Luis Valdez Castellanos, SJ. Plenitud sacerdotal

Luis Valdez Castellanos, SJ Plenitud sacerdotal Plenitud sacerdotal Luis Valdez Castellanos Primera edición: julio 2015 Hecho en México Con las de

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Luis Valdez Castellanos, SJ

Plenitud sacerdotal

Plenitud sacerdotal Luis Valdez Castellanos

Primera edición: julio 2015 Hecho en México Con las debidas licencias

Derechos © reservados a favor de: Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Orozco y Berra 180 • Santa María la Ribera Apartado Postal M-2181 • Código Postal 06000, México, D. F. Teléfono: 5546 4500, extensiones: 511 a 514, 516-517. Diseño de cubierta: Buena Prensa

Índice Introducción 7 Capítulo I Una espiritualidad para la vida del sacerdote 13 1. El Reino de Dios, lo más importante para el sacerdocio............14 2. Para entender mejor el Reino...................................................... 21 3. Jesús, un modelo de sacerdote diferente.................................... 23 4. La encarnación, un modo de ser y amar..................................... 30 5. ¿Qué se entiende por espiritualidad?.......................................... 33 6. La dimensión de la gratuidad...................................................... 35 7. Una oración diferente, más profunda y disfrutable................... 37 8. Dios y nuestra felicidad................................................................ 49 9. Nuestra relación con Jesús como varones.................................. 57 10. El aporte de los sentimientos para la espiritualidad.................. 64 Capítulo II Nuestras historias, nuestras infancias 69 1. Las heridas de la infancia................................................................69 2. Los mecanismos de defensa.......................................................... 76 3. Aprender a desaprender................................................................ 78 4. La sombra........................................................................................ 88 5. El perfeccionismo........................................................................... 95

Capítulo III La autoestima en el sacerdote 105 1. La autoestima baja........................................................................... 106 2. Caminar hacia una buena estima................................................. 112 3. Los beneficios de trabajar la autoestima...................................... 114 Capítulo IV La afectividad y sexualidad en los sacerdotes 137 1. Buenas noticias en la sexualidad.................................................... 139 2. Visión integral de la sexualidad..................................................... 150 3. El cuerpo del sacerdote.................................................................. 167 4. La afectividad masculina............................................................... 180 5. La manera masculina de ver y actuar en la vida.......................... 191 6. La relación con la mujer................................................................. 198 7. La orientación sexual..................................................................... 203 8. Castidad, celibato, genitalidad...................................................... 216 9. La pederastia................................................................................... 235 Capítulo V Imagen sacerdotal y algunas consecuencias 239 1. Fantasía sagrada.............................................................................. 239 2. El ego o el mal espíritu................................................................... 242 3. El pecado en los sacerdotes........................................................... 247 4. La relación con el dinero y las cosas............................................. 265 5. La relación con el poder................................................................. 273 6. El activismo sacerdotal................................................................... 275

Capítulo VI El sacerdote y la soledad 279 1. Definiciones de soledad.................................................................. 280 2. El origen de la soledad................................................................... 283 3. Lo negativo de la soledad............................................................... 284 4. La soledad como amiga................................................................. 286 5. La soledad en las distintas etapas de la vida................................ 290 6. Ayudas para una soledad fecunda................................................ 293 Capítulo VII Sugerencias pastorales 297 1. Nuestra relación con los laicos.......................................................297 2. Encuentros seguros........................................................................ 300 3. Ayudas para el sacramento de la reconciliación.......................... 304 4. El abuso espiritual.......................................................................... 308 5. Autoridad vs autoritarismo............................................................ 310 6. Pedagogía del castigo..................................................................... 316 7. Algunas experiencias de homilías................................................. 321 Anexos 325 El examen de conciencia. Examen del día........................................325 Dinámicas sexuales en las relaciones pastorales............................. 326 Nuestra historia psicosexual.............................................................. 338 Siempre serán nuestros hijos............................................................ 345 Bibliografía 369

Introducción Hace tiempo me contaron un proverbio chino que me ayudó mucho a cambiar mi manera de pensar. El proverbio dice: “Cuando el alumno está listo, el maestro aparece”. Durante años creí que el aprendizaje dependía principalmente del maestro y de su alta capacitación. Sin negar que los conocimientos ayudan, este proverbio cambia el sujeto del aprendizaje al alumno. Aunque estuviera leyendo un libro de alguien con varios doctorados, si pienso que ya sé bastante sobre el tema, entonces no habrá aprendizaje. Si estoy cerrado no aprendo y, al contrario, si estoy abierto, aprenderé incluso de personas que no tienen escolaridad. En mi experiencia de trabajo en parroquias populares estoy muy agradecido por lo que muchas mujeres y hombres con un mínimo de escolaridad me han enseñado sobre la vida, sobre la fe, sobre Dios. Si un papá está abierto, entonces sus propios hijos se convierten en sus maestros. Para un sacerdote, si está abierto, los laicos se convierten en sus maestros. Esto me parece esencial con este libro. El aprendizaje principal lo harás tú, al revisar tu sacerdocio, tu vida, al ser tocado por alguna de mis experiencias o frases. Con este texto tú eres el protagonista del aprendizaje. Te invito a ensanchar tu apertura y, así, encontrarás muchos regalos y tesoros, que en parte están ya en ti por la gracia de Dios. . 7 .

