neoliberalismo, puede ser barrido también. Marcos y los comandantes comienzan a conversar y yo comienzo a dibujar. Ellos tres y la niña de seis años llevan pasamontañas. “Usamos máscara”, reivindicaron alguna vez los zapatistas, “para hacernos visibles”. Una extraña paradoja a considerar cuando se dibuja un retrato. Tres días antes, en la comunidad zapatista de Oventic, conversaba yo con cinco consejeros. Estas mujeres y hombres hablaban con mucha calma porque decían sus propias verdades, tan diferente eso de la verdad. La supuesta calma que acompaña la creencia en una sola verdad es una indiferencia despiadada. La de ellos era una calma plena de consideración. Y sus máscaras, lejos de hacer sus rostros menos humanos o menos únicos, los hacían más humanos y únicos. Leía sus rostros a través de sus ojos, y los mensajes de los ojos son las expresiones faciales menos controlables y, como tal, las más sinceras.

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Hablar de sinceridad me hace pensar repentinamente en la foto de una mujer que no usa máscara. Su nombre es María Concepción Moreno Arteaga. Madre de seis niños que crío ella sola. Cuarenta y siete años de edad. Ella vive a 200 kilómetros al norte de la ciudad de México donde se gana la vida como lavandera. Hace tres años fue arrestada por las fuerzas de seguridad del gobierno mexicano que la echaron a la cárcel con el cargo, absolutamente falso, de estar implicada en el tráfico de inmigrantes ilegales. [Decenas de miles de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños son deportados todos los años por las fuerzas mexicanas del orden al intentar atravesar el país rumbo a la frontera con Estados Unidos, donde esperan cruzar hacia el otro lado y hallar trabajo.] Un día, María Concepción se topó con seis de esos migrantes, harapientos, que habían cruzado ya medio país y que le pedían agua. Así que les dio agua y algo de comer, porque ante su manera de pedírselo “no había modo de negárselos”. Después de ser acusada falsamente pasó más de dos años en prisión. Su trabajo allí consistía en pegar etiquetas para ropa de marca. Con los pocos pesos que le daban por estos trabajos forzosos, compraba jabón y papel de baño para mantenerse limpia. El mensaje de sus ojos en la foto es: “No es posible negarse”. Marcos tiene manos grandes con dedos inusualmente largos. Su piel está gastada y es algo callosa, su textura es parecida a la de las manos de los campesinos. Cuando aparece en público asume la postura y la expresión de un mensajero, ya sea que con cuidado y lentamente lea el nuevo mensaje en voz alta, o que sólo se pare ahí, y lo encarne. En cambio, aquí en la cabaña está relajado y no mide el tiempo. Sus extremidades se sueltan como las de un piloto de largas distancias que una vez más logró poner a salvo su aeronave sobre una pista de aterrizaje muy corta. Y de pronto se me ocurre que tiene una cierta afinidad física con Saint Exupéry: tal vez son parecidas su timidez o su reticencia con su tamaño y estatura. México es uno de los países que cuenta con las más extensas minas de plata del mundo, como rápidamente lo descubrieron los conquistadores. Es también una tierra de espejos. Algunos de ellos, enmarcados y palaciegos, rotos muchas veces, y la generalidad son una multitud de fragmentos, bisutería, lentejuelas, escamas de azogue o mica que absorben la luz. “Cuando tocamos los corazones

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de otros pues tocamos también sus dolores. O sea que como que nos vimos en un espejo”, declararon los zapatistas hace dos años y medio en la Sexta declaración de la selva lacandona. La ciudad de México es tal vez la tercera metrópolis más grande del mundo con una población desmesurada que bien rebasa los 20 millones. Una ciudad de consumismo sin freno, de pobreza, y redes de estafa y fraude. Barrios enteros gobernados por pandillas que venden droga. Zonas residenciales custodiadas por guardias de seguridad con chalecos a prueba de balas. Una contaminación colosal. Caos vial. El río de la Piedad fluye hacia el este por un monstruoso y herrumbrado ducto. El transporte público es mínimo. Circuitos urbanos con vías elevadas de tres pisos de alto. Por debajo, sin vehículo, uno se precipita como lo hacen las tijeretas. Aquí a los carros los han vuelto tan indispensables para quienes trabajan como rentar una vivienda. La antigua ciudad azteca de Tenochtitlan fue convertida finalmente en un carrusel para los intereses automovilísticos y de gasolina del capitalismo corporativo. Cada año un millón de campesinos e indígenas mexicanos es forzado por la pobreza o la desposesión de tierras a abandonar sus hogares rurales y a mudarse a la capital u otras ciudades, mientras sus tierras son absorbidas por las corporaciones de la agroindustria. México es un país migrante. Quince millones de hombres y mujeres trabajan en Estados Unidos. El dinero que envían a casa es, junto al petróleo, la principal fuente de divisas de México. Casi todos estos trabajadores carecen de papeles por lo que en Estados Unidos los califican de criminales y los tratan como tales. Lo que ocurre es la imagen en espejo de lo que ocurría en el Gulag soviético. Allá, a los prisioneros se les forzaba a trabajar hasta caer exhaustos. Aquí, a los trabajadores se les caza como a criminales hasta que se asumen fuera de la ley. Entretanto, en la ciudad de México millones de miradas interrogantes se intercambian segundo a segundo en relación con transas, oportunidades, chistes, alternativas, rutinas, cuestiones de honor o meros asuntos sin resolver. Unicamente para los poderosos, apuntan los zapatistas, es la

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historia una línea ascendente, donde su hoy es siempre la cumbre. Para los de abajo, la historia es una cuestión que sólo puede responderse mirando hacia atrás y hacia delante, creando así más preguntas. Observo las cejas, las líneas de su frente, los círculos bajo los ojos, la forma en que la gran nariz se amolda contra el pasamontañas. Su voz física es al mismo tiempo distante y persuasiva. La voz escrita es otro asunto. Contrariamente a lo que es común asumir, la verdadera voz de quien escribe es rara vez (y tal vez nunca) la suya propia. Es una voz nacida de la intimidad e identificación del escritor o escritora con otros que conocen a ciegas sus propios caminos y que sin palabras guían a quien escribe. Esta voz no surge de su temperamento sino de su confianza. Y mientras dibujo el volumen de su cabeza, me pregunto cómo definir, cómo delinear, el lugar de donde proviene su voz, como escritor de los mensajes zapatistas. Desde dónde le habla al mundo. Físicamente la voz habla desde aquí, desde los interminables precipicios y cañadas de los Altos y la selva de Chiapas, hoy controlados por los pueblos indígenas que han recuperado su tierra para cultivarla, y quienes han construido escuelas, clínicas y espacios públicos en sus comunidades. Pero ¿desde dónde, figurativamente, habla su voz? Acaba de hacer reír a la niña. Cuando ella ríe, su pasamontañas se agita, como el costado de un cachorro cuando resuella. Regreso a la ciudad buscando respuesta a mi pregunta. La arteria principal se llama, inesperadamente: ¡Avenida de los Insurgentes! En el centro hay todavía docenas de calles con nombres de capitales o países europeos, porque hace un siglo México se pensaba a sí mismo como un faro de Revolución y Progreso mundiales. Casi tantos mexicanos van con sus familias en algún momento de su vida a ver la Epopeya del Pueblo Mexicano, los murales de Diego Rivera, como en peregrinación a la Basílica de

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Santa María de Guadalupe, y hacen su visita a esta inmensa pintura no por estudiar arte sino por rememorar y considerar su destino. He cambiado de dibujar con tinta a dibujar con carbón, porque éste es más tentativo, más craquelado, más desgastado. La tinta sabe, de inicio, lo que quiere decir; el carbón escucha. Ninguna reproducción puede dar idea de la fuerza y la escala del fresco de Rivera que corona la escalinata principal de lo que fuera, hasta hace poco, el asiento del gobierno, el Palacio Nacional. No es descabellada la comparación que frecuentemente se hace con la Capilla Sixtina, pero con el Juicio Final, no con la Bóveda. Diego, el Elefante, como Frida Kahlo lo apodaba, fue tan ordinario como cualquiera de nosotros. A veces era estrepitoso, algunas veces derrotista, otras veces flojo, con frecuencia inconsecuente. Pero se transformó cuando se sintió llamado a pintar y encarnar en esas paredes el relato de los pueblos de los que provenía. Entonces se volvió consecuente al punto de otorgarle a cada detalle, a cada rasgo, su lugar particular en un vasto destino histórico. En la parte alta de la escalinata uno tiene la sensación de que son los mil años de historia los que inventaron al colosal pintor, no al revés. Los cientos de figuras de tamaño humano de las civilizaciones precolombinas, del mercado callejero de Tenochtitlan, de los tres siglos de explotación colonial española, de la Guerra de Independencia que terminó en 1821 y, más enfáticamente, del siglo que siguió a esa guerra y condujo a la Revolución de 1910 y a su visión de un futuro diferente, todas estas notorias y anónimas figuras están contenidas juntas en una visión de tal energía y continuidad que, pese a las tantas crueldades que nos gritan, se suman como un todo de invitación fraternal. Es como si a cada visitante mexicano, al bajar la escalera para irse, le fuera ofrecido un alcatraz de alguna de las canastas de las vendedoras de flores retratadas en los murales. Al mismo tiempo, y ésa es tal vez otra razón por la que pienso en el torbellino del Juicio Final de Miguel Ángel, la historia política del México moderno, según está plasmada en estas paredes y de acuerdo a todo lo que ha sucedido desde que fueron pintadas, no es sino un gigantesco erial de promesas rotas.

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A cierto tipo de esclavitud le siguieron otras, nuevos sistemas de represión y discriminación reemplazaron los viejos. Se inventaron e impusieron formas modernas de la pobreza. Los gringos del norte extrajeron y robaron más y más recursos naturales y los pueblos indígenas fueron despojados más y más. Sólo el grito de ¡Tierra y Libertad! de Emiliano Zapata continuó resonando la verdad antes de ser asesinado en 1919. Y entonces llego al punto. La hondonada entre el vasto erial de promesas rotas y la búsqueda popular de más justicia, tenía que llenarse de algún modo y los partidos políticos, comenzando por el PRI (¡el partido de la revolución institucional!), han intentado durante setenta años llenar la hondonada con el escombro en que quedó convertido lo que alguna vez fuera un lenguaje político. Promesas rotas, premisas rotas, proposiciones rotas, leyes rotas. Cada uno de estos principios excepto los del interés propio fueron vaciados de contenido. El debate político, las campañas electorales, los discursos para los medios masivos en manos de las corporaciones, fueron sistemáticamente reducidos a prevaricación y diversión de aquéllos que los antiguos griegos denominaban los “idioti” (los que buscaban su propio interés), para distinguirlos de los “politici.” Bajo el fascismo económico del neoliberalismo esto se está convirtiendo en un fenómeno mundial. La voz de los mensajes zapatistas, que ofrece ejemplo de cómo resistir local y globalmente, surge de esta hondonada. “No a tratar de resolver desde arriba…, sino a construir desde abajo y por abajo”. “No creemos que el fin justifique los medios. Finalmente pensamos que los medios son el fin. Construimos nuestro objetivo al construir los medios con los que seguimos luchando. En ese sentido es grande el valor que otorgamos a la palabra, a la honestidad y la sinceridad, aunque a veces nos equivoquemos ingenuamente.” Me observa dibujar y sonríe. Hay dos clases de sonrisas (entre otras muchas): una que espera la conclusión jocosa de un nuevo chiste, y otra que recuerda la broma ya escuchada. La suya es del segundo tipo.

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Me encontraba en el poblado de Acamilpa, en el estado de Morelos, de donde era Emiliano Zapata. La milpa es un campo de maíz donde crecen y conviven otras plantas, y donde muchos pájaros, insectos y animales coexisten también. Quiero describir el rostro de una anciana que me fue extrañamente familiar. ¿Será que se parece a gente de mi pueblo en los Alpes, o será que la edad nos lleva a todos al mismo poblado? En cualquier caso, era sábado por la tarde en un patio de una casa en un pueblito rural lleno de mesas cubiertas con manteles blancos, porque era el cumpleaños de alguien y los invitados estaban por llegar. Ya un acordeonista tocaba algo de música. Había una acacia enorme que debió haber estado ahí cuando Emiliano Zapata era un niño. En una mesa, trece personas mayores de las comunidades circundantes sostenían una reunión muy seria para coordinar los planes de una desobediencia civil o algún tape de carretera para evitar que su agua la desvíen y se la roben los especuladores de bienes raíces. Hablaban por turnos, con cuidado y determinación. Aceptaban la música como si fuera un platillo que se cocía a fuego lento, y que podrían comer más tarde. El rostro de la anciana estaba bronceado por el sol y el viento y sus brillantes ojos indicaban que los usaba para avistar en las grandes distancias los vientos que vienen. Para la fiesta de cumpleaños había globos de colores colgados entre la casa y el árbol de acacia. Y esto fue lo que me dijo: “He vivido mi vida, como me la dieron para vivirla, y ahora pienso en el futuro. Pienso en mis nietos y sus hijos y cómo van a vivir. Tenemos que resistir, por ellos. Esos que hoy gobiernan quieren destruir a todos los campesinos y a todas las comunidades indígenas porque quieren quedarse con todas las semillas de la tierra y con todos los litros de agua que vienen de nuestras montañas. Así que por eso luego les paramos sus camiones cuando vienen a robarse lo que es nuestro… es mejor morir de pie que vivir de rodillas.” Su cabello largo, tan blanco como el mío, estaba peinado hacia atrás de su rostro barrido por el viento y se lo amarraba en un chongo. Marcos usa un reloj en cada muñeca. Uno marca el tiempo de la paz. El otro el de la guerra. Cuando los zapatistas se enfrascan en una operación defensiva, trabajan con un horario alterado por si son interceptados sus mensajes.

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John Berger

Hay en todo caso situaciones que desafían cualquier tiempo, todos los tiempos. En el poblado de San Andrés Sacamch'en donde, en febrero de 1996 el gobierno pactó acuerdos formales con los zapatistas, para reconocer los derechos de todos los pueblos indígenas, acuerdos que nunca honró, está la iglesia de San Andrés Apóstol. En la iglesia hay varias estatuas de la Virgen y de los santos que llevan ropajes de tela, cosidos y bordados. Un mediodía, la semana pasada, hice un alto ahí porque, al igual que en Acamilpa, escuché una música. La música era más antigua y diferente. Dentro de la iglesia había dos mujeres jóvenes, indígenas, con sus bebés a la espalda y a cierta distancia de ellas dos hombres. No había sacerdote. Los cuatro cantaban en polifonía. En el piso de la iglesia había miles de velas prendidas, muchas veladoras en sus vasos, y sus llamas parpadeaban con el viento que se colaba por una puerta entreabierta. Una de las mujeres, conforme cantaba, balanceaba un incensario, y el humo del incienso flotaba como niebla por encima de las llamas que parecían flores. El año, la estación, el día, la hora, eran detalles olvidados. Hasta que uno de los bebés lloró de hambre y su mamá le dio pecho. La otra mujer alisaba con las manos una túnica que había traído para la efigie de San Andrés. Sabía que era tiempo de cambiar y lavar la que traía puesta el santo. Tras del pasamontañas, bajo la gran nariz, una boca y una laringe hablan desde la hondonada acerca de la esperanza. He dibujado lo que puedo. Entretanto, probablemente los zapatistas están en riesgo. Cualquier ataque sobre ellos vendrá de aquéllos que en su miopía creen que pueden erradicar su ejemplo.