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Considero que estamos ante un cambio de época importante en la Iglesia. El valor de la figura sacerdotal ha cambiado, y en muchos caso va a la baja. Antes, en los años setenta, ser sacerdote era un privilegio, daba estatus, y causaba atracción. Ahora, ya no es lo mismo. Los escándalos de un buen número de sacerdotes a nivel internacional y nacional nos hablan de que su conducta dista mucho de estar acorde con el evangelio, y más bien habla de hombres de barro con muchas carencias. Ya hay muchos jóvenes que por este antitestimonio y por el celibato obligado deciden optar por seguir a Jesús desde el matrimonio. Aunque se han mejorado los programas de formación en los seminarios, muchos seminaristas no siempre cuentan con los recursos necesarios para enfrentar la complejidad de la vida sacerdotal. No sólo me refiero a la sexualidad, sino al conjunto del ministerio en general. Faltan muchos sacerdotes para brindar una atención básica a los millones de católicos en México y el mundo1; se han creado muchas nuevas parroquias; el avance de las sectas es constante; la vida presbiteral no siempre es fraterna; la relación con los obispos sigue siendo un reto, etcétera. Se deja mucho a la capacidad personal del seminarista. Por muchos años los obispos esperaban que sus sacerdotes rezaran mucho para que no se metieran en líos de faldas, y existían demasiadas expectativas sobre la vida espiritual para que ésta respondiera a los múltiples problemas de los sacerdotes. En general, se ha insistido más en la formación espiritual que en la humana. Se quieren sacerdotes muy divinos, pero no les dan las instrucciones para ser humanos y entonces se ahogan en los pantanos. 1

Según las estadísticas del Vaticano del 31 de diciembre de 2011, el número total de sacerdotes en el mundo ha alcanzando una cuota de 413.418. El número de los obispos en el mundo es de 5.132. ¿Qué significa esta cantidad ante los mil millones de católicos en el mundo? Es impresionante la desproporción.

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Introducción

La relación obispo-sacerdote no siempre ha sido la más cordial, con contadas excepciones. El obispo suele ser visto como una persona distante, autoritaria, sin mucha comprensión, y se extraña el que sea más cercano a los pastores y a sus ovejas. Probablemente los cambios que vivimos a nivel mundial y a nivel eclesial son una oportunidad de repensar muchas cosas respecto al sacerdocio. Los laicos necesitan y piden una espiritualidad para nutrirse y el sacerdote no siempre es capaz de ofrecerla porque a veces él mismo no vive una profundidad espiritual. Celebrar los sacramentos no basta, pues a veces se hace con prisas y de una manera mecánica que no llena a los laicos. ¿Qué tan felices son los sacerdotes como para dar vida a sus feligreses y atraer a los jóvenes al sacerdocio? Con mis aprendizajes y experiencias quiero contribuir a que sea una realidad el que haya sacerdotes contentos, con un testimonio de fidelidad a Jesús y su proyecto. En el capítulo cuarto comparto mis descubrimientos sobre la sexualidad y la vida afectiva, que cambiaron mucho mi vida y mi sacerdocio. Antes la viví más como una carga y un amontonamiento de culpas, y ahora, me permite dar y recibir cariño, ayudar a otras personas a no tenerle miedo y a descubrir que es un regalo de Dios. Sigo con tareas importantes en el celibato y en mi afectividad, pero ya tengo otra perspectiva para enfrentarlas. El capítulo de la sexualidad y la afectividad es el más complejo y largo, pero encontrarás muchas ayudas. Algunos sacerdotes actuales se parecen más a los fariseos que al mismo Jesús, ya que cuidan demasiado su imagen sagrada y aparentan cumplir las normas. Están más interesado en el cumplimiento de las leyes que en el amor. Ser libres y no dar culto a la imagen sacerdotal es un gran beneficio que nos hará experimentar el amor de Dios de manera distinta, . 9 .

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pues Dios nos ama así como somos, sin caretas, y no como deberíamos ser. Animarnos a quitarnos la máscara sagrada nos permitirá sentir más cercanía con las personas, como la que experimentó Jesús con sus contemporáneos. Esto lo verás en el capítulo cinco. Aunque es un tema de corte psicológico, la autoestima es un punto central en nuestro sacerdocio, pues al trabajar nuestra estima, mejorará notablemente nuestra calidad de vida y nuestro servicio sacerdotal será más ligero, más placentero y más fecundo. Lo que he conocido en torno a la soledad podrá servir para vivir un celibato con más dignidad y con menos compensaciones. Ella tiene también una cara positiva y nos hace capaces de amar y ser más libres. No toda soledad es dolorosa, y bien vivida es la condición de posibilidad de encontrarnos de manera profunda y amorosa, con Aquel que nos amó y se entregó por nosotros (Gál 1, 20). Nuestro corazón, con la soledad, experimentará una sensación de ser propiedad única e irrepetible de él. Si no somos tan felices es probable que sea porque no nos conocemos a fondo y no hemos descubierto nuestro manantial interior, ni nuestras huellas de la infancia. No somos ángeles, sino hombres de barro y, si reconocemos lo que vivimos en la infancia, podremos encontrar caminos de libertad y plenitud. Se dice que infancia es destino, y en parte es verdad y en parte no. En el segundo capítulo encontrarás el por qué de muchas de tus actitudes actuales de adulto. A lo largo del libro te comparto mi espiritualidad y experiencias concretas que me han ayudado a abrirme más a la acción de Dios en mi vida y en mi historia. La espiritualidad no se trata de fórmulas o ideas rígidas, sino de flexibilidad, tal como le dijo Jesús a Nicodemo: el Espíritu no sabemos de dónde viene ni adónde va. No tiene ruta prefijada sino que . 10 .

Introducción

Dios va dirigiendo la historia, acomodándose a nuestra libertad para colaborar con él o no. También la espiritualidad tiene, además de la dimensión activa (hacer cosas), la dimensión pasiva que, en nuestro caso es quizá, más importante porque se trata de no estorbarle a Dios, de dejarlo que nos moldee a su gusto, es ser la arcilla en manos del alfarero… También comparto algunas ayudas pastorales en relación con el uso del dinero, con la autoridad, con la mujer, con el poder, etcétera. Soy consciente de que lo que escribo en este libro no es “la verdad” sino que simplemente es “mi” verdad. Esto no quiere decir que no haya habido trabajo científico, de investigación y reflexión. Lo que digo aquí tiene mucho que ver con mi experiencia y la reflexión sobre ella; que es muy subjetiva, pero no por eso no es verdadera. Es algo limitado, no universal, pero considero que valioso. Y aunque he crecido y madurado, me enfrento con la necesidad de seguir aprendiendo, de reconocer mis errores, de pedir ayuda, de confesar mis pecados y de abrirme constantemente a la gracia de Dios expresada en la ayuda de las personas. Constato que la persona humana nunca termina sus tareas en la vida, que es tan rica que siempre tiene futuro. Mi deseo de corazón es colaborar contigo para que vivas un sacerdocio más pleno, humano/divino, fecundo y feliz.

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I Una espiritualidad para la vida del sacerdote De entrada, me parece importante dejar claro cuál es el Dios en el que creo con base en mi experiencia de muchos años: creo en un Dios cuya esencia es el amor, y que no puede hacer otra cosa más que amar y amarnos. Sé que esta verdad nos fue revelada a través de la persona de Jesucristo. Él nos reveló que, de Dios solo viene el amor, la misericordia, la curación, la paz, el encuentro que ayuda a crecer, la solidaridad, la incorporación a la sociedad, y la ayuda para enfrentar el mal ahí donde se presente. Que el Padre tiene una justicia recreativa (vuelve a crearnos después de caer en el pecado, como un alfarero) que nos da mucho más de lo que merecemos y no la justicia distributiva que da a cada quien lo que merece. Recomiendo leer la parábola de Jesús donde Dios paga más de lo que correspondía a los que llegaron a trabajar ya al atardecer (Mt 20, 1-16). En las tres parábolas del capítulo 15 de san Lucas, Jesús nos dice vehementemente que Dios no está dispuesto a perdernos así nada más. Nos busca incansablemente. . 13 .

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Para humanizarnos y ser buenos sacerdotes, es muy importante ver en Jesús no sólo su divinidad, sino descubrirlo como verdadero hombre –no como varón machista– que aprendió a vivir y a relacionarse con Dios como todo ser humano. Verlo como una persona confiable, como el amigo capaz de ayudar a crecer en nuestra capacidad de relacionarnos y amar a los demás. Que nos considera capaces y por eso no nos hace nuestras tareas. Finalmente, saber que Dios no es sólo varón sino que también contiene lo femenino. El Papa Juan Pablo I dijo en uno de sus pocos sermones: “Dios es un padre, más que eso, Dios es una madre. La teología reciente nos habla de un Dios que integra lo femenino y lo masculino ya que ambos son riqueza”2.