La acción antisistémica en tiempos de crisis

Jean Robert

Titulé esta intervención “La acción antisistémica en tiempos de crisis”, porque creo en dos cosas: La proliferación de movimientos antisistémicos innovadores es uno de los síntomas de una crisis única de lo que Wallerstein llama el “sistema-mundo” o “la economía-mundo capitalista”. Esta crisis abre nuevas posibilidades que son motivo de nuevas esperanzas. Es también un momento de peligros sin precedentes. Me han dicho que los chinos expresan la idea de crisis mediante la yuxtaposición del carácter que significa peligro y del que quiere decir oportunidad. Por su parte, el poeta Hölderlin decía: “en el peligro, yace la salvación”, es decir, en la percepción del peligro está la salvación. Tradicionalmente, la percepción del peligro era un llamado al valor, al coraje de enfrentar la realidad. La salvación de la que habla el poeta está en ese “tocar fondo” con el suelo de la realidad. Un ejemplo personal, anteayer, el Sub me convenció de que, frente a cada teoría, hay que buscar cómo tocar suelo. El evocaba la teoría del cambio climático global con la que se parapetan ahora las autoridades, otrora negacionistas, y preguntaba: “¿cuál es el suelo que esta teoría oculta?” Es, muy literalmente, el suelo de Tabasco, este suelo destruido por el asfalto que lo cubre, los supermercados, los fraccionamientos, etc. que lo matan e impiden, entre otras cosas, la infiltración de las aguas. Yo no soy “negacionista” respecto a la teoría del efecto invernadero. Fue formulada por primera vez en 1802 o 1803 por Joseph Fourier, que era físico, matemático y egiptólogo. Dijo simplemente que la presencia de gas carbónico (CO2) en el aire modifica sus propiedades ópticas en el sentido de que acumula calor a la manera de un invernadero. Vinieron la revolución industrial, los años de optimismo progresista y desarrollista y la teoría del invernadero fue olvidada. Resurgió en los años 60. Sigo desde entonces el debate que provocó, o no provocó, porque durante más de

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30 años, los climatólogos proclamaron que era imposible distinguir el cambio antropogénico “del ruido de fondo de las variaciones aleatorias del clima”. Desde el año 2000, este velo de mentiras ha caído y ahora es el reconocimiento que la acción humana provoca catástrofes climáticas que encubre otras mentiras. Tengo que hacer dos confesiones. La primera es que preparé una intervención bastante teórica. La cuestión del “suelo” la puso de cabeza. Todo el día de anteayer y ayer tuve que enfrentar la pregunta siguiente: ¿cuál es el “suelo” que mi teoría negaba? En otras palabras: ¿qué realidad ocultaba en vez de revelarla? Aunque me hayan recomendado no extenderme demasiado en los agradecimientos por temor de agotar mis preciosos minutos antes de llegar al meollo, tengo que agradecer a los organizadores de este tan retador encuentro y, con ellos, a Andrés, que, hace un tercio de siglo, nos propinó nuestra primera iniciación a la antropología chiapaneca. Y aquí viene mi segunda confesión. Debo reconocer que me cautivan demasiado los acertijos. Como a Jorge Alonso, el latinista legítimo, me intrigó sobremanera el acertijo incluido en la invitación a este primer coloquio internacional in memoriam Andrés Aubry. Leo el acertijo: “doctor liberationis conatus causa”. Las universidades “del mundo blanco y abstracto de arriba” producen doctores honoris causa. La universidad de la tierra quiere otorgar a Andrés un doctorado “color tierra” llamado doctorado liberationis conatus causa. Está formulado en un lenguaje secreto que no es precisamente “color tierra”, así que hay que desencriptar: “doctorado otorgado a Andrés Aubry en razón de su compromiso con la liberación del conatus”,… pero sigo sin entender. Busco conatus en mi diccionario, conatus: ímpetu, tendencia, deseo, perseverancia, continuación o subsistencia. Decido hacer una encuesta. Estaba desesperado cuando cayó en mis manos un pequeño libro en francés sobre un filósofo llamado Spinoza que murió hace más de 300 años. “Spinoza, philosophie pratique” de Gilles Deleuze. El concepto de “conatus” era fundamental para Spinoza. El conatus es el impulso o esfuerzo mediante el cual la cosa persevera en su ser. En el hombre, el conatus es consciente y es el deseo de seguir siendo

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quien soy a través de las vicisitudes pero también de los encuentros enriquecedores. Es la capacidad de estar afectado por la alegría de estos encuentros. El conatus es mi capacidad de regocijarme de lo que soy, de donde estoy, y de ayudar a otro a encontrar la alegría en su ser. Sólo quedaba encontrar un equivalente “color tierra” a esta palabra secreta. No encontré ninguno en los diccionarios, pero me permito proponer la equivalencia siguiente: el conatus corresponde más o menos a lo que los campesinos que hablan español cervantino llaman la “enjundia”. El que nació ungido de enjundia tiene un ímpetu de vivir que le llevará suerte, le permitirá hacer buenos encuentros y experimentar alegría en ellos. Nunca caerá en servidumbre. La enjundia se opone a esclavitud. De la enjundia nace la dignidad. En esta óptica, el capitalismo no es otra cosa que una guerra, una guerra de cinco siglos, cada vez más despiadada, contra la enjundia, la dignidad, el conatus. Los historiadores que la han estudiado, prefieren llamar esta guerra, “guerra contra la subsistencia”, en todos los sentidos de la palabra subsistencia: arte de asegurar el sustento propio, capacidad de perseverar en ser uno mismo, conatus, dignidad, autonomía. Ahora mi salto mortal hacia las alturas de la teoría, con todo respeto además. Immanuel Wallerstein escribe: “El triunfo del liberalismo en definir la geocultura del sistema-mundo moderno en el siglo XIX y la mayor parte del XX fue institucionalmente posible por el desarrollo de los basamentos del estado liberal. Pero también fue posible por el alza y la creciente importancia de los movimientos antisistémicos (subrayado mío). Este puede parecer paradójico, puesto que los movimientos antisistémicos existen, en principio, para socavar el sistema, no para sostenerlo. Sin embargo, las actividades de estos movimientos sirvieron en conjunto para reforzar considerablemente el sistema.1 ” Estoy tan convencido de que Wallerstein toca aquí un punto

1.- Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo, traducido por Carlos Daniel Schoeder, Siglo XXI, 2005, p. 94 (original: World-Systems Analisis, Duke University Press, Durham, Londres 2004).

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difícil, paradójico e importantísimo de teoría crítica, que hice de este pasaje el eje de mi presentación. Pero, después del trauma de anteayer, me pregunto también: ¿Cuál es el suelo de esta teoría? ¿Qué realidad oculta? ¿Qué me costará aterrizar? Quizá la coherencia de mi presentación. Veremos. Recuerdo las palabras de Teodor Shanin; es cuando una teoría se topa con sus contradicciones que se vuelve interesante y que aterriza en el suelo de la realidad. En palabras, ahora de Wallerstein, “las actividades de estos movimientos (antisistémicos) sirvieron en conjunto para reforzar considerablemente el sistema”. Es desalentador. ¿Será políticamente desmovilizador? Insisto: la aportación de Wallerstein sobre la cual quise fundamentar mi intervención es la formulación bastante rigurosa de una intuición, que comparto con muchos aquí, la intuición de que estamos en un momento histórico único que él define como una crisis sistémica. El síntoma seguro de que estamos en una crisis sistémica es que las medidas políticas y económicas para encauzarla, los llamados “ajustes”, tienen un efecto cada vez menor sobre ella, cuando no son claramente contraproducentes. Tengo que hacer un paréntesis. Cuando Esteva proclamó la muerte del Imperio entendí que estaba hablando de la muerte de su legitimidad. La palabra legitimidad tiene un sentido minimalista: una institución es legítima mientras la mayoría piensa que su desaparición sería peor que su mantenimiento. Mientras dura tal legitimidad, funciona como una coordinadora de voluntades. Entendí que Gustavo decía que el capitalismo ha perdido hasta esta legitimidad mínima, liberando las voluntades para lo mejor y lo peor. El peligro inmediato, es que, al volverse ilegítimo, el imperio asienta su poder sobre la violencia. Hace todavía 10 años, esta afirmación hubiera parecido un comentario a la obra de Hannah Arendt. Hoy es simplemente actualidad. Tal como el calentamiento global, negado “científicamente” durante cuarenta años, se acaba de hacer doctrina oficial, la crisis de legitimidad del sistema se puede volver pronto lema de los tambaleantes gobiernos, que propondrán recetas para recuperarla. Pero en el análisis de Wallerstein, la crisis es más que una crisis de legitimidad. Es una situación en que cualquier remedio será contraproducente. Sigo citando:

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“Sin embargo, la continuación de las acciones habituales será posiblemente el comportamiento de la mayoría de las personas. En el muy corto plazo, tiene sentido. Los modos habituales son los modos familiares, y prometen beneficios a corto plazo, o no serían los modos habituales. Precisamente porque las fluctuaciones son mayores, la mayor parte de la gente busca la seguridad en el mantenimiento de dicho comportamiento. Por cierto, toda clase de individuos buscarán, a mediano plazo, ajustes al sistema, los cuales, argumentarán, servirán para mitigar los problemas existentes. Esto es también un patrón de conducta habitual, y, en el recuerdo de la mayoría de la gente, uno que funcionó en el pasado y que debería, por ende, volver a intentarse. El problema es que en una crisis sistémica, tales ajustes a mediano plazo tienen un efecto mínimo. Esto es, después de todo, lo que dijimos que define una crisis sistémica. 2

Y habrá quienes busquen caminos más transfomativos…”

Trato de resumir: El sistema entró en crisis, crisis manifiesta en el hecho de que los ajustes ya no tienen efecto, o, diría yo, son cada vez más contraproducentes. Pero el sistema no se derrumba. Sobrevive por inercia, como un show, como un entramado de mentiras obligatorias, sin las cuales uno no se puede adaptar al sistema. El cambio inducido por esta crisis, añade Wallerstein, es irresistible, pero la política le puede dar una dirección. De hecho, dar dirección al cambio será quizás la principal apuesta política de los tiempos de crisis. Y, tanto a los que, proclamando que “otro mundo es posible”, buscan los caminos de la resistencia antisistémica, ¿en qué medida pueden evitar que sus acciones sean tragadas por el sistema mediante sus mecanismos de retroalimentación o feedback?. A lo largo del siglo XIX, y sobre todo del siglo XX, varios grupos entraron en resistencia con el sistema-mundo porque se sentían discriminados o excluidos. Lo que reivindicaban eran dos cosas: cambios en la organización social y su reconocimiento como ciudadanos enteros. En general tuvieron más éxito con el segundo punto que con el

2.- Immanuel Wallerstein, loc. cit., p.119.

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primero, con lo que, lejos de socavar el sistema, sirvieron en conjunto para reforzarlo. La parte escéptica de mi mente hace dos preguntas. ¿Será cierta esta teoría? Después de estos altos vuelos teóricos, siento la necesidad de tocar suelo. ¿Cuál es el suelo de la teoría de los sistemas-mundo? ¿Cuáles realidades caen en la mancha ciega de su óptica? Veo dos respuestas posibles, digamos, un suelo para cada pie. La primera tiene que ver con el conatus, la enjundia, la dignidad, la subsistencia. La segunda tiene que ver con el lenguaje. El sistema ha intentado, y parcialmente logrado, hacer del lenguaje un sistema general de valores y evaluaciones. En vez de español, francés, inglés o alemán, nos quiere hacer hablar neo-habla capitalista. En “capitalista” por ejemplo, el peligro ya no es una invitación al coraje, al valor de enfrentar la realidad. Es un riesgo que se evalúa estadísticamente en porcentajes como los intereses en el banco. La naturaleza es un catálogo de recursos naturales. Tratemos de tocar suelo con los dos pies. *Primer pie: Entre los que emprendieron los “caminos más transformativos” de los que habla Wallerstein están emergiendo verdaderas innovaciones. Sin mitificar estas innovaciones, podemos hablar de la emergencia de lo radicalmente nuevo o, mejor dicho, de emergencias. Estas emergencias no tienen ningún caparazón institucional, sin embargo, en ellas yace una potencia instituyente. No son revoluciones en el sentido convencional, sin embargo manifiestan un devenir revolucionario. Frente a ellas, las teorías del cambio social - recuerden las palabras de Shanin - se topan con sus propias contradicciones. ¿Hay que integrarlas a un marco práctico-teórico preexistente, para rescatarlas de su “espontaneísmo”, o hay que permitir que su práctica transforme la teoría? La primera alternativa consistiría en alistar estas emergencias en las filas de un movimiento de masas, de un partido o hasta de un aparato militar. La segunda consiste en reconocer que el devenir revolucionario inaugura prácticas y relaciones susceptibles de hacer jurisprudencia, particularmente cuando estas prácticas y relaciones ponen las normas y leyes vigentes en tela de juicio. A la luz de la percepción de que otras relaciones son posibles, la negación de estas

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relaciones se vuelve intolerable. Por el contrario, el descubrimiento de que estas relaciones son posibles se celebra: una fiesta revolucionaria puede seguir el descubrimiento y la práctica de una jurisprudencia revolucionaria 3. En los últimos tiempos han aparecido en Brasil, en México, en la India y en el Maghreb, por ejemplo, movimientos que ponen la racionalidad “normal” de las luchas sociales de cabeza. Han puesto en evidencia hechos simples, anclados en la cotidianidad, a los cuales, los movimientos revolucionarios en busca de poder, habían sido ciegos. Esta vuelta a lo cotidiano permite que la percepción de lo intolerable esté en sintonía con la acción. En contraste, los grandes esquemas que prometen la libertad en un futuro incierto hacen de la acción revolucionaria un monopolio radical en manos de una facción, de un partido o de un gobierno que actúan “en nombre del pueblo”. La devolución del devenir revolucionario a lo cotidiano invita a hacer frente al sufrimiento y a la miseria, a lo intolerable, por una reconstrucción de los lazos internos del grupo, lo que abre al uso revolucionario de la ley y de su estructura profunda. Contrariamente a la imaginería de grandes incendios revolucionarios, la violencia no es favorable a este trabajo interior de una sociedad sobre sí misma, ya que instaura la desconfianza entre sus miembros y aplaza la innovación. Bajo la égida de la violencia, el mensaje parece ser: “guarden toda su energía revolucionaria para el gran incendio final”. Por el contrario, la no-violencia activa es el medio más favorable a la maduración del devenir revolucionario mientras la irrupción de la violencia dobla su ocaso y, si creemos a Hannah Arendt, la política misma. Al respecto, coincido con Ivan Illich en que el exceso de energía mecánica en una sociedad es una violencia que paraliza su imaginación, y con este amigo chileno que declaraba que “la revolución llegará en bicicleta”. 3.- Ciertos autores piensan que la ley puede ser revolucionaria. Argumentan en términos semejantes a los que Noam Chomsky introdujo en la lingüística al establecer una distinción entre las leyes gramaticales existentes en determinados tiempos y lugares y la gramática generativa mediante la cual un pueblo crea y recrea continuamente su lengua. El primer nivel consiste en reglas que parecen fijas: es la estructura superficial de la lengua. La gramática generativa es en cambio su matriz, su estructura profunda. Stanley Cohen. "The deeper structure of the law or beware the rulers bearing justice: a review essay”, Contemporary Crises, (8), Elsevier's Science Publishers. Amsterdam, 1984. pp.83-93, aplica la distinción de Chomsky al estudio de la ley: la estructura profunda de la ley (su ”gramática generativa”) es un proceso continuo de generación de jurisprudencia y su estructura superficial es el conjunto de las leyes existentes en determinado momento. Ver también Boaventura de Sousa Santos, Law against Law: Legal Reasoning in Pasargada Law, New Haven, Yale 1973, reproducido en CIDOC, Cuaderno #87, 1973.

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También doy razón a Spinoza para quién toda mujer, todo hombre, dispone de un fondo de potencia que le es propio y que puede siempre poner en juego con los otros. Esta potencia es radicalmente inalienable. A la raíz de las pesadillas de los dos últimos siglos, siempre hay una voluntad de alienación de esta potencia, es decir, su transformación en un poder en beneficio de un tirano. La fecundidad del devenir revolucionario no se mide sólo por el afán de sus actores en situación, sino también por la escala justa de la acción y, sobre todo, por la inalienabilidad de este afán, anhelo o conatus, de esta potencia. Una tarea inmediata para la teoría me parece ser proponer el esbozo de una forma de relaciones de subsistencia, de “economía” no capitalista. Esbozo los rasgos principales de la “economía no capitalista” según Teodor Shanin: Relaciones orientadas hacia el sustento directo, no hacia la maximización de la ganancia. Con redes de crédito fundadas en la buena fe, lo más frecuentemente, con base en acuerdos orales. Que construyan un modo de vida más que sólo una economía. Que estas relaciones sean personales, no anónimas. Que exista una gran flexibilidad, una fluidez en la transición de una tarea a la otra. Esta “otra” economía pudiera realizar el ideal del “hombre poli-técnico” de Marx. Su eslogan sería “combination is beautiful”. *Segundo pie: Me queda hablar del segundo pie, del lenguaje y de la forma en que las grandes lenguas occidentales se están transformando en subsistemas del sistema capitalista. Esta es una dimensión de la crisis a la cual Wallerstein parece poco sensible. ¿En qué medida el lenguaje que creemos hablar nos habla? ¿En qué medida la jerga económicopolítica, tecnocrático-profesional, pedagógico-carcelaria, al excluir todo concepto de gratuidad, no nos hace hablar “capitalismo”, es decir, un lenguaje en el que el capitalismo parece fatal, inevitable?

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Un grupo de jóvenes lectores alemanes de Michel Foucault ha enfrentado estas preguntas y ha publicado un Glosario del presente.4 Lo que propone este pequeño diccionario de las palabras-clave del “sistema-mundo” contemporáneo, no es una visión panorámica de arriba hacia abajo, sino todo lo contrario, un estudio de cómo hechos de lenguaje cotidianos alimentan las racionalidades que permiten pensar la sociedad como un todo o sistema. En otras palabras, estos autores no proponen una visión de arriba hacia abajo del “objeto social”, sino un análisis de las formas de pensar y de los hábitos de , lenguaje que estratifican los discursos de un sistema. Se trata por , ejemplo de entender cómo el rechazo de toda norma se puede volver una norma que refuerza el sistema. O cómo ciertas formas de subversión se pueden transformar en fuerzas productivas. O cómo el devenir revolucionario puede ser aniquilado por las palabras y los conceptos disponibles para describirlo. Partiendo del hecho reconocido por Wallerstein de que toda oposición al sistema puede terminar alimentándolo, se propone un análisis flexible, y desde el abajo de los hábitos lingüísticos de este sistema. Al respecto, los que todavía hablan un idioma no occidental tienen en él un tesoro de recursos antisistémicos que, en estos tiempos de crisis, pueden movilizar políticamente. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas Diciembre 2007.

4.- Ulrich Bröckling, Suasanne Krasmann y Thomas Lemke, comp., Glosar der Gegenwart, Suhrkamp, Frankfurt am Main, 2004. Enre las “palabras de los tiempos presentes“ analizadas se encuentran: empowerment, evaluación, globalización, intervenciones humanitarias, mediación, monitoring, red, normalidad, participación, prevención, riesgo, seguridad, virtualidad, virus.