1. El Reino de Dios, lo más importante para el sacerdocio y la vida cristiana Los recientes estudios cristológicos han rescatado algo que me parece fundamental respecto del cristianismo y de la Iglesia católica: la importancia que Jesús le dio al Reinado de Dios en la tierra. Especialmente J. A. Pagola3 nos recuerda que Jesús más que hablar de Dios, hablaba del proyecto de Dios para la humanidad: una vida más humana, más buena, más sana, más gozosa para todos, empezando de los últimos. Esto se debe a que Dios es compasión. Jesús dice: sean compasivos como el Padre celestial. Si somos misericordiosos nos pareceremos a Dios. La compasión puede hacer a nuestra Iglesia más humana y más creíble. Durante muchos años comprendí la llamada que me hizo Jesús a colaborar con él para construir el Reino como una obligación, como un compromiso que venía de fuera. 2

3

Mc Fague, Sallie: Modelos de Dios, Santander: Sal Terrae, Colección Presencia teológica, n. 76, 1994. Pagola, José Antonio, Jesús. Una aproximación histórica, Madrid: PPC, 2007.

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El siguiente texto me ayudó a descubrir que ese Reino está dentro de mí y no es una obligación, sino que es un deseo profundo que está en mi corazón. Por eso te lo comparto:

Carta de Jesús a la Virgen María4 “Querida mamá: Cuando te despiertes, yo ya me habré ido. He querido ahorrarte despedidas. Ya has sufrido bastante y lo que sufrirás, María. Ahora es de noche, mientras te escribo. El gato me mira como diciendo “¿es que no va a poder uno dormir en esta casa nunca?”. Quiero decirte por qué me voy, por qué te dejo, por qué no me quedo en el taller haciendo marcos para las puertas y enderezando sillas el resto de mi vida. Durante treinta años he observado a la gente de nuestro pueblo y he intentado comprender para qué vivían, para qué se levantaban cada mañana y con qué esperanza se dormían todas las noches. Juan, el de la panadería, y con él la mitad de Nazaret, sueñan con hacerse ricos y creen de verdad que cuantas más cosas tengan, más completos van a ser. El alcalde y los otros ponen el sentido de sus vidas en conseguir más poder, ser obedecidos por más gente, tener capacidad para disponer del futuro de los otros hombres. El rabino y sus beatas se han rendido ya de todo lo que signifique esforzarse por crecer y se disculpan haciéndolo pasar por voluntad de Dios. El resultado es que la mayoría de los días son grises, las soledades demasiado grandes para ser soportadas por hombros normales, la amargura habitual de casa, las alegrías cortas y poco alegres. 4

Cortés, José Luis, Un Señor como Dios manda, Madrid: Ed. PPC, 1979.

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A veces, madre, cuando llegaba el cartero y sonaba la trompetilla en la plaza del pueblo, cuando la gente acudía corriendo alrededor, yo me fijaba en esas caras que esperaban ansiosamente, delirantemente, de cualquier parte y con cualquier remitente, una buena noticia: ¡Hubieran dado la mitad de sus vidas porque alguien les hubiera abierto, desde fuera, un boquete en el cascarón! Me venían ganas de ponerme en medio y gritarles: ¡La noticia buena ya ha llegado! ¡El Reino de Dios está dentro de ustedes! ¡Las mejores cartas les van a llegar de dentro! ¿Por qué se repiten que están cojos si resulta que Dios les ha dado piernas de gacela? Yo me siento prendido por la plenitud de la vida, María. Yo me descubro encendido en un fuego que me lleva y me hace contarles a los hombres noticias simples y hermosas que ningún periódico dice nunca. Y quisiera quemar al mundo con esta llama; que en todos los rincones hubiera vida, pero vida en abundancia. Ya sé que soy un carpintero sin bachillerato y que apenas he cumplido la edad de poder abrir los labios en público. No me importaría esperar más, pensarlo más, ser más maduro... pero esta tarde me he enterado de que han detenido a mi primo Juan, que bautizaba en el río Jordán. ¿Quién alentará ahora la chispita de esperanza que aún humea en el corazón de los pobres? ¿Quién gritará lo que Dios quiere en medio de tantos gritos que no quieren a Dios? ¿Quién jurará a los sencillos y a los cansados que tienen derecho a vivir porque son queridos desde el principio del universo? Hay demasiada infelicidad, mamá, como para que yo me contente con fabricar sillas para unos pocos... demasiados ciegos, demasiados pobres, demasiada gente para quien el mundo es la blasfemia de Dios. No se puede creer en Dios en un mundo donde los hombres mueren y no son felices... a menos que se esté del lado de los que dan su vida para que . 16 .