Ni el Centro ni la Periferia… PARTE VI.- MIRAR EL AZUL. EL CALENDARIO Y LA GEOGRAFÍA DE MEMORIA. “Si para los de arriba, los de abajo somos sólo insectos. ¡Piquémosles!”. Don Durito de La Lacandona

No pocas veces hemos dicho que nuestro alzamiento zapatista es contra el olvido. Permítanme entonces hacer un poco de memoria. Hace unas lunas, de paso por una de las zonas del irregular territorio zapatista, nos reunimos un grupo de oficiales insurgentes y Comandantes y Comandantas para ver algunos problemas. Uno de estos asuntos era que hace muchos años, a petición de uno de los mandos de zona, algunos pueblos habían aportado algo para levantar una cooperativa que, se les dijo, tiempo después les repondría lo que habían dado. Por supuesto, como siempre pasa cuando hay un error, nadie se acordaba quién había hecho la solicitud, cuánto había sido lo aportado, de quien, qué había pasado con la cooperativa, etcétera. A la hora de determinar las responsabilidades llegábamos a un hoyo negro. “La problema”, dijo uno de los oficiales insurgentes, “es que nosotros no muy nos acordamos cómo mero fue. Pero los pueblos sí lo acuerdan todo y están encabronados porque no se les dan cuentas” “Esa es la problema. Los pueblos no olvidan nada”. Lo que iba a decir yo, lo dijo otro oficial: “¿Cómo que eso es la problema? Al revés, eso es nuestra fuerza. Si los pueblos olvidaran, acaso estarían en la lucha.” “Eso”, respondió el primer oficial. Miré a los Comandantes y Comandantas. No fue necesario preguntar nada, ahí mismo me dijeron: “Queremos que la Comandancia General investiga para que se soluciona la problema”. “Ta bueno”, les dije.

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SubComandante Insurgente Marcos

Di las indicaciones para que se buscara a Elías Contreras y se le pasaran todos los datos que había. No pasaron muchos días cuando llegó el informe de Elías. En efecto, en una de esas raras temporadas de baja presión militar, el mando de zona, previendo que eso no duraría mucho, propuso que se hiciera una cooperativa para tener algo cuando volviera a apretar el cerco. El CCRI de esa zona estuvo de acuerdo y se le propuso a algunos pueblos, mismos que aceptaron. Llegó, en efecto, el tiempo de la presión militar y todo lo que había acumulado la cooperativa se envió a los pueblos que estaban recibiendo desplazados. Hasta ahí todo limpio y sin problemas. Pero… Cito parte del informe de Elías Contreras: “La problema Sup es que ni el mando ni los comités les informaron a los pueblos. Entonces ya pasaron ya unos años, no muchos pero no pocos, y los pueblos lo acordaron de eso y están pidiendo que la Comandancia General vea qué pasó para que no pasa como con los priyístas que hacen sus tarugadas y nomás no informan. Aparte te pongo mi pensamiento. Bueno Sup, pues claro te digo que como quien dice que la cagaron, porque puede que en veces no hay buena comida, o no hay ropas, o no hay medicinas, o de plano parece que no pasa el día con todas las problemas que hay, pero nunca falta la memoria.” Se repartieron las sanciones que a cada quien tocaban, se hizo el informe a los pueblos y se dieron indicaciones para que se hiciera un censo de quienes y cuánto habían aportado y se dispuso que, del fondo de guerra, se les reintegrara lo que habían dado. Se fueron las comisiones a los pueblos en cuestión. Al poco regresaron e informaron. Todo quedó cabal, menos en el pueblo de San Tito. Y es que un compañero, que ya es de edad, se negó a recibir la reposición de lo que había aportado. Le explicaron una y otra vez y el compa se trincó en que no recibía y no. Las comisiones pasaron tres días con sus noches y nada que lo convencían. Como ya se tenían que regresar para los otros trabajos, le dejaron al responsable del pueblo lo que le correspondía al compa, con la recomendación de que más luego lo convenciera. Le pregunté al oficial que acompañó a la Comisión lo que había

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pasado. Esto fue lo que me dijo: “Es el Chómpiras. No sé si te acuerdas de él, Sup. Es el que ayudó a sacar a los heridos del mercado de Ocosingo, cuando aquella vez en el 94. Y luego le mataron dos hijos cuando la traición de 95. Es de los primeros que se entró en la lucha de este lado. Lo acuerda mucho al Señor Ik. Acaso dice nada. Siempre está callado. Pero, urrr, Sup, cuando le dijimos, acaso para. Hasta nos regañó. Bien que nos dijo que él tiene la memoria más grande que cualquiera de nosotros. Que pinches chamacos, nos dijo (el oficial tiene casi 30 años). Que si acaso no sabemos que el Señor Ik explicó que la lucha no acaba hasta que se acaba y entonces ya queda todo cabal. Que él no va a recibir nada porque lo dió para la lucha y la lucha no se ha terminado.” “¿Y qué hicieron ustedes?”, le pregunté mientras encendía la pipa. “Nada, qué vamos a hacer. Salimos corriendo porque nos corretió con el machete. Y dijo que nos va a acusar contigo que no tenemos memoria. Así dijo.” En una de las intervenciones en este coloquio, en la de Don Jorge Alonso, se nos dijo que no hay un solo enfoque para analizar la realidad, sino que hay distintas formas de aproximarse a ella. Nosotros queremos aprovechar la doble cercanía de Jean Robert y de John Berger, que algo saben de eso, para tomar esa acertada aseveración y hablar de la mirada. Más bien de dos grandes miradas y de los privilegios de la una sobre la otra. Me refiero a la mirada a los zapatistas y a la mirada de los zapatistas. Se puede achacar a su formación, a su historia, a su lucidez o a esa extraña sensibilidad que luego aparece de tanto en tanto en algunas personas, pero hay una enorme diferencia en la manera en que nos ven a nosotros, a nosotras las zapatistas, aquellas personas que trabajan directamente con comunidades indígenas y aquellas otras que nos ven desde lejos, es decir, desde otra realidad. No me refiero a su forma indulgente o no, cuestionadora o no, definidora o no, de mirarnos. Sino a la parte nuestra que eligen para hacerlo y a la actitud con la que lo hacen.

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SubComandante Insurgente Marcos

Andrés Aubry, cuya historia acá nos convoca, tenía su forma de mirarnos, es decir, elegía una parte de lo que somos para vernos. Las dos últimas veces que lo vi lo describen: En la una, en una reunión privada junto con Jérome Baschet, hablamos de libros y otros absurdos. Aubry estaba desenvuelto, elocuente, como con amigos. En la otra, en aquella mesa redonda donde lanzó una de las críticas más severas y certeras que yo haya escuchado en contra de la academia, André volteaba una y otra vez hacia atrás, hacia sus espaldas, donde varios cientos de compañeras y compañeros, autoridades autónomas, responsables de comisiones y mandos organizativos de los 5 caracoles, escuchaban en silencio. Andrés estaba nervioso, inquieto, como ante severos jueces o sinodales. Desde el otro extremo de la mesa, lo miré y lo entendí. Hay quien se preocupa por la valoración que en la academia se haga de sus planteamientos. A Aubry eso le tenía sin cuidado. Era la valoración de las zapatistas, de los zapatistas, lo que le preocupaba. Era el mismo Andrés Aubry que, en aquella Marcha del Color de la Tierra del calendario de 2001, no miraba hacia los templetes que se fueron sucediendo en la geografía que recorrimos. Tampoco a las multitudes que acudían a los actos. Miraba, en cambio, a los pequeños grupos que, dispersos a lo largo de caminos y carreteras, se asomaban nomás a vernos pasar o a mandar un saludo. Todavía cuando se estaba en el estira y afloja de concederle o no la palabra en el Congreso de la Unión a una mujer indígena sin rostro, Aubry dio con la clave de un calendario posterior cuando dijo, palabras más, palabras menos, “la marcha, no esto, la marcha allá, en las serranías, en los pequeños poblados, en quienes no hablan, van a pasar cosas”. Andrés Aubry no nos miraba como sí lo hacen otras personas que trabajan en comunidades o con indígenas, es decir, como los perpetuos evangelizados, los eternos niños y niñas sin importar los calendarios que pasen, las hijas e hijos que avergüenzan o enorgullecen a los padres, o los espejos que de una misma, uno mismo, se cuelgan para tapar la vida propia de los otros, las otras, con

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quienes nos contactamos, espejos que se muestran o no dependiendo del auditorio o la coyuntura, con una especie de oportunismo de nuevo tipo. Aquellos, aquellas que escuchan alguna intervención certera o un análisis lúcido de una compañera y compañero, y, con codazos cómplices al vecino o abiertamente, dicen: “A ésa, a ése, lo formamos nosotros (así, en masculino), no los zapatistas”. No, Aubry nos miraba como si los pueblos indios fueran un severo maestro o tutor. Como si fuera consciente de que la historia pudiera voltearse de cabeza en cualquier momento, o como si en las comunidades zapatistas ya hubiera ocurrido esto, y fueran los indígenas los evangelizadores, los maestros, y frente a ellos no valieran los doctorados en el extranjero, el alto de la pila de libros escritos, el aire descuidadamente europeo o propositivamente misionero de la vestimenta y la actitud. Ayer aquí se dijo algo que debe haber provocado que Andrés Aubry se revolviera en la tierra que lo alberga. Se dijo que nuestros pueblos son ignorantes. No sé cómo quedamos quienes nos reconocemos como alumnos de estos pueblos “ignorantes”. Ya volveré después sobre esto. Creo, cuando lo vea se lo preguntaré, que Andrés Aubry veía la parte de los pueblos zapatistas que está vuelta hacia adentro. Como si este pueblo hubiera decidido no sólo voltear el mundo sino también su percepción, y hubiera hecho que su esencia, lo que lo define, mirara hacia dentro, no hacia afuera. Como si el pasamontañas fuera una armadura de múltiple uso: fortaleza, trinchera, espejo externo y, al mismo tiempo, cubierta de algo en gestación. En otros, otras, he reconocido esta forma de mirarnos: Ronco, Don Pablo, Jorge, Estela, Felipe, Raymundo, Carlos, Eduardo, otro, otra, nadie, por mencionar sólo a algunos. Discúlpenme si sólo aparece un nombre femenino, pero parece que en este tipo de mirada no hay cuota de género. No todas las miradas que nos miran son tan de reconocer y agradecer como la de Aubry. También están las miradas para las que somos, ¡quién lo dijera en pleno neoliberalismo!, una posibilidad de ganancia a corto, mediado o largo plazo. Las miradas del usurero político, ideológico, científico, moral, periodístico. De ellas ya hablaré después.

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Todos estos tipos de mirada, tan distintas unas de otras, tan diferentes a la hora de elegir la parte nuestra que miran, tienen, sin embargo, algo en común: son miradas desde fuera. Además, hay que decirlo, tienen el privilegio de ser las miradas que se difunden y se conocen en otras geografías y calendarios. Nuestra mirada, nuestro mirarlos y mirarlas, tienen en cambio el inconveniente (y al mismo tiempo la ventaja, pero de eso hablaré después) de sólo ser conocida por lo otro de afuera si ustedes lo deciden o permiten. Si nuestra mirada es de agradecimiento, de reconocimiento, de admiración, de respeto, o coincide con lo que miran, entonces sí, que se difunda, se conozca, se remarquen la sabiduría, lucidez, pertinencia. Si en cambio es de crítica y cuestionamiento, no importan las argumentaciones y razones que se den, hay que callar esa mirada, taparla, ocultarla. Entonces se señala nuestra desubicación, nuestra intolerancia, nuestro radicalismo, nuestros errores. Bueno, no “nuestros”, sino “los errores de Marcos”, “el mal de montaña de Marcos”, “la intolerancia de Marcos”, “el radicalismo de Marcos”. En una de las presentaciones del libro “Noches de Fuego y Desvelo” una periodista me explicaba la feroz cerrazón y la reiterada calumnia contra nuestra palabra en lugares antes abiertos y tolerantes, diciendo “es que no entienden eso de ser consecuentes”. En fin, lo que quiero señalar es que en los últimos 3 años, es la mirada de ustedes hacia nosotros la que más se ha conocido. Se han hecho fotos, películas, grabaciones, reportajes, entrevistas, crónicas, artículos, ensayos, tesis, libros, conferencias, mesas redondas con su mirada mirándonos. No me voy a detener en señalar detalles como que algunas personas han escrito libros enteros sobre el zapatismo sin haber ido más allá de San Cristóbal de Las Casas, que algunas se presentan como que estuvieron viviendo en comunidades cuando en realidad vivían en esta fría y soberbia Jovel, o el caso extremo de Carlos Tello

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Díaz, que escribió una supuesta historia del EZLN con material proporcionado por los servicios de inteligencia del gobierno que, permítanme decirlo, no son nada inteligentes. Quiero, en cambio, señalar que su mirada no sólo es desde afuera, y no sólo elige una forma de mirarnos (un enfoque, dijo Don Jorge), también elige mirar sólo una parte de lo que somos. Ayer señalé que nosotros reconocemos que no somos capaces (ni lo queremos) de abarcar todo el espectro del movimiento antisistémico en México. Me parece que su mirada mirándonos debiera reconocer que no es capaz de abarcar todo lo que fue, es, significa y representa nuestro movimiento. No les pedimos humildad (aunque creo que a más de uno no le vendría mal recibir un taller sobre el tema), sino honestidad. La mirada de ustedes, científicos sociales, intelectuales, teóricos, analistas, artistas, es una ventana para que otras, otros, nos miren. Por lo regular no se es consciente de que esa ventana está mostrando sólo una pequeña parte de la gran casa del zapatismo, así que no vendría mal advertírselo a quienes nos miran a través suyo. Hace unos años, una compañera ciudadana se hacía su propio recuento de la historia del zapatismo desde el 1 de enero de 1994 y decía “¡He estado en todo!”. No era cierto. En su cuenta olvidó precisar que sólo aparecían los hechos y actividades externas públicas del zapatismo. No estaban cosas y hechos que no tienen palabras para ser descritos: la resistencia cotidiana y heroica en las comunidades, la terca paciencia de las tropas insurgentes, el callado ir y venir por nuestros territorios de los mandos organizativos. El zapatismo pues, el que sostiene y da sentido a lo que se mira, escucha, toca, gusta, habla, piensa y siente. Sé que mi posición como Sup me da un sitio privilegiado para mirar mirándonos. Pero les soy sincero: no alcanzo a abarcar todos los detalles y, como nos confiesa el Ronco esta mañana, no dejo de asombrarme y maravillarme una y otra vez con lo poco que alcanza

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abarcar un corazón maltrecho, lleno de remiendos y de cicatrices que, afortunadamente, no cierran. Se los digo con ese corazón en la mano: en el zapatismo, el de la mirada no es un privilegio individual sino colectivo. Y les agrego que en nuestra mirada mirándolos a ustedes, ha habido siempre el esfuerzo por tratar de entenderlos, no de juzgarlos. “¿Por qué?” es la pregunta que anda en nuestra mirada cuando a ustedes mira. “¿Por qué dicen eso, por qué piensan así, por qué hacen así?” La verdad es que casi siempre nuestras preguntas quedan sin respuesta, pero vaya y pase, una de cal por las que van de arena. Después de todo hay la seguridad de que con nosotras, con nosotros, siempre quedan más preguntas y dudas que certezas y respuestas. Se los digo, pero no para pedir reciprocidad. Créanme que, en la mayoría, de sus casos, además de respeto, les guardamos gratitud. Es sólo para que miren todo lo que luego incluye, y excluye, una mirada. Si estoy en un error ahí lo corrigen, pero creo que fue Paul Eluard quien dijo que “Le monde est bleu commme une orange”, que mi francés de “sans papier” traduce como “el mundo es azul como una naranja”. He visto también algunas de esas fotos que del mundo se toman desde el espacio. La tierra se mira, en efecto, azul y sí, bien podría ser una naranja. A veces, en las madrugadas que me encuentran deambulando sin reposo posible, alcanzo a treparme en una voluta de humo y, desde muy arriba, nos miro. Créanme que lo que se alcanza ver es tan hermoso, que duele mirarlo. No digo que sea perfecto, ni acabado, ni que carezca de huecos, irregularidades, heridas por cerrar, injusticias por remediar, espacios por liberar. Pero sin embargo se mueve. Como si todo lo malo que somos y cargamos, se mezclara con

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lo bueno que podemos ser y el mundo entero redibujara su geografía y su tiempo se rehiciera con otro calendario. Vaya, como si otro mundo fuera posible. Vengo después acá y escucho entonces que alguien dice que nuestros pueblos son ignorantes. Yo relleno de tabaco la pipa, la enciendo y entonces digo: ¡Carajo! ¡Qué honor el poder ser alumno de tanta y tan rica ignorancia! Gracias de nuez. Subcomandante Insurgente Marcos. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México. Diciembre del 2007.

FOTOGRAFÍA

Movimientos antisistémicos y Capitalismo del Desastre*

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Hace algunas horas, John Berger se disculpó ante ustedes por lo que él llamó su “estúpida ignorancia del idioma español”. No queda más que disculparme ante ustedes por no ser John Berger. Supongo que, frente a ello, podría argumentar que es porque soy mujer. Pero, bueno, ¿quién se fija en eso? Haciendo a un lado las bromas, quiero decir que es uno de los más grandes honores de mi vida participar en este tan especial intercambio de ideas; compartir una mesa con el Sub; contar con la grata compañía de ustedes. Agradezco la hospitalidad de mis anfitriones: CIDECI y la Comisión Sexta del EZLN. Asimismo, les pido que compartan mi aprecio y gratitud hacia el equipo de traducción que, con gran elocuencia y a lo largo de los últimos días, se ha esforzado por susurrar a nuestros torpes oídos de angloparlantes. Especialmente a mi compañero Peter Rosset, quien realizó un hermoso trabajo al entregarnos las palabras de John Berger esta mañana, y se hizo cargo de la traducción simultánea. Gracias Peter. Hubo un tiempo en el que los intelectuales creyeron que eran ellos la vanguardia de los procesos de transformación social; pensaban que, pensándolos, invocaban la creación de nuevos movimientos.

* Traducción: Ana Gabriela Blanco, Cideci Unitierra Ediciones.

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No es así hoy. Hoy son los movimientos sociales los que dotan de existencia a nuevos intelectuales. Es ésta la premisa desde la cual intento escribir y hablar. También debo decir que yo no me considero 1 una intelectual, sino una periodista. Una periodista incrustada. Incrustada, alojada en -y por- los movimientos contra la dominación corporativa. Movimientos a los cuales he entregado mi vida; los mismos que han hecho posible la clase de vida que elegí vivir. Lo anterior significa que cada vez que selecciono nuevas líneas de investigación y análisis, me hago la siguiente pregunta: ¿qué podría permitirnos avanzar, ayudarnos a superar un obstáculo, fortalecernos? A menudo, aquéllo, sencillamente, significa identificar la existencia concreta de ciertos hechos, y establecer nuevas conexiones. Son hechos que prueban que nuestra intuición no se equivoca. La prueba no tiene otro valor que el de infundir un poco más de confianza a nuestros pasos mientras nos dirigimos hacia donde, de por sí, vamos andando. Este sentido de lo explicable, es decir, el permanente esfuerzo de configurar respuestas posibles, es importante para mí porque creo que todo aquél que es parte de un movimiento de transformación social tiene la constante responsabilidad de hacer todo lo que esté a su alcance para hacer avanzar al movimiento. La autocrítica es crucial, sin embargo no se permiten simples espectadores. Este era el espíritu que animó el arranque de mi investigación sobre el auge de lo que llamo el Capitalismo del Desastre. Me parecía que el movimiento del que yo formaba parte en Norteamérica estaba en crisis, y pensé que esta línea de investigación podría ser útil. Me refiero, como ustedes saben, al movimiento de movimientos que algunos llamaron “anti-globalización”, y que todos sabíamos que era anti-capitalista. La prensa dijo que inició en Seattle. Nosotros sabemos que vió la luz aquí, en Chiapas, con las palabras premonitorias, proféticas: “Ya Basta”. 1.- Es éste un término que ingresó al lenguaje común durante la invasión a Irak. El “periodista incrustado” escribe y reporta desde la improbable “seguridad” de una unidad militar. Se ha discutido abundantemente sobre si representa una visión periodística creada a modo de servir y proteger los intereses detrás de la invasión. (T)

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Hacia el final del milenio, el capitalismo salvaje global - ese fenómeno que solía andar por ahí bajo el inocuo pseudónimo de “globalización” - fue sujeto a juicio popular en las calles del mundo. En su momento cúspide, nuestro movimiento se sintió como el inicio de un levantamiento global contra el nuevo rostro del capitalismo: el neoliberalismo. En América Latina, la resistencia que comenzó su nueva fase aquí no ha terminado. Únicamente se ha diseminado y fortalecido, creando nuevos retos y debates acerca de cómo asumirse frente al poder del Estado. Estos son los debates que hemos estado discutiendo en este espacio a lo largo de los últimos días. Y permítaseme decir, también, que sé que los Norteamericanos tienen la terrible tendencia de interpretar en términos simplistas la resistencia en Latinoamérica, agrupando muy complejos, distintos y distantes fenómenos en una sola masa, acuñando, torpemente, un nuevo término: “the pink tide”, o marea rosa 2. Admito que yo misma he llegado a ser culpable de esta burda simplificación; una que no sólo pretende ver confluir estrategias diferentes, sino que desdibuja las fronteras existentes entre opresores y oprimidos. El Subcomandante Marcos hablaba hoy acerca de la mirada romántica del extranjero, esa que quiere ver sólo aquello que es conveniente o inspirador. Nosotros, los de afuera, a menudo creemos que, dado que nos guía la admiración, nuestros pequeños engaños resultan inofensivos. No es así. En cambio, enfrentamos un fenómeno que nos describe como mineros new age. El minero de viejo cuño que, por cierto, sigue aquí, vino a drenar las venas de América Latina, extrayendo oro, plata, cobre, petróleo ¿Nosotros qué buscamos? ¿qué pretendemos extraer? Esperanza. Inspiración. A nuestro pesar, somos mineros de inspiración. Sin embargo, la esperanza no es un producto de exportación. Claro que puede fluir, flotar cruzando fronteras, polinizando. Y es bueno que lo haga; debe hacerlo. Pero la esperanza exportada no es

2.- La “marea rosa” pretende describir el avance y posicionamiento de gobiernos de izquierda o de centro-izquierda en América Latina. (T)

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duradera. Se echa a perder. Estamos de acuerdo con eso de “globalizar la resistencia”, pero si nosotros, los norteamericanos, deseamos esperanza que sea más que efímera, me parece que tendremos que cultivarla localmente. Ustedes habrán notado, en años recientes, que el fenómeno de la minería inspiracional en Latinoamérica ha cobrado auge, tornándose en una búsqueda, incluso, frenética. Esto ocurre cuando toda explotación de un recurso alcanza su límite crítico: la escasez dispara los precios. 3

¿Han oído hablar del Peak Oil , o “techo petrolero”? Quizás los norteños hemos estado enfrentado una crisis por el “techo de la esperanza”. Peak Hope. Pero, ¿por qué la escasez mundial del suministro? Simple. Porque mientras la resistencia anticapitalista no claudica en América Latina, en América del Norte y en gran parte de Europa “hemos soltado la toalla”. Esa es, en cierta forma, la razón por la cual estamos aquí presentes con nuestra ávida mirada. Esta es la crisis del movimiento a la cual me refería más arriba. Su origen, creo que lo saben (y están hartos de escucharlo), fue una fecha: 11 de Septiembre del año 2001. Durante los meses previos al ataque a las torres gemelas estábamos en las calles, protestando contra el ALCA: en abril, Quebec; en julio, Génova… Sin embargo, después del 11 de Septiembre perdimos el rumbo. Peor aún: perdimos el temple. Los que detentan el poder nos llamaron terroristas y simpatizantes de terroristas. Nos anunciaron que el juego había terminado, nos mostraron Guantánamo: “observen, esto es lo que hacemos con nuestros enemigos”. En síntesis: experimentamos apenas una pequeña muestra de la violencia que los movimientos sociales en América Latina conocen ya de tiempo atrás. Y nos rendimos al miedo. Esta es la cruda verdad, o parte de ella. El resultado es que nos enfrentamos a una especie de shock. El shock es la ruptura violenta entre determinados eventos y nuestra capacidad para explicarlosnuestra habilidad para narrar la historia que permita superar dicha 3.- Conocido también como “pico de Hubbert”, describe el momento en que la producción petrolera alcanza su techo y comienza a declinar. (T)

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ruptura-. Muchos de nosotros en América del Norte perdimos la confianza en nuestra capacidad para explicarnos el mundo alrededor. Los gobiernos anunciaron que la Historia había renacido; que nuestras certidumbres anteriores dejaban de existir, al igual que los viejos relatos, que dejaban paso a otros, nuevos: Guerra contra el Terror, Choque de Civilizaciones, Guerra contra el Fascismo Islámico. Habíamos perdido la fe en las narrativas de nuestro movimiento, y estas mentiras, estas falsas historias se diseminaron como virus. Quizás ustedes no notaron que en Norteamérica y en Europa nuestras coaliciones -entre sindicalistas y ambientalistas, entre socialistas y anarquistas- se debilitaron gradualmente hasta romperse. Tal vez no percibieron que nuestra valentía se desangró, y, guardando toda compostura, sustituimos la acción directa por marchas ordenadas y asépticas. Probablemente nada de eso realmente importaba. Pero, estando aquí, con ustedes que nunca han dejado de resistir, no puedo sino sentir que les debemos una disculpa o, por lo menos, una explicación. Aún cuando ésta sea difícil de formular. Es curioso lo que ocurre cuando un movimiento se debilita. La gente situada en el centro es la última en enterarse. Como un secreto a voces, en el que todos participan, excepto nosotros. Insistimos en hacer lo de siempre: asistir a reuniones, discutir entre el mismo grupo de 4 compañeros , escribir artículos, debatir teoría y tácticas. Pero, eventualmente, se percibe la ausencia de “algo”… falta el movimiento… falta la gente… nos quedamos solos. En retrospectiva, pienso que podemos distinguir tres elementos que han contribuido a la crisis que enfrenta la resistencia contra el neoliberalismo en el llamado Norte. 1)

El miedo, como ya mencionamos.

2) Una omisión a priori, al no asumir plenamente la realidad de la violencia intrínseca del proyecto neoliberal. Este no ha sido un problema en Latinoamérica, donde el neoliberalismo se ha posicionado “a sangre y fuego”, y toda persona políticamente 4.-En Español en el original (T).

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consciente está al tanto de ello. Para nosotros, la violencia desatada en Irak y Afganistán parecía nueva. Brutal en extremo; demasiado como para tener cabida en el análisis dominante de nuestro movimiento. Así, éste sufrió una profunda división: por un lado, la gente que se oponía a las políticas económicas y, por el otro, aquéllos que se oponían a la violencia: guerras, tortura… Estas dos posiciones no alcanzaron a encontrar puntos de confluencia. Aquél fue nuestro grave error; su consecuencia el debilitamiento de nuestras organizaciones. 3) Actualmente se nos muestra un tercer fenómeno, una nueva teoría que mira hacia el desastre en Irak, en Afganistán, hacia lo que se percibe como una crisis global de confianza en el neoliberalismo, hacia la vulnerabilidad de la economía estadounidense, a los altos precios del petróleo… y concluye que el sistema capitalista está a punto de colapsar. No hace falta la presencia de los movimientos, ni su articulación: “laissez faire”. Sobre esto quiero abundar. El shock del 11 de Septiembre lanzó una nueva vertiente económica llamada “guerra contra el terror”. Un modelo de Estado dentro del Estado, dentro del cual campean términos económicos como privatización y externalidad. Esto significa que, a mayores crisis, mayores ganancias. Los poderosos han dejado de abundar en sus discursos sobre comercio y economía; ahora enfatizan los términos de seguridad y desastres. El asunto aquí es que “seguridad” y “desastres” son los nuevos mercados emergentes. Las tácticas de shock y el capitalismo del desastre suelen fallar. ¿Por qué? Distingo dos particularidades, rasgos comunes de los pueblos a prueba de shock. El primero de estos rasgos es una profunda memoria histórica. El shock requiere del elemento sorpresa frente a ciertos eventos y de la ausencia de una narrativa para explicarlos. Esto significa que quienes tienen consciencia de la historia son capaces de identificar patrones, pautas y, por lo tanto, no muestran sorpresa o shock, frente a la recurrencia de tales eventos. El segundo rasgo es una profunda desconfianza frente al Estado y sus instituciones. El shock induce “regresiones infantiles”; nos provoca la necesidad de buscar líderes. Aquéllos con una

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arraigada desconfianza en el Estado se verán menos inclinados a depositar esperanzas en promisorios salvadores y patriarcas. Con muy poca frecuencia aparece una tercera fuerza en juego. Los pueblos muestran una clara capacidad para resistir al shock cuando poseen una narrativa alternativa acerca de cómo funciona el mundo, o acerca de cómo sería deseable que funcionara. Después del 11 de Septiembre, con toda certeza afirmo que nosotros carecíamos de tal narrativa. Aquí, algunos ejemplos de esta clase de resistencia al shock. En Argentina, durante el año 2001, cuando el entonces presidente Fernando de la Rúa declaró un estado de sitio durante la etapa más ardua de la crisis económica, los argentinos supieron identificar un patrón. La gente recordó el año de 1976, y se rebeló colectivamente. Tampoco confiaban en las instituciones del Estado, y su grito: “Que se vayan todos,” se escuchó con fuerza. En el año 2003 los iraquíes no mostraban los efectos que la terapia de shock y conmoción preveía frente a las bombas enviadas y lanzadas por el gobierno de los Estados Unidos. Los iraquíes no esperaban menos de los norteamericanos. Se rebelaron contra la terapia de shock. En el 2004, cuando Madrid enfrentó la realidad devastadora de los ataques terroristas, el oportunismo instantáneo de José María Aznar trajo a la memoria de muchos españoles la imagen de Franco. Aznar disparó la memoria colectiva del fascismo. Ellos también se rebelaron. Tiempo atrás, en la Ciudad de México, tras el terremoto de 1985, el Estado no fue identificado como el patriarca salvador, sino como el criminal que había vulnerado la seguridad del pueblo. Y ahora mismo, en Tabasco, casi nadie visualiza un Estado benevolente que brindará alivio a la gente en medio del desastre, menos aún tratándose del Estado que propició el desastre en primer término. La resistencia no esperará un año o dos para surgir. Está gestándose en este mismo momento, mientras hablamos. Esto fue igualmente cierto en Tailandia después del tsunami. Miles de desplazados esperaron en campamentos. Las organizaciones gubernamentales los mantuvieron allí en una estrategia de

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contención, a la espera de la siguiente remesa de limosnas, mientras sus tierras y medios de sustento eran robados, entregados a los complejos turísticos. Pero la gente se opuso a ser contenida, a esperar; muchos escaparon de los campamentos que supuestamente eran su apoyo y ayuda, retornaron a sus tierras, enfrentándose y expulsando de ellas a guardias privados de seguridad, y comenzaron la reconstrucción. El estado afirmó que aquello no estaba permitido, pero la gente continuó con su propio proceso de reconstrucción. Era mejor negociar dentro de una casa a medio reconstruir, que dentro de una tienda de campaña en un campamento para desplazados internos. En Tailandia llamaron a esto -y me parece una idea muy zapatista“negociar con las propias manos”, “negociar haciendo”. Los símbolos de este proceso de reconstrucción popular fueron pueblos indígenas: los Moken, también conocidos como “gitanos del mar”. El modelo de reconstrucción de los Moken, más humano, y efectivo también, fue emulado por damnificados no indígenas, que descartaron los de los expertos extranjeros. Señalo esto, precisamente porque no es una coincidencia que sean los pueblos indígenas quienes guíen este proceso. Si la memoria nos salva del shock, entonces, una memoria persistente por cientos de años de capitalismo del desastre, es la mejor resistencia al shock. Si el error más común en medio de una crisis es confiar en las instituciones del Estado, no resulta sorprendente que los pueblos indígenas del mundo sean los últimos en depositar su confianza en los gobiernos durante tiempos de crisis. La resistencia al shock es sólo una victoria temporal. Retrasa las pretensiones del capitalismo del desastre; las contiene, sin embargo no nos libra de su curso desastroso. Las victorias profundas han de venir de la confianza en hacer valer otra visión, justo en medio de la crisis: la visión de una mejor forma de vivir. Conseguir esto requiere más que la mera identificación de los patrones de explotación y oportunismo, y más que cautela frente a las promesas de ayuda. Requiere una nueva narrativa. La intensidad y la frecuencia inusitadas de los desastres que enfrentamos ahora -las guerras, los efectos reactivos que los

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gobiernos han dado en llamar “terrorismo”, el cambio climático- se derivan del hecho de que la humanidad está atrapada en una peligrosa historia. Es ésa que nos cuenta que podemos “armar” un terrible desorden y que, cuando la visión de éste sea insoportable, cuando no podamos resistir más la idea de vivir en él, es posible escapar ocupando la tierra de alguien más. O al Cielo, directo a un coto, a urbanización privada destinada, en exclusiva, a los elegidos. Esta historia ha sido contada y repetida durante miles de años. Explica por qué el imperialismo, el capitalismo, ha establecido tan fructíferas asociaciones con las principales religiones del mundo. Algunos escogen combatir esta narrativa con historias que, en esencia, son lo mismo: promesas de salvación y utopía, que conllevan, igualmente, la destrucción y la muerte. En las comunidades indígenas hallamos que las palabras emanan de un núcleo radicalmente distinto. La tierra es finita, la vida es un ciclo. No hay una escotilla de escape; ningún barco que llegue por nosotros, no hay abducción posible. La urgencia nunca ha sido mayor; hemos de transformar nuestra historia colectiva. Nos hallamos en el tramo final de la ruta hacia el suicido, y lo sabemos. Vivimos una economía global cuyo combustible es el miedo galopante, descarriado, que se alimenta de desastres en serie. Es este un atisbo al futuro: un apartheid frente a cada crisis, vigilancia y control privatizados, contención masiva del excedente poblacional, y rescate de lujo para los privilegiados. No confundir ésta con una crisis del capitalismo que conducirá al colapso del imperio. Es esta una crisis del capitalismo que nos está llevando al colapso de la vida. Mientras tanto, cada conflicto, cada nuevo desastre, no serán sino oportunidades para posicionar una atractiva mercancía, lo último en concepto de lujo: la sobrevivencia. ¿Cómo cambiamos la historia? Oponiendo una nueva. Una que, continuamente, nos recuerda que los recursos de la Tierra no son infinitos; ésa que nos dice que la vida es un ciclo, que no podemos escapar a las consecuencias de nuestros propios actos y creaciones. Nuestra historia, nuestra narrativa, nos dirá que es posible levantar Otro Mundo, con menos desastres, mucho menos miedo.