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todo eso no siga sucediendo; para que el mundo sea como Dios lo pensó. Si te he de decir la verdad, no tengo nada claro qué es lo que voy a hacer. Sé por dónde empezar. No sé dónde terminaremos. Por lo pronto me voy a Cafarnaúm, a la orilla del lago, donde hay más gente y lo que pase tendrá más resonancia. Está amaneciendo. Te escribiré. Te vendré a ver de vez en cuando. Las vecinas, el gato, las estrellas del cielo y Dios Nuestro Señor te harán compañía en esa ola inmensa de convivencia fraterna con la naturaleza que los hombres no son capaces de descubrir. Y cuando hagamos ese pequeño grupo de gente que viva como estamos hechos para hacerlo, podrás venirte con nosotros, llena de flores, llena de ritmo, bendita entre todas las niñas de Israel, que me diste en fruto a mí, tu Jesús”. Fue para mí una buena noticia saber que en mi corazón están los mismos deseos de Jesús de que el mundo sea diferente, con más justicia, con menos sufrimiento, con más felicidad, con más compartir entre todos. Y es un deseo profundo que está dentro de mí. Ya no lo siento como un mandamiento, un imperativo ético, sino un deseo, algo que yo quiero. Jesús relaciona a Dios y al Reino más con la vida de la gente que con el culto o la religión. Jesús, si entraba en la sinagoga y estaban preparando la liturgia y veía a un paralítico, suspendía todo y preguntaba “qué hacemos”. Entonces lo curaba, pues lo primero es la vida. Nos dice que si estamos en conflicto unos con otros, hay que suspender la liturgia y salir a reconciliarse para hacer una vida más justa y luego volver al templo a celebrar el triunfo del perdón y la fraternidad. A Jesús le importa mucho más el sufrimiento de las personas que la liturgia. Para él, el pecado mayor es introducir sufrimiento en el mundo, o no hacer nada para evitarlo. Jesús veía el pecado reflejado en el sufrimiento de las personas. . 17 .

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Puede ser una tentación para muchos creyentes centrarse más en el culto (que es más fácil hacerlo), que en colaborar para el Reino, que implica a veces entrar en conflicto como Jesús. Los sacerdotes, con frecuencia, nos refugiamos en la administración de los sacramentos y dejamos, un tanto de lado, lo que Jesús nos pide para que el pueblo tenga una vida integral y no sólo espiritual. Jesús sorprendió a todos con esta declaración: “El Reino de Dios ya ha llegado”. Ante todos los signos en contra de esta afirmación, su seguridad tuvo que causar un verdadero impacto. Jesús invita a creer en esta buena noticia. La acogida del Reino comienza en el interior de las personas en forma de fe en Jesús, pero se realiza en la vida de los pueblos, y no hay que entenderlo como algo privado y espiritual. La llegada de Dios es algo bueno, pues no viene a defender sus derechos y a tomar cuentas a quienes no cumplen sus mandamientos. No llega a imponer su dominio religioso. Lo que le preocupa es liberar a la gente de cuanto la deshumaniza y la hace sufrir. Los escritores apocalípticos sabían muy bien que la maldad nace del corazón de cada individuo, pero luego toma cuerpo en la sociedad, las leyes y las costumbres para terminar corrompiendo todo. En ese ambiente apocalíptico Jesús anuncia que Dios ha comenzado a invadir el reino de Satán y a destruir su poder. Ha empezado el combate decisivo. Dios viene a destruir, no a las personas, sino el mal que está en la raíz de todo. Jesús ve que el mal empieza a ser derrotado. El enemigo a combatir es Satán, nadie más (romanos, pecadores, etcétera). Dios es el antimal. Por eso Jesús ya no habla de la ira de Dios, sino de su compasión. Lo primero para Jesús es la vida de la gente. No cura para probar su mensaje o reafirmar su autoridad. Cura movido . 18 .

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por la compasión para que los enfermos experimenten que Dios quiere para todos una vida más sana. Nunca pensó los milagros como una fórmula mágica para suprimir el sufrimiento en el mundo, sino como un signo para indicar la dirección en la que hay que actuar. Cuando curaba a los leprosos, estos podían reintegrarse a la sociedad y a sus familias; cuando defendía la dignidad de la mujer y la ponía en el mismo nivel que el hombre; cuando invitaba al publicano, al pecador reconocido a formar parte de su comunidad; cuando exhortaba a las personas a no juzgar o condenar a los demás; cuando convivía con los habitantes de Cafarnaúm en la taberna y los trataba como amigos, Jesús estaba, en lenguaje actual, recomponiendo el tejido social. Y los sacerdotes tenemos muchas oportunidades en las parroquias de hacer lo mismo en este tiempo de tanta violencia y separación en las personas. La sociedad actual se está rompiendo y con nuestro ministerio podemos ser facilitadores de la fraternidad con toda nuestra pastoral. Jesús tuvo que enseñarle a la gente a captar la presencia salvadora de Dios de otra manera (no espectacular), y comenzó sugiriendo que la vida es más que lo que se ve. No un árbol de cedro sino una semilla de mostaza, que germina con una fuerza propia independiente del sembrador. Es un regalo de Dios que supera los afanes humanos. Para acoger el Reino no es necesario marchar al desierto, encerrarse en la observancia de la ley, ni en levantamientos violentos contra Roma, no hay que potenciar la religión del templo. Lo que hay que hacer es introducir en la vida de todos la compasión como la de Dios, la preocupación por los perdidos y la alegría por recuperarlos. Aprender a mirar de otra manera a esas personas extraviadas que casi todos desprecian. El Reino también tiene una dimensión lúdica, de alegría, pues al realizarse el amor, la convivencia, la ayuda mutua, el . 19 .