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Nuestra nueva historia trae el beneficio agregado de que cortará de raíz la economía del capitalismo del desastre, pues considerando que éste se alimenta de crisis, la ausencia de crisis será la única forma de desencadenar la verdadera crisis del capitalismo. Es tiempo de combatir historia contra historia. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas Diciembre 2007.

El saber y el conocer de los pueblos Pablo González Casanova Primero quiero agradecer a la Comisión Sexta del EZLN, a la Revista Contrahistorias, y a la Universidad de la Tierra, Chiapas, su invitación a participar en el homenaje a Andrés Aubry. Poco antes de que falleciera conversé con él. Mientras tomábamos un café me contaba de un trabajo que realizaba con una veintena de científicos sociales, y de cómo había tenido experiencias epistemológicas impresionantes desde los inicios de la investigación. Al llegar a un Caracol donde le habían dado hospitalidad para trabajar, y al presentar su investigación explicando qué problemas quería investigar, los interlocutores locales le habían contestado “No, no, perdón…, pero los problemas los ponemos nosotros”. Semejante respuesta era todo lo contrario de aquello que pedía Durkheim cuando postulaba que era necesario estudiar los problemas humanos como “cosas”. “Los problemas los ponemos nosotros” contestan aquéllos que son sujetos que piensan, que quieren y que están cambiando el mundo. Aubry se emocionó con una nueva antropología en que el investigado es el investigador y el actor, el hacedor… que piensa. Estoy seguro que en el recuerdo de los pueblos indios y de los científicos sociales comprometidos, está y estará viva la memoria de Andrés Aubry. Por mi parte confieso que siempre me da un poco de miedo hablar aquí…con los compañeros zapatistas… En general, cuando voy a una universidad, incluso a esas que son muy famosas, me siento bastante seguro. Pero con ellos, los zapatistas, me entra una cierta preocupación de si voy a pasar o no el examen. Y esa preocupación me hizo escribir sobre tres temas y, sobre cada uno, tres veces. La primera de las ponencias que escribí se titula: “Lo imposible en el capitalismo y lo necesario en la alternativa”. La segunda, corresponde a dos preguntas que me habían hecho los de la APPO a través de uno de sus más distinguidos estudiosos, también comprometido, y que está aquí con nosotros. Esas dos preguntas son: ¿Cuál es el carácter del Estado? y ¿Cuál es el carácter de la lucha? También rehice varias veces un esbozo de repuestas que por allí tengo en borrador… En cuanto al tercer intento, nada más alcancé a borronear una hoja, y al fin opté por

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traerles mi palabra, sin papeles, con el deseo de dialogar un poco con ustedes y con quienes me han precedido. Diciembre 2007 (Esta que estás leyendo ahora corresponde a la tercera versión de lo que, desordenadamente, dije o intenté decir en el coloquio.)

La interacción entre conocimiento y acción ha de ser considerada en el estudio de las luchas que libran las fuerzas opresoras y las emancipadoras. El conocimiento influye en las luchas, y las luchas influyen en el conocimiento. Si la ciencia social crítica, como dijo el clásico, es ciencia de las luchas, los conocimientos que alcanzan y el saber que adquieren las fuerzas emancipadoras y opresoras, en el curso de las luchas, exigen una atención creciente. La mirada debe ir a los conocimientos para la emancipación y a los conocimientos para la opresión, y no fijarse sólo en aquéllos sino también en éstos con el fin de mejor luchar. Si la presa estudia al cazador lo puede hasta venadear y, desde luego, puede escapar mejor a sus intentos de venadearla. Encarcelarnos en nuestra subcultura de la emancipación hace imposible la emancipación; constituye un serio obstáculo para el avance. Dominar la cultura dominante es acto de rebelión, tan necesario, como compenetrarse del saber rebelde y del conocimiento crítico o radical. Si quienes critican y se rebelan van a las raíces del sistema dominante y, además, construyen saberes, conocimientos y medios para el triunfo de los movimientos en que participan, o con los que se sienten comprometidos, pueden mirar mejor el tablero y hasta prever las movidas de los principales luchadores. Pronto reconocerán que no sólo ellos han aprendido sino también sus enemigos. El problema de la mirada es abarcar el campo de batalla y dentro de él a las fuerzas en pugna, muchas de ellas integradas por los “hermanos enemigos” y por los enemigos con antifaces fraternos que a ellos mismos les ocultan lo que en realidad son, hasta que llega la hora de la verdad, cuando se quiebran las mediaciones dominantes y

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uno tiene que saber con quién está. Se trata de un problema de tal magnitud que, aquí, apenas me asomaré a rasgos que ameritan gran atención y tiempo, y la firme volutad de no engañarse con verdades a medias a lo largo de la vida… Hablo a partir de otras vidas, de sus saberes y conocimientos, y de mis propias vivencias, en que he visto a los filósofos que no quieren saber la verdad. Un día un zapatista dijo en pausada conversación o en calmado debate: “Para conocer, lo primero que se necesita es perder el miedo”. Cuando, ya al retirarme por un camino que apenas iluminaba un foco lejano, puse a prueba su afirmación, encontré que, en efecto, el miedo impide ver lo que uno no quiere ver; es base de alusiones y elusiones, de “conjuntos borrosos”, de confusiones, de ambigüedades y falsas empatías, de atractivas metáforas que ocultan hechos y luchas; de identidades serviles en que el negro enajenado se presenta como blanco, y el “experto” se legitima con el uso palaciego de un “lenguaje políticamente correcto”. Un velado miedo a no recibir ascensos ni premios provoca la autocensura de las “palabras prohibidas”. Ni en el discurso ni en la conciencia da peso alguno a categorías como “imperialismo” y “lucha de clases”, que en las ciencias “positivas” son consideradas como ideológicas o anticuadas, y que en las discusiones académicas provocan gestos de discreto menosprecio postmoderno con el que se comunican entre sí, disimulada o abiertamente, “los conocedores”, “los entendidos”, los fingidos “investigadores que están al día en los más recientes avances científicos”, quienes, cuando escuchan esas y otras categorías del pensamiento crítico, como que se exasperan y hasta están “a punto de estallar” y como que se controlan para guardar “la serenidad académica” que los hace aun más respetables, mientras manifiestan su disgustado rechazo a la tontería o tozudez del intruso, y ocultan su firme proyecto de que no vuelva a aparecer en las reuniones. Razonaba el zapatista que perder el miedo permite conocer y ayuda también a luchar para ganar con el menor número de pérdidas posible, y con más probabilidades de triunfo, deteniéndose en lo que “por mientras” se puede ganar, a reserva de hacer lo necesario para que mañana se pueda ganar más. Claro, añadía, “perder el miedo no es todo , pero es el punto de partida para adquirir los conocimientos necesarios y enfrentar los retos de la lucha con un mayor saber y entender”. Así dijo -o quiero recordar- aquel zapatista cultivado como

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muchos, en palabras y argumentaciones sorprendentes que sólo parcialmente me vienen a la memoria, pero que sirvieron para aclararme la importancia selectiva y ejecutiva del saber, y cómo el saber crea y organiza los conocimientos necesarios para la comprensión y la acción. Así “perder el miedo” es un saber indispensable para conocer, comprender, actuar y crear lo que todavía no existe, y que más que nuevo es algo parecido a lo vivido y creado, pero es otro. Respetar la dignidad de uno mismo y de los demás constituye también otra aportación zapatista al saber-hacer y al conocimiento rebelde, al saber defenderse de las viejas y nuevas formas de dominación, de asimilación, de cooptación; del señuelo para la claudicación del rebelde miedoso o indigno. Cuando se pierde el miedo y se respeta la propia dignidad, el enemigo sufre una gran derrota. Quienes pierden el miedo y conservan su propia dignidad enseñan a los demás a ganar y a aumentar, entre todos, las posibilidades de ganar. Y esa es como una ley del saber insumiso y el conocer crítico y científico de los insumisos. El respeto a la autonomía personal y de las comunidades es el saber que proviene de la rebeldía ante la sujeción del esclavo, y ante la servidumbre del pueblo en sus formas antiguas y modernas, abiertas y encubiertas. La lucha por la autonomía de las comunidades, las que vienen de los antiguos pueblos originarios -pueblos discriminados y sometidos en la Colonia y hasta por la que se dice su propia naciónestado- es una fuente de conocimientos y experiencias universales asociados a las invasiones de “los hombres de a caballo”, a las guerras de conquista y colonización, a los despojos de sus tierras, aguas, subsuelos, bosques y territorios, por hacendados, compañías y monopolios y gobiernos nacionales y extranjeros. El terrible fenómeno se ha repetido en formas cíclicas, mutantes y progresivas. Hoy se vive con las invasiones de las trasnacionales y el imperialismo, que con la ayuda de sus allegados y subordinados mestizos, se meten en la agroindustria, en los biocombustibles, en el despojo del agua, de los energéticos y otros recursos naturales, incluidas las bahías y los grandes paisajes marinos y montañosos; así como en las finanzas, la moneda, las políticas tributarias y del gasto público, las comunicaciones, las informaciones, las medicinas caras para ricos, y las falsificadas que llaman placebos para los pobres de

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recursos. Y no conformes con tanta tropelía, e incluso para fortalecerla y fortalecer sus políticas depredadoras, se meten en las pedagogías de la ignorancia y del miedo para “los pobres de entendederas”. Al mismo tiempo siembran en las poblaciones, con las empresas delincuentes y paramilitares, el terror del narcotráfico y de la lucha contra el narcotráfico, acompañados del saqueo -en grande y en chico, que hasta gallinas roban, o ganado mayor y menor, o enceres de cocina y “cositas así”, y cuyos responsables hasta prenden fuego a las casas no sólo con el afán de aterrorizar sino de desterrar a la población, mientras enredan a los despojados con esa doble lucha en que, teniendo por enemigo al paramilitar, o al narcotraficante, tienen que luchar también contra el ejército uniformado y el gobernante fingido. Así, los agentes abiertos y encubiertos, con sus jefes a la cabeza, se sirven del múltiple terror y las desesperadas luchas de los pueblos contra el terror, para deslegitimar cualquier intento de defensa comunitaria, y para despojarlos, desplazarlos, y hacerlos huir a las montañas, a las ciudades o al extranjero en busca de otros infiernos en los que van pasando hambres entre vanos sueños. Y esa es la vida de aquéllos que ya no defienden sus derechos personales y los de sus comunidades y territorios, que pierden su derecho a la vida y a la de sus niños y sus ancianos. Pero cuando se quedan en sus tierras adquieren una cultura de la resistencia que les permite luchar para vivir en condiciones miserables, pero dignas, fuente de saberes y conocimientos, de voluntades y organizaciones comunes que recorren el empinado camino de la emancipación humana. Las “cosas” que se rebelan pasan de ser víctimas a ser rebeldes que luchan, resisten y organizan la vida, la memoria, la imaginación, el coraje y la sana fiesta. Entre las principales víctimas del inmenso aparato de “los ricos y los poderosos”, se encuentran hoy las comunidades de los pueblos o países invadidos, conquistados y ocupados por las megaempresas y por los gobiernos metropolitanos, siempre con la alianza servil de socios y de apoyos locales asimilados y colaboracionistas, herederos de la engreída cultura y la obtusa mentalidad colonialista y diestros en el autoritarismo arbitrario con los débiles y servil con los poderosos. Frente a ellos, las comunidades y pueblos indígenas defienden su identidad, el carácter humano de sus luchas, y no sólo en Chiapas, México, Indoamérica o Latinoamérica, sino en muchas otras regiones de campos y ciudades donde se encuentran los pobres de la tierra, los

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proletarios de hoy, y los trabajadores de clase media, manuales e intelectuales, que han enriquecido su conciencia y su voluntad, su saber y conocimientos, y que habiendo salido de los pueblos regresan a ellos, o que, viniendo de fuera, echan su suerte con ellos para construir entre mestizos e indios, y demás terrestres o “intergalácticos” si acaso llegan a acompañarlos, otro mundo posible y necesario. Los procesos de sometimiento se justifican en el mundo actual con racismos que legitiman crímenes y latrocinios. Los “ricos y poderosos” y “los que tienen voz” usan argumentos y engaños dizque religiosos, filosóficos y científicos, y como beneficiarios declaran que sus víctimas son “seres inferiores”, destinados a perder, porque así lo quiso Dios o “porque esa es la ley de la naturaleza”. Los patrones extranjeros y criollos amestizados deshumanizan a los “hombres--cosas, plantas o animales”. Los discriminan y “la traen con ellos” antes y después de bestializarlos, de drogarlos, enfermarlos, dispersarlos, bombardearlos y, por todos los medios, someterlos o destruirlos. Los verdaderos criminales y terroristas autoendiosados, que hacen de sus víctimas los culpables, se enfrentan hoy a las resistencias y contingentes de éstos que, de tan fuertes, hasta son sabios y serenos, y que hasta hacen fiestas y fraternidades para fortalecerse todavía más y pensar mejor, y actuar con más astucia y eficacia. Los insumisos, insurgentes, rebeldes y resistentes, se juntan en defensa de sus tierras y sus territorios y por el respeto a su dignidad, autonomía e identidad. Decididos a ganar o morir en una opción íntimamente vivida y compartida, los pueblos rebeldes descubren y enriquecen las luchas centenarias que siguen dando, y comprenden que pierden quienes no mantienen su propia dignidad, autonomía, identidad, pues en cuanto se vuelven despreciables ante sí mismos por aceptar un acto humillante, fácilmente son asimilados y corrompidos, y son perdidos para su propia gente. Si se mantienen firmes, si siguen y se organizan y se juntan entre ellos y con otros como ellos, con el pasar del tiempo, en sus acciones no sólo buscan la autonomía frente a la opresión y el despojo y no sólo plantean alternativas de una sociedad libre y justa y de una democracia en que ellos mismos gobiernen, haciendo realidad diaria los principios y prácticas que los llevaron a la resistencia y los hicieron conocer. Ellos mismos, en todo

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lo que pueden, no dejan para más tarde organizar aquello por lo que luchan. En actos sucesivos que llaman de “liberación”, se preguntan, cada vez con más experiencia, qué caminos y qué nuevas comunidades y redes de comunidades construir para quitarse de encima a los opresores y explotadores y a otros mandones que los sucedan, así salgan de su propia gente que hoy está con ellos, y que luego cambia, como ha ocurrido tantas veces y no debe volver a ocurrir. Así, desde los primeros pasos, replantean y renuevan la lucha por la autonomía necesaria a las comunidades para construir un buen gobierno que les cumpla que sea de ellos, que se renueve con miembros que se renueven, y que saliendo del pueblo regresen al pueblo y a sus trabajos de antes cuando terminen sus responsabilidades. También replantean la autogestión efectiva para la producción, los servicios y la seguridad, cuidando que las relaciones disimétricas con los que tienen áreas de responsabilidades más amplias, sean constituídas y controlados por las redes de comunidades. No sólo enriquecen su memoria con las experiencias anteriores o actuales de los movimientos rebeldes cooperativistas, o de los revolucionarios que originalmente se propusieron organizar el poder desde las “comunas” y los “soviets”, desde los “municipios libres” y las “empresas descentralizadas”. También organizan una especie de pedagogía universal, o de enseñanza--aprendizaje para todos y con todos, que hace rotativos los gobiernos y comisiones de “tequios”, “coateques” y empresas colectivas. Procuran así que todos los miembros de la comunidad vayan aprendiendo a encabezar y enseñar a los nuevos cómo se consolida un proyecto, cuando quienes practican el buen gobierno no se separan de las comunidades organizadas, y éstas no se separan de sus redes con otras comunidades y colectivos que se fortalecen a distintas escalas y a distintos niveles. Miran lo que tuvo éxito, como la unión de barrios, pueblos, naciones y mundos con metas parecidas. También miran lo que falló, como el aislamiento de las luchas, o la tribalización de los pueblos, o la ignorancia del mundo y de quienes en otras partes del planeta, con la misma o distintas lenguas, libran las mismas luchas en parecidos términos. Andan buscando unirse, para ser cada vez más en las organizaciones horizontales y verticales, e incluso forjan otras en que lo horizontal de ciertas comunidades y comunas tradicionales y lo

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vertical de los estados, empresas y gobiernos acostumbrados, es superado por las estructuras en redes que combinan organizaciones jerárquicas y horizontales, sin que haya un solo centro superior de mando que pueda tomar la última decisión sin la autorización previa o sin la consulta a los pueblos y colectivos. Los zapatistas no pugnan sólo por la autonomía de los pueblos indios, como muchos antropólogos creyeron; ni por una lucha de los pueblos indios o de la “indianidad”que los separe de las luchas de los trabajadores; ni por una extraterritorialidad que enfrente los símbolos “étnicos” a los “nacionales” y a los “internacionales”; ni por un “centralismo democrático”; ni por una unidad en torno a nuevos jefes que “manden sin obedecer y que se sientan superiores de por sí”; ni por una sociedad en que sólo se respete una filosofía o una religión; ni por un pluralismo cultural que ignore la importancia de las luchas de clases y las luchas por la independencia frente al imperialismo; mientras al mismo tiempo defienda la pluralidad y la cultura del diálogo, y sean muy firmes en que nadie quiera usar sus fuerzas para después montarse sobre aquéllos que dijo defender, y hasta se olvide de sus promesas a la hora de ganar. Los zapatistas, y muchos nuevos movimientos antisistémicos que van a la raíz de los problemas y sus soluciones, luchan firmemente para que quienes se dicen sus amigos no tengan antecedentes que los lleven a olvidar lo que juraron defender y cuando llegue la hora de las definiciones -la hora del triunfo-, se olviden de la gente que los apoyó. Su pluralismo cultural, religioso, ideológico es tan firme como la línea que no aceptan cruzar en nombre de una supuesta unidad nacional o patriótica, que muchos han roto una y otra vez, desde la Independencia hasta hoy. No menos fuerte y firme es la convicción de que la unión de los insumisos es fundamental para la nueva organización de la sociedad: “desde lo local hasta lo global” (como se dice hoy); y que es vital el respeto activo al pluralismo religioso, filosófico, ideológico, sin discriminaciones étnicas o culturales, con espacios de diálogo que articulen programas y filosofías, y que hagan realidad la capacidad creadora en la toma de decisiones imaginadas, pensadas y coordinadas. En la construcción del mundo alternativo, los zapatistas dan prioridad a la organización coordinada y no jerárquica de las bases.