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corazón quiere hacer fiesta. Y Jesús dice que el Reino es como un banquete de bodas donde hay música, vino, comida en abundancia, amistad, cariño, compañía, comunión. Es la felicidad de los pequeños detalles, es el sentimiento de ser hermano de todas las personas, es la certeza del triunfo de la vida sobre la muerte. El Reino así es un tesoro por el cual podemos vender otros satisfactores menores que los disfrutamos y nos entretienen un rato pero luego nos dejan vacíos. El Reino es el perdón que reconcilia y vuelve a hermanar, que reconstruye el puente que se había roto en la relación entre personas. Así entenderemos que la vocación de la Iglesia es cooperar para construir ese Reino y vivir como Dios quiere que vivamos. La Iglesia, como todos nosotros, está en función de su colaboración con el Reino. Quiero recuperar algunas frases del Papa Francisco5, que aclaran y profundizan en esta misión evangelizadora de la Iglesia: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con él, siempre nace y renace la alegría (n. 1). La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús: Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que les he mandado (n. 19). Todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas la periferias que necesitan la luz del Evangelio (n. 20). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo (n. 24). Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas 5

Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 2013.

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que se intenta imponer a fuerza de insistencia sino que el anuncio se concentra en lo esencial, en la misericordia que es la mayor de todas las virtudes (nn. 35 y 37)”.

2. Para entender mejor el Reino Para confirmar la preeminencia del Reino en el cristianismo puede ayudar conocer la distinción que existe entre éste y las demás religiones y el humanismo6. El cristianismo es diferente a las demás religiones porque éstas ponen a Dios en el centro, mientras que el cristianismo pone en el centro a la persona (el hombre). Es el escándalo y la inversión revolucionaria que presenta Jesús por la encarnación: Dios está en el Hombre (Jesús) y en los hombres. La persona es el sacramento donde encontramos a Dios. Y para confirmar esto, Jesús propone la parábola del juicio final, en la cual dice que lo que hicimos a cualquier persona, especialmente a las que sufren, se lo hacemos a Dios. Y lo que dejamos de hacer a las personas, lo dejamos de hacer a Dios. Y aquí entra la gracia: esta centralidad del hombre en el cristianismo es porque así lo quiso Dios. No es por el hombre mismo sino por un regalo divino. Y en esto es diferente el cristianismo a todo humanismo que pone al hombre en el centro pero por sí mismo. De tal manera quiere Dios a las personas, que nos pone en el centro y se quita él. Si tenemos algo que agradecer a Dios, él nos dice que no se lo demos a él sino al próximo, al que lo necesita. Es tan generoso que se quita él y nos pone a nosotros (1 Jn 4, 10). Vive otra lógica muy diferente a la nuestra. Así entendemos que a Jesús le importe más la persona y su salud integral, que cumplir la ley de no trabajar en sábado. 6

Esta distinción la aporta González Faus, José Ignacio en su libro La teología de cada día, Salamanca: Ed. Sígueme, 1996.

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La persona, para Dios, es lo máximo y por lo tanto deberá ser lo máximo para nosotros. También me ayudó mucho conocer la propuesta de Etienne Charpentier7 donde habla de la diferencia entre fe y religión. Entiende que en la religión primitiva el hombre necesitaba la lluvia para las siembras y como intuía que había una divinidad más poderosa que él, entonces hacía un culto para congraciarse con ella. De ahí la importancia de hacer un culto sumamente bien hecho para que le guste a la divinidad y así conceda el favor que se le pide. Si así sucede, entonces vendrá la lluvia como concesión divina ante el culto y la buena conducta del hombre. Lo importantes de esta concepción de religión es que el punto de partida de este proceso es la carencia, la necesidad de la persona. El esquema de la fe se basa en el texto del Éxodo 3.8 en donde Dios se dirige a Moisés y le hace la propuesta de liberar al pueblo de Israel de la esclavitud de los egipcios. Una vez realizada la liberación, el pueblo hace una alianza y un culto como agradecimiento a la gracia ya concedida. Aquí el culto es una acción de gracias, no un modo de comprar a la divinidad. El punto de partida es Dios que quiere ayudar al hombre. Como vemos, en los dos esquemas hay culto pero con un sentido diferente. El Reino obviamente se ubica más en el esquema de la fe, pues al Padre le ha gustado darnos el reino (Jesús) y su liberación y la persona responde con agradecimiento al regalo recibido y ya presente. No se tiene que comprar a Dios para que actúe a favor de su pueblo. Él tiene la iniciativa amorosa de reinar con el amor y la misericordia.

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Charpentier, Etienne, Para leer el Antiguo Testamento, Navarra: Verbo Divino, p. 20, 1982.