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Son las bases quienes mandan, moral y estructuralmente, por convicción consecuente de las vanguardias que subsisten y por mandatos constitutivos de los “buenos gobiernos”. Las bases y los núcleos o colectivos de las redes dan los lineamientos generales. Los encargados de mandar obedeciendo no sólo presentan informes de sus actividades, sino detienen sus decisiones cuando se salen de sus facultades e inician consultas en que deben volver a sus bases para tomar las decisiones en los problemas no previstos, o en aquéllos en que cualquiera de las soluciones por que se opte no implica claramente ser la mejor ni asegura estar libre de consecuencias indeseables. En todos esos casos se consulta a los pueblos para que sean ellos quienes escojan el camino a seguir, pase lo que pase. Tomada la decisión, los responsables procuran que ocurra lo mejor; pero los pueblos participan con conocimiento de los riesgos en la toma de las grandes decisiones, procedimiento que reduce las “disonancias morales, políticas y cognitivas”, entre líderes que perderían fuerza al ser inconsecuentes, y para los que la moral no sólo es un problema de responsabilidad personal o del colectivo al que pertenecen, sino un problema de pedagogía de la emancipación para que la gran responsabilidad moral que implican estas prácticas entre colectividades, originalmente poco capaces de informarse, analizar y decidir, lleven a una política de la emancipación que iguale el saber y el conocimiento de los que mandan obedeciendo y de los que obedecen mandando. En cuanto a determinadas actividades de acción rápida como la defensa de la comunidad en las condiciones de cerco y asedio que viven, y en determinados momentos aún más críticos, cuando los peligros ameritan una respuesta inmediata para que ésta sea efectiva, los zapatistas están convencidos, por todas las experiencias, que es necesario disponer de organizaciones jerárquicas cuyos integrantes no tengan autoridad sobre los pueblos que los mandan, y sigan los lineamientos generales que acuerdan con las bases, actuando con la rapidez y eficacia que el peligro amerita, a veces bajo su propia responsabilidad, de la que tarde o temprano habrán de dar cuenta. Entre parecidos y confusiones, a diferencia de los anarquistas del pasado y de algunos pseudo-anarquistas y seudo-libertarios predominantemente discursivos, los zapatistas no pugnan por organizaciones exclusivamente horizontales como a veces pretenden algunos de sus enemigos o fingidos voceros. Su principal forma de

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oponerse al palabrerío contra cualquier organización jerárquica, contra cualquier poder metafísico, de por sí perverso, y contra las políticas mediatizadoras neolaboristas y neopopulistas de las organizaciones institucionales, consiste en construir otra organización y otra política, a menudo difíciles o imposibles de comprender por quienes piensan en términos de las categorías anteriores. No advierten que categorías como “poder”, así en abstracto, sufren los cambios concretos de una historia emergente en que, como categorías concretas del poder de los pueblos y trabajadores pobres, siguen siendo plenamente válidas, pero bajo nuevas formas. Notables inconsistencias como las de Negri y Hardt, que, en otro ejemplo, proponen a “las multitudes” como los actores principales de la lucha actual, o las de Holloway, que propone cambiar el mundo sin tomar ni construir el poder, son ajenas a los zapatistas y a la historia concreta de sus estructuraciones y formaciones. Una historia por demás universal, en que a la crisis de una izquierda institucional que ha pasado a ser instrumentada por el Estado y por el sistema, los rebeldes enfrentan, mucho más que “multitudes”, redes horizontales y verticales; y se proponen, mucho más que la ausencia de todo “poder”, construir el poder como conocer y como moral; como estructuras y relaciones que en sus pautas de conducta impidan el que pueblos y dirigentes se separen de ellos. Al materializar su moral rebelde para no presentar al enemigo posibilidades de cooptación, asimilación, o corrupción con ayudas humanitarias, “acciones cívicas”, corrupciones “caritativas”, “clientelistas” o “populistas”, y al trasmitir conocimientos y saberes en el terreno conceptual y en el de la práctica, están construyendo, creando un verdadero “poder popular” que antes sólo se había quedado en deseos o palabras. Los zapatistas parecen eludir, lo más que pueden, las polémicas innecesarias entre quienes, creyendo pensar como ellos, de buena fe siguen pensando como se pensaba “endenantes”. Más bien tratan de aclarar a aquellos anarquistas que privilegian las organizaciones horizontales y coordinadas de las bases, y que los apoyan, en qué consiste la nueva política y el nuevo poder que buscan y que está relacionado con el que les permite saber, pensar, conocer, luchar y organizarse para ganar y para construir ese “otro mundo posible y necesario”, que no sea punto de llegada, sino traza del camino a seguir y practicar y vivencia del camino y sus experiencias activas y

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cognitivas, aprendiendo en eso, más con el andar y la conducta propia, que con los sermones revolucionarios de la ajena, por benevolentes que sean. En ese sentido han dicho que no pretenden “tomar el poder”, o “el palacio de invierno” que en otro tiempo y con un ejército derrotado tomaran Lenin y los revolucionarios de su tiempo, y que a la hora de “la guerra de baja intensidad”, o de la “guerra contrainsurgente”, o de la “guerra interna”, y cuando pueblos y trabajadores insisten fuertemente en luchar por un camino pacífico, constituiría una previsible derrota en lo militar y en lo revolucionario. El planteamiento no es sólo zapatista ni sólo de los pueblos zapatistas y de otros de Chiapas, de México y de inmensas regiones del mundo que insisten en llevar al máximo la resistencia pacífica, las acciones directas y, cada vez más, la construcción de nuevas relaciones sociales en la propia casa, en la propia aldea y tierra, con alianzas y bloques de pueblos y trabajadores pobres, o que están con los pobres, en una lucha vital frente a la “IV guerra mundial” con que el capitalismo senil busca destruirlos y puede, de paso, destruir al mundo entero. Frente a ellos los zapatistas, como los pueblos del mundo, buscan construir ese otro “mundo posible”, pero buscan construirlo con los pobres de la tierra presentes, sin las mediaciones y mediatizaciones que nos ha dejado un mundo crecientemente desigual, inmoral, depredador, corrompido, individualista, consumista, mistificador, fundamentalista, mentiroso, que se muere matando y matándose, movido por una extraña codicia y por una irritante soberbia de criminales que, patológicamente, creen que el mundo es así y que alternan sus manifestaciones esquizofrénicas con las paranoicas, sentimientos espléndidamente representados en numerosas películas de Hollywood sobre los gangsters, los agentes de la CIA y otros servicios de actividades encubiertas, los empresarios y los políticos. Los zapatistas no luchan por hacer imposible lo posible. No proponen acabar con el capitalismo más organizado, depredador y agresivo de la historia, sin organizaciones y sin poder. No proponen que lo imposible siga siendo imposible. Luchan por otra organización, por otra política, por otro poder, por otra sociedad y por la combinación de organizaciones autónomas y de organizaciones jerárquicas, aquéllas como fuente y expresión de ese “otro poder” y de esa “otra política” en “que quienes mandan

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manden obedeciendo”, ya sea en organizaciones de fuerzas para la defensa, como el EZLN, o en “gobiernos de municipios autónomos” que “manden obedeciendo” los lineamientos que les señalan sus pueblos. En todo caso, buscan hacer realidad metas que protejan, amplíen y profundicen los objetivos de las colectividades con quienes luchan y por quienes luchan, en que no se distingan los gobiernos de sus pueblos y los comandos militares de los pueblos a que pertenecen, y a los que se reintegran con las mismas riquezas o pobrezas con que dejaron sus trabajos para servir a sus pueblos, aunque tal vez con más respeto por haber servido bien. Si algunos intelectuales e ideólogos anarquistas o marxistas se han hecho pasar por intérpretes del pensamiento zapatista, y al hacerlo han motivado fuertes críticas y distanciamientos contra un zapatismo completamente deformado, las confusiones a que llevan, parecen ameritar una mayor claridad, para que el movimiento zapatista y quienes están fuera del movimiento, precisen más la inmensa riqueza histórica de un planeamiento que propone otra política y otro poder que serán parte de otra civilización y otra sociedad. La diafanidad del proyecto zapatista debe volver a internalizarse como una creación histórica que nada tiene de “calca y copia”, y sí mucho de original y difícil de entender, por quienes tienen por lógica la lógica del Estado al que se opusieron y la del Estado que se propusieron implantar. Tanto las varias corrientes anarquistas, que en sus apologías del movimiento rebelde aún no captan las diferencias que se dan incluso con algunos predecesores como Kropotkin; como las corrientes comunistas de adherentes o simpatizantes que añoran un pasado en que “la Unión” todavía tenía el proyecto de ser “soviética” y el “centralismo” todavía aspiraba a ser “democrático”; como los antiguos nacionalistas revolucionarios que forjaron una nueva cultura del frente antiimperialista que culminó en la época del general Lázaro Cárdenas y fue erosionado, desde entonces; como quienes añoran una comunidad ideal frente al autoritarismo y la arbitrariedad reinantes; todos ellos, y muchos más, tenemos que darnos cuenta que la lucha por la independencia, como la lucha de clases, han cambiado. La estructuración de las relaciones entre las clases, y la estructuración interna de cada clase, no es igual a la de hace cien o doscientos años. El conocimiento y el saber de los pueblos y de los trabajadores pobres y de quienes luchan con ellos, no sólo

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corresponden a un cúmulo de experiencias y conocimientos en el arte y la praxis de la lucha y de la construcción de un sistema alternativo, sino a un mundo mucho más desigual, mucho más opresivo, explotador, excluyente y exterminador que el del capitalismo, el colonialismo y el imperialismo clásicos y modernos, que mostraban estar mucho menos organizados y articulados, aunque igualmente criminales y corrompidos, carentes de razón y de escrúpulos; enajenados, en el sentido marxista y en el psiquiátrico de la palabra. Quien quiera entender lo nuevo, lo otro en la historia emergente, tiene que compenetrarse, con algún entusiasmo vital, de la contribución de los pueblos mayas y de los pueblos pobres, a la lucha de los oprimidos, explotados, despojados y excluidos de la tierra, a esos nuevos proletarios que nuestros preconceptos y pre-sentimientos nos impiden ver, oír, entender como lo que son: otro proletariado, otros rebeldes, los de hoy y el futuro inmediato, que se sienten “desechables” y a los que para nada incluimos en nuestra teoría y práctica de la lucha contra el neoliberalismo o contra el capitalismo; ni como factor central de la nueva lucha por la emancipación humana; ni en sus nuevas metas y combinaciones de metas democráticas, libertadoras y socialistas; ni en el uso de sus “palabras - actos”; ni en la construcción de redes presenciales y a distancia que, lejos de ser sólo una metáfora, corresponden a una teoría y una práctica de las nuevas organizaciones hegemónicas y contrahegemónica, sistémicas y antisistémicas, éstas contra el terrorismo de estado y paraestatal, abierto y encubierto, y contra la guerra internacional, transnacional e interna que terminaría con la civilización y la humanidad inexorablemente. No vemos a los nuevos proletarios rebeldes, a los nuevos pobres rebeldes y sabios. Nos limitamos a clasificarlos en nuestras acostumbradas categorías de “ultras”, o de “maximalistas”, o de “anarquistas”, o de “divisionistas” que se oponen a formar un frente común con quienes los han traicionado y que carecen del proyecto de acabar con el mundo de los excluidos, como puede comprobarse en todas sus teorías, discursos y planes. Si se leen atentamente, se advierte que todos los partidos de la izquierda institucional no van más allá de una política asistencialista, heredera o contemporánea de la caritativa y humanitaria, que desde hace muchos siglos ha mostrado ser inútiles para eliminar la pobreza y que más bien -desde Confucio- han servido para justificar a los poderosos y exaltar a los especuladores, desde Rockefeller hasta Soros, que hacen

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fundaciones parara resolver los problemas de la humanidad a la que han saqueado. Si no vemos a los nuevos pobres rebeldes no nos vemos; si no los oímos ni entendemos, no nos entendemos, y en ese sentido participamos, de algún modo, en la esquizofrenia de los pobres de entendederas y ricos en negocios, participamos en las artimañas de quienes nos gobiernan y ocultan un infausto futuro. La herencia cultural de los frentes antifascistas, y después de los frentes antiimperialistas, es una herencia mundial y no sólo mexicana. Su fuerza es tan grande que, incluso hoy, sus sucesores de la izquierda institucional políticamente correcta, o enajenada por la lógica del “menos-malismo”, no quieren entender la posición reciente de los zapatistas que nada tiene de “maximalista”, y que expresa lo mínimo necesario de una lucha que se da en toda la Tierra entre los nuevos pueblos y trabajadores proletarios, contra un modo de dominación, depredación, explotación y extinción que ha configurado un mundo de incluidos y excluidos; de participantes en el desarrollo desigual y de marginados; de “colonos” y trabajadores de clase media más o menos explotados y pueblos y trabajadores superexplotados en los mercados de trabajo, mercancías y servicios de las periferias intranacionales e internacionales o por las cadenas de las empresas transnacionales. A la combinación de la lucha de clases se combina la de las naciones y pueblos con estados subordinados, o sin estados ni gobiernos más o menos autónomos. El modo de dominación “globalizador” -heredero del colonialista y del imperialista- ha consolidado un mundo de participantes en el reparto del botín y de víctimas del botín, despojados de sus recursos naturales y de cualquier esperanza de futuro para ellos y sus descendientes. La lucha por el reparto del excedente se sigue dando entre las grandes y las medianas o pequeñas empresas, entre los poderes imperiales y los gobiernos más o menos sujetos por las deudas, las tecnologías, las políticas fiscales y monetarias, y todo tipo de instrumentos mediáticos como la televisión, la radio, las escuelas neoliberales. La lucha por el reparto del excedente se da también entre mediaciones privadas, estatales e institucionales; en los partidos de estado, en las uniones de empleados y trabajadores agrícolas e industriales, o de servicios y, en ellas, se da en una forma “políticamente correcta”, es decir en la que no se pronuncian “groserías” al estilo de los zapatistas, como “lucha

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de clases”, “imperialismo”, “socialismo”, “democracia con poder de los pueblos y los trabajadores”, y en las que a lo sumo, se lucha por un reparto menos inequitativo del excedente, ante debilidades crecientes de los partidos socialistas, socialdemócratas, “comunistas”, carentes de organizaciones de base. Los partidos institucionales, ya sea en los sistemas políticos de la periferia mundial, ya en los de las grandes potencias del imperialismo -colectivo, lo más que piensan es mejorar de una manera más o menos efectiva los derechos sociales, cívicos e individuales de los trabajadores organizados que los apoyan, pero generalmente se conforman con las demandas funcionales que los complejos militares- empresariales están dispuestos a acordar a los “sectores” o “clases medias”, si bien en la correlación actual de fuerzas tienden a aumentar las poblaciones de “precaristas”, que antes tenían derechos sociales, sindicales, seguros, y servicios gratuitos, y que ahora están perdiendo. Los jóvenes ven un futuro con pocas perspectivas de lograr nada en “el sistema”, y mientras unos se suman a las “bases” de un nuevo fascismo con disfraz democrático, otros, y no pocos, se integran a los crecientes contingentes de pueblos y trabajadores proletarios rebeldes. Antes de referirnos a ellos, para tener una idea más completa del panorama, es necesario recordar las luchas entre los bloques encabezados por Estados Unidos y Europa con intereses y conflictos acallados y los bloques en formación de potencias nucleares, como China, Rusia, la India, Paquistán, que no han llegado a subordinarse a la pretendida potencia unipolar, como también lo puede hacer el propio Estado de Israel con sus más de doscientas armas nucleares, todo lo cual aumenta el peligro del futuro. Es comprobable la incapacidad de incluir estas luchas en el discurso “políticamente correcto” según la lógica Estatal y del poder militar-empresarial-gubernamental y mediático. Está lógica constriñe a los gobiernos, los partidos oficiales y de la “izquierda moderna”, los “grandes intelectuales”, y hasta los científicos, a “invisibilizar” los daños que ya han sido causados y amenazan a la Tierra. En una inmensa mayoría no se atreven ni a pensar que el actual sistema de acumulación y dominación sea la causa principal de los males. Explicar a qué se debe el conjunto de luchas que anuncia, con evidencias empíricas innegables, la destrucción de una gran parte de

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la humanidad y del medio ambiente, e incluso de toda la Tierra, es tan necesario como preciso; pero dentro del grave panorama mundial, querríamos profundizar en los conocimientos y saberes de los pueblos pobres en rebeldía y de quienes se suman a ellos, atraídos por ellos o expulsados del propio sistema. En pueblos rebeldes como el zapatista no vemos una rebelión meramente indígena, que ya de por sí sería muy legítima. Vemos la única fuerza, que viniendo de los pobres de la tierra, es potencialmente capaz de crear o construir un mundo alternativo en que se hagan concretas las luchas por la libertad, la justicia y la democracia, es decir, por los distintos proyectos de la emancipación de los seres humanos y de la protección de la Naturaleza y de la vida en la Tierra. Al “optar por los pobres”, como dicen los cristianos de la liberación, los zapatistas y quienes se suman a ellos o los acompañan en su caminar, reafirman abiertamente que siguen luchando por el pluralismo, por la unidad de las fuerzas alternativas, con distintas posiciones políticas e ideológicas; pero siempre sobre la base de mantener, tanto la lucha por la autonomía de sus comunidades y municipios, como la lucha cada vez más clara por lo que podríamos llamar la autonomía de clase, una clase que actualmente se identifica con el nuevo proletariado, con los pueblos y trabajadores pobres de la tierra, y con quienes quieran sumarse a ellos sin mediatizarlos ni traicionarlos. La vinculación de quienes abandonan la clase donde nacieron para sumarse a los pobres, lejos de ser nueva o ilusoria tiene fuertes antecedentes históricos, y sólidos motivos éticos y políticos crecientes. En México, muchos rebeldes mestizos se integraron e integran a las filas de los rebeldes indios, y “echan su suerte” o su vida con ellos. El hecho ha ocurrido y ocurre cada vez más en el mundo. Por eso quienes les piden a las comunidades y los trabajadores rebeldes, su apoyo para que se integren a las izquierdas mediatizadas y a menudo incoherentes que representan y organizan, no van a obtener ese apoyo porque en esas filas de izquierda destacan quienes ceden a la “razón de Estado” y quienes, entre grandes gritos y protestas guardan un silencio políticamente correcto, hablan un lenguaje políticamente correcto, y sostienen políticas comprobadamente opuestas a la libertad, la justicia, la democracia, y cuando se oponen a aquéllas a lo sumo muestran querer repetir las

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experiencias socialdemócratas, populistas, y de comunismo burocrático que llevan a la inmensa desigualdad en que vive hoy, dentro del capitalismo mundial, más de un 80% de pobres y muy pobres y sólo un 20% de “sectores medios” y de ricos y super-ricos. Es más, esos pretendidos líderes de una unidad entre los contrarios, que sería supuestamente una unidad entre los opuestos, en México como en otros países cuando ocuparon cargos de elección popular muy a menudo se olvidaron de sus propuestas electorales, ya de por sí respetuosas del sistema de acumulación y dominación. En Chiapas, la experiencia fue aún más evidente cuando ocuparon cargos en los municipios de población indígena, o fueron “investidos como presidentes municipales” o gobernadores del estado donde los zapatistas se encuentran: trataron a sus electores “indios” exactamente como los habían tratado los “presidentes municipales” y los “ediles” de los partidos anteriores, es decir, con un autoritarismo, a veces paternalista y a menudo represivo. Frente a la renovada simulación y engaño, la autonomía de “los Caracoles” y de los municipios zapatistas es una experiencia que con variantes tiene un alcance mundial. El respeto de las bases que mandan obedeciendo y de sus autoridades y Comandantes que obedecen los lineamientos generales mandando con razones compartidas y expresas, corresponde a una experiencia no sólo moral sino pedagógica, no sólo teórica sino práctica, y algo más, creadora de una historia nueva que, heredando mucho de las experiencias pasadas de México y el mundo, pone en práctica las que antes no existían y que, para un mero observador, son difíciles de comprender. En las luchas contra la calca del anarquismo -en cualquiera de sus versiones-, y contra la copia del autoritarismo de las burocracias comunistas que impusieron una sola forma de no pensar, de no interpretar y de no crear, supuestamente “marxistaleninista”; en ambas luchas, la cultura del movimiento de los pobres de la tierra (que viene del pensamiento crítico de las universidades, y más recientemente del pensamiento crítico de las escuelas normales, aquéllas acosadas y empobrecidas, y éstas hasta clausuradas por los neoconservadores que se dicen neoliberales) ha contribuido a forjar nuevas generaciones que también guardan la memoria viva y comprometida de los saberes surgidos en llanos y montañas, en selvas y barriadas, en campos y ciudades de América y el Mundo, durante las

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grandes manifestaciones de masas y los movimientos guerrilleros que proliferaron desde los años cincuenta del siglo XX. Y como sólida base de todos, en el “Nuevo Continente” están los conocimientos y saberes heredados y renovados de los pueblos indios y mestizos con sus cinco siglos de lucha emancipadora, y con la articulación o el mestizaje intelectual de los saberes y conocimientos compartidos que sus dirigentes, indios y no indios, aprendieron al participar en la historia: nacional, latinoamericana y universal. Los nuevos rebeldes combinan las luchas de los pueblos indios por sus identidades, culturas, comunidades, tierras, selvas y manantiales, con las luchas por la independencia nacional, y ambas luchas con la lucha de clases ilegal, y hasta con la institucional de la que fueron generalmente expulsados y en la que perdieron algunos líderes y clientelas cooptados. Los nuevos rebeldes combinan así sus conocimientos y saberes de la resistencia indígena con los que muchos de ellos adquirieron en las luchas obreras, campesinas y populares por la democracia, la liberación y el socialismo, así como en la lectura y escritura que realizaron del pensamiento revolucionario en México y América Latina, o en su diálogo rebelde con Europa, la Unión Soviética, China, Africa, Vietnam, y el Otro Estados Unidos. Puede decirse que hoy, más que ajustarse a los saberes y conocimientos de la “Edad Moderna”, o a sus centenarias costumbres de pensar, hacer, conocer, interpretar y actuar, más que aceptar en todo o rechazar en todo lo creído y lo sabido, los pueblos y trabajadores pobres de México y del mundo, se encuentran en un proceso de creación teórica insospechado, de creación expresiva y práctica que ni puede clasificarse en las categorías anteriores -como pretenden muchos de los activistas del pasado mental y práctico-, ni puede separarse del gran legado de experiencias que mantienen los pueblos en el qué hacer y cómo hacerlo, en sus conocimientos y sus prácticas en el trabajo y la lucha, con esa ida y vuelta en el conocer y el hacer, en que algunas veces surge lo original, lo nuevo, “lo otro” de la historia emergente, de algo que al principio ni se imaginaba y que “nos agarra por sorpresa” en una posición cognitiva y activa que es “otra”; en ”otra” ética y “otra” política a las que ni esos nombres pueden aplicarse por la carga de pasado que tienen y que nos impide ver lo que no existía afuera, pero que existe en nuestros corazones y en

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nuestras razones, como diría Pascal y dicen los zapatistas. Las estructuras del saber práctico y del conocer crítico, que el zapatismo concibe, expresa y construye a un alto nivel del saber y los conocimientos, corresponden a procesos que insistentemente llevaron a combinar las luchas por la independencia con las luchas de clases, con las luchas contra el dogmatismo, con las luchas contra el sometimiento y la explotación. Las estructuras del saber y el conocer que el zapatismo hereda y enriquece combinan las luchas por la independencia con las luchas por la liberación, el socialismo y la democracia. El saber latinoamericano, rebelde y crítico, tendió a combinar, más que a enfrentar o contraponer, el tipo de luchas que el saber de otros mundos aprisionó en compartimentos separados, y hasta enfrentados en formas maniqueas, carentes de espacios de diálogo, debate y consenso, muchas veces asociados a la esclavización y privatización de las ciencias y técnicas, de los conceptos y las palabras por “los ricos y los poderosos.” En América Latina, y esto es evidente desde la Revolución Cubana del 26 de Julio, hay un reforzamiento cada vez mayor del saber que une y combina especialidades y “escuelas” entre oposiciones y contradicciones muchas veces superadas. La ruptura de “una escuela”, “una filosofía”, una “especialidad” se da en distintos países de esta inmensa región constituida por Indoamérica y Latinoamérica, con sus razas “cósmicas” e “intergalácticas”, que recrean herencias culturales muy variadas de “los de abajo” y de quienes, no viniendo de “abajo”, buscan luchar con ellos y por ellos, y que a más de un pluralismo ideológico y religioso, no sólo rechazan los odios por diferencias de ideas o creencias, sino los odios por diferencias de “etnias”. La cultura del saber y del conocimiento no sólo rechaza las verdades excluyentes, sino los enconos que generan y que el conquistador manipula. Los nuevos movimientos tienen el saber de las comunidades y de las uniones de comunidades, y en “la guerra de las ideas”, el que en las luchas de los partidos los llevaron a unirse en medio de la diversidad de trabajadores y de pueblos, no sólo contra la cultura de la opresión y la enajenación que el capitalismo, el colonialismo y el imperialismo imponen, sino para el descubrimiento y la construcción de un mundo alternativo “hecho de muchos mundos”.

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El pensamiento rebelde y crítico, alternativo, antisistémico, alcanzó sus niveles más concretos con la articulación de la lucha por la independencia, que Martí representara en sus momentos más profundos; con la lucha de clases, en que brilló más tarde Julio Antonio Mella; y con la lucha de clases, contra el imperialismo y el capitalismo y con los trabajadores y los pueblos indios que José Carlos Mariátegui enlazó a las anteriores. Pueblos culturalmente oprimidos y rebeldes, militarmente cercados, económicamente despojados, política y jurídicamente excluidos y cada vez más radicalizados -como los descendientes rebeldes de los mayas, de los incas, de los mapuches- representan en el mundo de hoy a los proletarios de la tierra, y no son una pequeña parte de esa inmensa humanidad. El proyecto zapatista no es un proyecto de emancipación de los indios sino el proyecto de la humanidad excluida, despojada, desterrada, y amenazada con los escenarios de extinción que ya aparecen en las computadoras de los bloques dominantes, y entre cuyas “pruebas tecnocientíficas” recientes destaca el horror que los grandes poderes, sus aliados y subordinados, con el Estado de Israel a la cabeza de las fuerzas de choque, siembran en el territorio arrebatado a Palestina, un territorio que buscan ocupar aún más cuando hayan extinguido a la inmensa mayoría de los palestinos, tras sucesivas Blitzkriege que desaten con el pretexto de que las víctimas de la ocupación son los agresores. El movimiento zapatista está en las avanzadas de los intentos de diálogo político con las masas en que las vanguardias callan y escuchan, y en que unos y otras aprenden a oír y hablar para conocer y cambiar el mundo desde un país y una región en que se está extinguiendo la lucha política institucional para la defensa de la nación, de la sociedad, de las leyes y derechos de los ciudadanos y los pueblos. En una nación llamada México, de antigua cultura revolucionaria y crítica, burlada y mediatizada, que hoy se reduce a un mero teatro político, no es posible juntar a tirios y troyanos en la dirección de un movimiento nacional y popular que repita el camino que ya llevó a este país a crear y acrecentar una inmensa población de excluidos, marginados, proletarizados, sin derecho de organización, de petición, de protesta, a los que se está criminalizando y despojando más y más de sus bienes comunales y sociales, de sus territorios y

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recursos naturales y textualmente vitales. Los más avanzados líderes de la izquierda institucional ni en su dirección, ni en sus programas, ni en sus discursos, exigen que se cumpla con los pueblos indios; tampoco buscan forjar un bloque con los trabajadores proletarios y los marginados urbanos para que éstos participen en la dirección nacional, no como invitados sino como hermanos y compañeros. La cultura zapatista de la negociación pone un límite de sentido común en el que es extraordinariamente coherente: no aceptar o apoyar ninguna alianza en que sea evidente la imposibilidad de luchar contra las mediaciones, mediatizaciones y traiciones a las demandas de los pueblos indios y de los pobres. Al no sumarse al movimiento popular de López Obrador, sin duda el más poderoso de la izquierda institucional, los zapatistas toman una decisión que está basada en sus propias experiencias, y las de sus antepasados: los indios y los pobres de la resistencia, de la insurgencia, de las luchas contra los franceses y los traidores; de las luchas de los campesinos pobres encabezados por Emiliano Zapata, quien fue asesinado por mantener su autonomía dentro de un frente revolucionario en que muchos de sus integrantes habían sido hasta gobernadores en el “Antiguo Régimen” y que, por más virtudes que tuvieran, dada la estructura de sus liderazgos e intereses, encabezaban, aún sin quererlo, a las nuevas oligarquías en formación. Los zapatistas también tomaron en cuenta las experiencias de las guerrillas que, tras el asesinato de Rubén Jaramillo, aprendieron que sus luchas habían sido declaradas “no negociables” si los jefes no estaban dispuestos a venderse. Jaramillo perdió su vida por no perder su dignidad. Por ello, no es difícil comprender la decisión zapatista por la que éste rechazó unirse al gran frente popular y nacional y en que decidió organizar “La Otra Campaña”, que lejos de haber sido un fracaso como muchos creen, constituye un avance extraordinario en el planteamiento de una formación insurgente que esté encabezada y apoyada por las fuerzas de los pueblos indios, por los trabajadores y pobladores proletarios y quienes estén con ellos, para la realización de un proyecto que tiende a articular cada vez más las luchas por otra democracia, por otra liberación y por otro socialismo con las luchas por la emancipación de la mujer, por el respeto a los homosexuales y

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por el respeto a los derechos del los antiguos y nuevos proletarios del mundo, sean unos u otros de los pueblos pobres o trabajadores pobres. Al mismo tiempo, el zapatismo mantiene sus luchas por la autonomía, por la dignidad, por el pluralismo religioso e intelectual, por el predominio de las organizaciones coordinadas sobre las jerárquicas, y por un nuevo internacionalismo que va de lo local a lo "intergaláctico” o intercultural pasando por lo regional, nacional y universal… Desde sus más firmes posiciones indígenas y rebeldes, los zapatistas contribuyen a captar la redefinición de un capitalismo, en que la lucha de clases se vuelve más complicada y compleja, con la clara distinción entre “la política acostumbrada” de los trabajadores de clase media y la otra política de los pueblos y trabajadores proletarios, es decir, de los proletarios que ya no sólo son los pobres de las fábricas inglesas del capitalismo clásico, sino que, claramente, están divididos en algo más que una “aristocracia obrera” y una “clase trabajadora”. Los trabajadores del siglo XX, como explotados, están divididos por una política capitalista mundial ante cuyos logros, no debiendo cerrar los ojos, los cerramos extrañamente. Al abrirlos y enfocarlos para ver bien lo que pasa, y al descubrir la “pequeña diferencia” entre los trabajadores de clase media y los trabajadores proletarios, entre los pobladores de las metrópolis y los de las periferias mundiales y nacionales, podemos cometer graves errores si queremos que los pueblos indios y los proletarios de nuestro tiempo luchen de igual manera que los trabajadores, cuya vida y cultura heredan una larga lucha acostumbrada a presiones y negociaciones, todavía formalmente legalizada aunque esté cada vez más violada y mutilada. Las historias de los proletarios y de sus divisiones, mediaciones, formaciones en los sistemas políticos, en las políticas sociales, en las políticas empresariales, en las zonas y sectores metropolitanos y periféricos, son concretamente diferentes. No reconocer este hecho universal sería tan grave como pensar que las formaciones sociales y políticas, las mediaciones alternativas y los movimientos emancipadores de otros países, tienen que ser iguales a los de México con lo específico y concreto de un Estado mediatizador que renace una y otra vez en gobiernos y oposiciones. Pero los zapatistas entienden las diferencias necesarias de los caminos emancipadores que se dan hoy en Bolivia y Venezuela, y de los que

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tras una guerra revolucionaria triunfaron hace medio siglo en Cuba, y no por ello quieren abandonar una lógica que tarde o temprano será universal y que consiste en acabar con un capitalismo mundial que ha “deslocalizado” y dislocado la ley del valor, y que en los países y regiones donde siempre ha dominado o en que ha sido restaurado -como los países del extinto bloque soviético y los de la China expopular y los de Vietnam realmente heroico- el capital y la lucha diferenciada de clases, de regiones, complejos y empresas, tienden a reconstruir vigorosamente un mundo de incluidos y excluidos, de trabajadores participantes del pillaje colonial, neocolonial, transcolonial y trabajadores discriminados, depauperados, explotados para la generación de un valor que es objeto de intercambios desiguales, de transferencias, de flujos, todos acordes con las políticas de mediación y represión que se dan en distintas zonas y sectores. El zapatismo ha hecho un des-cubrimiento de importancia universal. Su firme posición enfrenta “la dislocación de la ley del valor” y plantea la lucha necesaria a librar para que dejen de existir las relaciones de explotación, depredación, acumulación y dominación a nivel mundial. No pretende que en todo sigan sus pasos los movimientos emancipadores que luchan entre variadas mediaciones concretas con variantes en las estructuras, en las sociedades, en los estados y sistemas políticos, y en los propios legados y experiencias que los rebeldes tomen. Sólo busca que no lo confundan quienes “más pronto que tarde” se unirán a “los pobres de la tierra”, al darse cuenta que las actuales luchas por “Un mundo hecho de muchos mundos” tienen que combinar, unir y respetar a todas las culturas, religiones, ideologías, diferencias, pluralismos; pero tienen también que reconocer la importancia vital de lo que todavía no reconocen la mayoría de los foros y movimientos mundiales por otro mundo posible: la existencia de un nuevo proletariado universal que debe ser el componente principal para la construcción de otro protagonista, hecho de muchos protagonistas, con los pueblos y trabajadores pobres, como integrantes que manden obedeciendo a los suyos, o a aquéllos con quienes quieren y tienen que echar su suerte para la emancipación y la sobrevivencia humana.. Para lograr esos objetivos será necesario reconocer, que entre los trabajadores de clase media o de la izquierda institucional y los que

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saliendo de ellas han echado su suerte con pueblos y trabajadores pobres, hay grupos e individuos capaces de acrecentar los vínculos entre los distintos movimientos emancipadores. En ellos será necesario apoyarse para organizar comisiones de enlace que, en luchas puntuales coincidentes, y sin más compromiso que librar una batalla común, y luego otra y otra, permitan la unión creciente con los pobres de la tierra: con éstos, desde luego, como las vanguardias para la emancipación. Durante la búsqueda de esas uniones y separaciones, mantener el diálogo y el debate implicará desestructurar cualquier intento de asimilación y mediatización que repita, como una farsa, la historia de las cooptaciones que llevaron a la restauración del capitalismo y el imperialismo, y aumentar, en cambio, la fuerza de las posiciones emancipadoras. Es el nuevo reto de la creación histórica en que los pueblos mayas son pioneros . 17 noviembre de 2008

Ni el Centro ni la Periferia… PARTE VII (y última).- SENTIR EL ROJO. EL CALENDARIO Y LA GEOGRAFÍA DE LA GUERRA.