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Para visualizar mejor, pongo el esquema:

3. Jesús, un modelo de sacerdote diferente Con la distinción anterior podremos entender que el sacerdocio de Jesús no fue del tipo de los levitas ni los sacerdotes de su época que, fundamentalmente estaba referido al templo, al culto, a la liturgia y a las leyes religiosas. Vivían y actuaban en torno al templo y a las sinagogas (lugares sagrados) y desde ahí expresaban su teología y sus creencias sobre Dios. Por los datos del evangelio, podemos decir que Jesús fue un laico y actuó como tal, pues aunque enseñaba los sábados en las sinagogas, tenía una vida itinerante y su interés principal en la segunda etapa apostólica fue la formación del grupo de los Doce. Los fariseos y los escribas lo veían como un laico y por eso no le daban tanto crédito a sus palabras. La manera como vivió y, sobre todo, la entrega de su vida en la cruz, fue valorada como un acto sacerdotal de ofrenda personal, y de ahí que se le diga en la carta a los Hebreos, que es el Sumo Sacerdote. Otro elemento cuestionable del sacerdocio de la época de Jesús era el beneficio económico que generaba el culto. . 23 .

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Había distintos impuestos religiosos que toda la gente tenía que dar. Esto generó que la alta jerarquía fuera muy adinerada y se disputaran los puestos entre ellos. Esto irritó mucho a Jesús por ver la carga tan pesada que imponían, especialmente a los más pobres. Jesús vivió el sacerdocio de manera más libre, no institucional, y en contacto frecuente con los pobres. Su sacerdocio lo vivió cuando curaba; en los encuentros personales donde mostraba misericordia y no condenaba; en levantar a la mujer aplastada por el machismo de los judíos de aquella época; en suscitar esperanza en los miserables; en invitar a otro estilo de relación con Dios basado en la cercanía y en la familiaridad (Abbá) más que en la formalidad y la distancia; en lavarle los pies a los discípulos como símbolo del servicio humilde y constante a los demás sin mostrar privilegios ni pretensiones de grandeza; en la predicación de la buena noticia de que Dios quiere lo mejor para todos; en incorporar a su comunidad a gente tan diversa (en conductas, en ideas, en tradiciones) para que ya entre ellos vivieran al estilo del Reino; en dar su amor a los pequeños y a los niños; en explicar el sentido más profundo de la vida… En el fondo a través de su entrega amorosa. En la carta a los hebreos se habla sobre el sacerdocio de Jesús y ahí nos presentan que Jesús fue una persona sin privilegios divinos y que tuvo que aprender a vivir de la fe, la cual implica oscuridad, y en término de juegos de cartas, no ver el juego de su compañero Dios. También por ser sacerdote compartió los sufrimientos de las personas y por eso no se hizo rígido, insensible, autoritario, sino alguien cercano, sensible y fraterno. Vivió el sacerdocio principalmente como la entrega de su vida, poco a poco, hasta llegar a darla definitivamente en una muerte cruel e injusta. Es la entrega de la propia vida, la que hace dar vida a los demás, . 24 .

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como el grano de trigo. Es lo que se entiende como sacrificio en el nuevo testamento en donde la ofrenda no es algo externo, un animal, sino la persona de Jesús. Es el Sumo Sacerdote por esa entrega tan generosa y fecunda. En la misma carta a los hebreros se habla de que no se ahorró ningún aprendizaje sino que pasó por muchas pruebas y tentaciones y así aprendió a obedecer la voluntad de su Padre. Esto nos dice que Jesús tenía siempre presente a su Padre como centro de su vida. En él descubría y experimentaba la compasión y el amor total y por ello Jesús era compasivo y misericordioso. Jesús buscaba querer lo que su Padre quería. Así se unían las dos voluntades y era una sola. Es un aprendizaje que también nosotros vivimos con el discernimiento de espíritus. Es congruente en la carta a los hebreos que Jesús siendo de condición divina no se aferró a los privilegios sino que se despojó de ellos y vivió como tal. Por eso pudo ser y es tan cercano a cualquier persona. Además de la carta a los hebreos hay un texto que me parece que colorea y define también la espiritualidad de Jesús, es el texto de la carta a los Filipenses (2, 5-9). Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y la muerte en una cruz. San Pablo describe el anonadamiento (hacerse nada) de Jesús como una actitud de vida y nos lo presenta como modelo a seguir. Pide que tengamos ese sentimiento de humildad de Jesús que no favorece la imagen, el ego, los privilegios. Jesús no se aferró al bienestar, a los privilegios sino que se despojó de ellos. Y esto marca su vida de tal manera que . 25 .