“La diferencia entre lo irremediable y lo necesario, es que para lo primero no hay que prepararse. Y sólo la preparación hace posible determinar lo segundo”. Don Durito de La Lacandona

Antes, no sólo en este coloquio pero también en él, hemos señalado el carácter belicista del capitalismo. Ahora quisiéramos agregar que la guerra no es sólo una forma, la esencial por cierto, por la que el Capitalismo se impone e implanta en la periferia. Es también un negocio en sí misma. Una forma de obtener ganancias. Paradójicamente, es en la paz donde es más difícil hacer negocios. Y digo “paradójicamente”, porque se supone que el capital necesita paz y tranquilidad para desarrollarse. Tal vez eso fue antes, no lo sé, lo que sí vemos es que ahora necesita la guerra. Por eso la paz es anticapitalista. Se habla poco de ello, cuando menos en México así ocurre, pero el peso económico de la industria militar y sus gigantescas ganancias (que obtienen cada vez que el supuestamente agonizante poder norteamericano decide “salvar” al mundo democrático de una amenaza fundamentalista… que no sea la suya, claro), no son nada despreciables. En los aspectos teóricos, tal como, acertadamente a nuestro entender, señaló hace unas horas Jean Robert, es necesario estar cuestionando “los suelos” sobre los que pone pie en tierra un planteamiento científico. Pensamos que el concepto de “guerra” en los análisis teóricos antisistémicos, puede ayudar a solidificar suelos todavía pantanosos.

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Pero no se trata sólo de una cuestión teórica. Robert Fisk por un lado, y Naomi Klein por el otro, han contribuido enormemente a descorrer el velo que ocultaba la escenografía de la guerra en Irak. No desde un escritorio o frente a un monitor que administra la información de los grandes monopolios mediáticos, sino trasladándose personalmente al lugar de los hechos, ambos llegan a las mismas conclusiones. Palabras más, palabras menos, nos dicen: “¡Vaya! Resulta que no se está liberando a Irak de la tiranía de Hussein, sino que, simple y sencillamente, se están haciendo negocios. E, incluso, el aparente fracaso de la invasión es también un negocio”. Les voy a recomendar un libro. Es éste. “La Doctrina del Shock. El Auge del Capitalismo del Desastre”, de Naomi Klein. Es un libro de ésos que valen para tener en las manos. Es además un libro muy peligroso. Su peligro reside en que se entiende lo que dice. Cuando escribo esto supongo que Naomi Klein ha planteado los ejes centrales de lo expuesto en su pensamiento, así que no repetiré. Sólo señalo que trata aspectos del funcionamiento capitalista que son pasados por alto o ignorados por no pocos teóricos y analistas de izquierda en el mundo. Don Pablo González Casanova es otro de los que ha avanzado en el desmonte de las viejas y nuevas realidades del capitalismo en México y en el mundo, y una mirada generosa en el tiempo, y respetuosa en el análisis de nuestro ir y venir como zapatistas. Tenemos aquí a dos representantes de dos generaciones de analistas del sistema capitalista, serios, serias, brillantes, y además con algo que se suele olvidar en el medio teórico e intelectual: son pedagógicos, es decir, se dan a entender. Don Pablo González Casanova es un hombre sabio. Es el único intelectual al que he visto que le hablan con confianza los compañeros y compañeras. Yo, que llevo más de veintitantos años viviendo con nuestros pueblos, sé lo difícil que es tener su confianza. A Naomi Klein le regalamos, junto con Don Pablo, esta muñequita con un caracol. El caracol en nuestros pueblos es como se convoca al colectivo. Cuando los hombres están en la milpa y las mujeres en los trabajos, el caracol los convoca para reunirse en

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asamblea y es entonces que se hacen colectivo. Por eso decimos que es el “Llamador del Nosotros”. Nuestra admiración y respeto colectivos para Don Pablo, también son personales. Yo suelo decir que, cuando sea grande, quiero ser como Don Pablo González Casanova. Debo agregar, además, que uno de esos que provoca recaídas chovinistas y nos hace decir que es un honor ser mexicano. Don Pablo, le regalo este libro de Naomi Klein. Contiene nuevos elementos para entender los nuevos caminos que está siguiendo el capitalismo. Se lo regalo porque yo ya tengo otro.

Quisiera aprovechar la ocasión para comunicarles algo. Es esta la última vez, al menos en un buen tiempo, que salimos para actividades de este tipo, me refiero al coloquio, encuentros, mesas redondas, conferencias, además de, por supuesto, entrevistas. Algunas de quienes han moderado estas conferencias colectivas me han presentado como el vocero del EZLN, y hoy en la mañana leí que alguien se refiere a mí, además de como vocero, como “ideólogo” del zapatismo. ¡Orales! “Ideólogo”. Oiga, ¿y eso duele mucho?... Miren, el EZLN es un ejército. Muy otro, es cierto, pero es un ejército. Y, además de la parte que ustedes quieren ver del Sup (quiero decir, además de sus hermosas piernas), como vocero, “ideólogo” o lo que sea, creo que ya tienen edad para saber que el Sup es, además, el jefe militar del EZLN. Como hace tiempo no ocurría, nuestras comunidades, nuestras compañeras y compañeros, están siendo agredidas. Ya había pasado antes, es cierto. Pero es la primera vez desde aquella madrugada de enero de 1994 que la respuesta social, nacional e internacional, ha sido insignificante o nula. Es la primera vez que estas agresiones provienen descaradamente de gobiernos de supuesta izquierda, o que se

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perpetran con el apoyo sin tapujos de la izquierda institucional. En el periódico de hoy se puede leer que el personaje representativo de los finqueros chiapanecos del que les platiqué ayer, el señor Constantino Kanter, acaba de ser nombrado funcionario en el gobierno perredista de Juan Sabines, en una posición donde pueden fluir sin problemas los recursos financieros para los grupos paramilitares. Es también la primera vez que hemos encontrado cerrados, a Flor y Canto, los espacios en los que el común de la gente se enteraba de lo que pasaba con nuestro movimiento, y de nuestras reflexiones y llamados. Y no sólo. Hace unos meses, en ocasión de una de las mesas redondas en las que participamos en la Ciudad de México, una persona de ésas que forman filas en las modernas “camisas pardas” del lopezobradorismo (y que tienen como mandos medios a cretinos y cagatintas de la talla de Jaime Avilés, del periódico La Jornada), nos interpeló a los zapatistas (estábamos la Comandanta Miriam, el Comandante Zebedeo y yo) preguntando, con tono petulante e inquisidor, palabras más, palabras menos, por qué no dejábamos que la “gente progresista de este país avanzara en la democratización de México”. Así dijo. Nosotros acabábamos de detallar una serie de hechos que fundamentaban nuestra distancia del PRD y del lopezobradorismo que, por supuesto, no escuchó la bien vestida señora. A los argumentos que expusimos, los 5 o 6 personajes enviados respondieron primero con mentiras (que AMLO se había deslindado del gobernador Sabines y demás personajes que se habían alineado con Felipe Calderón, que la CND era anticapitalista, y cosas por el estilo) y luego con su consigna de “es un horror, estar con obrador”. El Comandante Zebedeo me preguntó después qué estábamos haciendo ahí y quién era esa gente que ni siquiera escuchaba lo que decíamos. Unos días después, el minino (con perdón de los gatos) que preside el Partido de la Revolución Democrática, Leonel Cota Montaño, nos acusó de haber provocado, con nuestras críticas, la derrota electoral (así dijo) de López Obrador en las elecciones presidenciales del 2006.

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Antes, prácticamente desde el arranque de la Sexta Declaración de La Selva Lacandona, el lopezobradorismo ilustrado encontró abiertos los espacios para atacarnos, al mismo tiempo que se nos cerraban a nosotros. Se nos dijo de todo, a lo largo de este calendario. Parafraseando a Edmundo Valadez, “la mierda tuvo permiso” y en la llamada intelectualidad progresista y de izquierda se dijeron, dibujaron y escribieron cosas que hubieran apenado a la prensa más reaccionaria de nuestro país, pero que en la izquierda institucional y sus satélites fueron festinadas. En palabras de un intelectual de “izquierda”, después del fraude electoral del 2006: “ésta no se la vamos a perdonar a Marcos”. Estoy señalando un hecho simple y constatable. Un hecho, además, que previmos incluso desde antes de aquel 19 de junio del 2005 en que hicimos pública nuestra Sexta Declaración de la Selva Lacandona, y para el que nos preparamos. Han ocurrido también incidentes, sobre todo en el último recorrido que hicimos para el Encuentro de Pueblos Indios de América, realizado en Vicam, Sonora, que nos advierten y previenen. Sabemos y entendemos que piensen que sólo pasan cosas si los medios o un medio específico las informan. Les comunico que no es así, ya tiene tiempo que ocurren muchas cosas que son calladas o ignoradas. Entendemos que nuestras posiciones no sean recibidas con la misma apertura y tolerancia que hace años. Entendemos que se apoye y publicite una visión y una posición políticas y se le haga “casita” para dejar fuera cualquier cuestionamiento o posición disidente. Entendemos también que para algunos medios sólo seamos noticia cuando estamos matando o muriendo, pero, al menos por ahora, preferimos que se queden sin sus notas, y nosotros tratar de seguir adelante en consolidar el esfuerzo civil y pacífico de lo que todavía se llama La Otra Campaña, y, al mismo tiempo, estar preparados para resistir, solos, la reactivación de las agresiones en nuestra contra, sea con ejército, policías o paramilitares.

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Quienes hemos hecho la guerra sabemos reconocer los caminos por los que se prepara y acerca. Las señales de guerra en el horizonte son claras. La guerra, como el miedo, también tiene olor. Y ahora se empieza ya a respirar su fétido olor en nuestras tierras. En palabras de Naomi Klein, debemos prepararnos para el shock. Por lo demás, en estos dos años que hemos estado fuera, nuestra producción teórica, reflexiva y analítica ha sido más abundante que en los 12 años anteriores. El hecho de que no se hayan conocido en los medios públicos habituales, no significa que no existan. Ahí están nuestros planteamientos, por si a alguien le interesa discutirlos, cuestionarlos o confrontarlos con lo que ahora ocurre en el mundo y en nuestro país. Tal vez, si se asoman un poco, verán ahí, como advertencia, lo que hoy es realidad. En fin, así está. Tal vez ahora se entienda el tono como de “ahí les encargo” que han tenido nuestras participaciones. Cuando las zapatistas, los zapatistas hablamos, ponemos por delante el rojo corazón que en colectivo latimos. Entender lo que decimos, hacemos y haremos, es imposible si no se siente nuestra palabra. Yo sé que los sentimientos no tienen cabida en la teoría, cuando menos en la que ahora anda a los tropiezos. Que es muy difícil sentir con la cabeza y pensar con el corazón. Que no son menores las masturbaciones teóricas que el plantear esta posibilidad ha creado, y que los estantes de librerías y bibliotecas están llenos de intentos fallidos o ridículos de esto que les digo. Lo sabemos y entendemos. Pero insistimos en que el planteamiento es correcto, lo incorrecto es el lugar en el que se está queriendo resolver.

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Porque para nosotros, nosotras las zapatistas, el problema teórico es un problema práctico. No se trata de promover el pragmatismo o de volver a los orígenes del empirismo, sino de señalar claramente que las teorías no sólo no deben aislarse de la realidad, sino deben buscar en ella los mazos que a veces son necesarios cuando se encuentra un callejón sin salida conceptual. Las teorías redondas, completas, acabadas, coherentes, están bien para presentar examen profesional o para ganar premios, pero suelen hacerse añicos con el primer ventarrón de la realidad. Hemos escuchado en esta mesa luces y destellos que, a nosotras, a nosotros los zapatistas, nos dan aliento y respiro. Esa mezcla explosiva de conocimiento hecho sentimiento con el que nos deslumbró y conmovió John Berger; El cuestionamiento lúcido y sin concesiones de Jean Robert; El análisis concreto e implacable de Sergio Rodríguez; La serena claridad de las reflexiones de François Houtart; La honesta historia de lo que pasó y pasará con un movimiento que nosotros no sólo respetamos, también admiramos, el del MST, contada por el compañero Ricardo Gebrim; El pensamiento rico y abarcante de Jorge Alonso; La entusiasta descripción de Peter Roset; La brillante referencia que Gilberto Valdés hizo de las discusiones teóricas que se dan ahora en la Cuba revolucionaria; Las provechosas provocaciones teóricas de Gustavo Esteva; La noble lucidez de Sylvia Marcos; Los avances teórico-analíticos de Carlos Aguirre Rojas; Las luces de largo aliento de Immanuel Wallerstein; y hace unos momentos, la sapiencia hermana y compañera de Don Pablo, y la inquietante iluminación que sobre el cinismo capitalista pone Naomí Klein. Saludamos también a las compañeras y compañeros que moderaron las sesiones de este coloquio.

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Mis respetos a quienes trabajaron en la traducción de las presentaciones, y mis disculpas sinceras por los problemas que les hayan provocado los “modos” del hablar zapatista del señor Búho, Diciembre, la Magdalena y Elías Contreras. Hay, sin embargo, algo más que no se ve que está, porque se ve lo que hace. Me refiero a las compañeras y compañeros que les decimos sonideros y luminosos, y, sobre todo, a todas las jóvenes y los jóvenes indígenas que estudian y trabajan aquí en el CIDECI con el Doctor Raymundo Sánchez Barraza. Ya que hemos hablado de la mirada, creo que lo menos que podemos hacer es no sólo ver su trabajo (fundamentalmente son quienes han hecho posible este coloquio), también verlos a ellos y a ellas. Gracias también, y muy especiales y cariñosas al equipo de apoyo de la Comisión Sexta del EZLN. Gracias Julio. Gracias Roger. Yo sé que están extrañados de que esté diciendo esto, siendo que todavía falta el homenaje a Andrés Aubry de mañana y la declaración-acertijo de su doctorado. Para esto, mediando el día de mañana, llegarán mis jefas y jefes del Comité Clandestino Revolucionario Indígena de la zona Altos, junto con autoridades autónomas y comisiones de trabajo de la Junta de Buen Gobierno de Oventik. Ellas y ellos tendrán entonces nuestra palabra y, como ahora por la mía, por su voz hablaremos los todos que somos. Como última parte de nuestra extendida intervención en este coloquio, quisiera explicar lo que queremos señalar con el título general, eso de “Ni el centro, ni la periferia”. Nosotros pensamos que no se trata sólo de evitar las trampas y concepciones, teóricas y analíticas en este caso, que el centro pone e impone a la periferia. Tampoco se trata de invertir y ahora cambiar el centro gravitacional a la periferia, para de ahí “irradiar” al centro.

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Creemos, en cambio, que esa otra teoría, algunos de cuyos trazos generales se han presentado aquí, debe romper también con esa lógica de centro y periferia, anclarse en las realidades que irrumpen, que emergen, y abrir nuevos caminos. Si es que este tipo de encuentros se repite, creo que estarán de acuerdo conmigo que la presencia de movimientos antisistémicos, como ahora el del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, son particularmente enriquecedores. Bueno, creo que es todo. ¡Ah!, antes de que se me pase: ahí les encargo. Muchas gracias a todas, a todos. Subcomandante Insurgente Marcos. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México. Diciembre del 2007.

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