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las personas que lo tratan no lo ven como potentado, sino como alguien “común y corriente”, como decimos. Pudiendo pedir un trato especial, no lo hizo. Narro ahora una experiencia que me ayudó mucho. Leí un artículo del padre Darío Mollá, titulado “Cristianos a la intemperie. Encontrar a Dios en la vida”8 y me llamaron la atención algunas de sus propuestas para encontrarnos con Dios en la vida cotidiana. Sugería que hiciéramos fila o cola más seguido, sin esperar encontrar a un conocido que nos hiciera entrar inmediatamente. Y mencionaba que Jesús hizo cola en el río Jordán (junto a los pecadores) para bautizarse y ahí tuvo una experiencia importante del Espíritu de Dios. Al hacer cola, Jesús perdía su imagen de bueno y perdía el tiempo. Y otra sugerencia era que si se tenía automóvil, una vez por semana usáramos el camión. Así lo hice y descubrí cosas nuevas y diferentes. Por lo pronto vi rostros que cuando voy solo en el coche no veo, y en esas personas pude descubrir rasgos de Dios. Por supuesto que tardaba más tiempo en llegar a mi oficina, pero eso mismo me hacía relativizar tanta eficacia, tanto aprovechamiento y tanta utilidad. Además, hay una sensación nueva de no privilegio, de ser uno de tantos, de no darme importancia, de experimentar lo que miles y miles de personas experimentan todos los días varias horas. En definitiva, hacer cola y usar el transporte público es una experiencia donde fácilmente puedo encontrar a Dios. La espiritualidad de Jesús está marcada por esta humildad del que no tiene, del que no acapara. Además, no se hizo un hombre especial sino uno de tantos, más aún, Pablo dice que se hizo esclavo o servidor de las personas. Recuerdo el título del libro del que fue obispo de Evreaux 8

EIDES, n. 47, Cristianismo y Justicia.

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en Francia: “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”9. Es una espiritualidad que lo lleva al servicio, a lavar los pies como el esclavo lo hacía. La espiritualidad de Jesús lo impulsa a ubicarse, libre y voluntariamente, en los últimos lugares, en el anonimato, en la sencillez. Lo libera de las ansias de la apariencia y la importancia en la sociedad. También lo impulsa a tratar con gente que la sociedad cataloga como marginales, la clase baja, los pobres. No le da pena convivir con ellos ni tratarlos con dignidad, respeto y cariño. No siente que se está perjudicando por relacionarse con ellos, pues se vive él mismo como alguien sin importancia. El texto también nos habla de que Jesús tuvo que aprender a enfrentar y vivir todo lo humano, incluso la misma muerte. No por ser el Hijo de Dios pidió ahorrarse la muerte, el fracaso y la entrega generosa de su vida. Además, no tuvo una muerte tranquila, en cama, sino cruel e injusta en medio de una soledad terrible, con la sensación fuerte de abandonado por Dios. Ahí en la cruz se quedó sin Dios (la máxima pobreza), quien había sido todo para él, y murió en un acto de fe inmensa que le permitió confiar a pesar de no sentir el amor y la cercanía de su Padre. Podría ayudar ver el contraste de cómo la sociedad nos invita al camino contrario: lograr privilegios y aferrarnos a ellos. Ser tratados como gente especial, ser elevados a un pedestal para ser mirados por los demás. Quiero citar un texto de García Monge que habla sobre lo que le pasa a las personas que por acumular bienes se sienten arriba de los demás. Describe con mucha claridad lo que le pasa a la persona y las consecuencias negativas que resultan en tal situación. Las cosas, el dinero, la riqueza, lo que se puede adquirir, son como un pedestal sobre el que el hombre se sube para 9

Gaillot, Jacques, Santander: Sal Terrae, 1995.

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ser más importante, tener más poder, prestigio, admiración, seguridad. A medida que el pedestal se eleva, la separación con los que están a ras de tierra es mayor; el diálogo se va haciendo más difícil, casi inaudible; el otro se desdibuja en la altura o en la pequeñez; la distancia se va haciendo mayor. La fantasía del “alto” es que la altura es suya, es estatura real. Se va olvidando del pedestal y confundiendo lo que tienen con lo que es. La tragedia para la convivencia humana es que ya no hay con-vivencia. La vivencia de uno no tiene casi nada que ver con la del otro. La vida del que está en las alturas (sea del tipo que sea) ya no toca la vida del otro. De interlocutores se transforman en admiradores, envidiosos, indiferentes u odiosos. Desde el pedestal ni se oye y casi ni se ve. Como los ídolos, “tienen ojos y no ven, oídos y no oyen”. El ego hinchado deteriora primero al sí mismo y ocupa el espacio que el otro podría habitar para darle la verdadera vida. La vida exige cambio, y esta situación prácticamente no se da, porque no hay intercambio personal. El vértigo de las alturas en la escala social, la borrachera del poder, íntimamente aliada del tener, sólo tiene una dirección: acaparar más y más. La pasión del tener termina convirtiendo al “propietario” en prisionero de lo que tiene, esclavo de lo que posee. Los que le podrían liberar están demasiado lejos, en su voluntad posesiva, para ser vistos en sus rostros humanos y en su oferta de salvación. Es el arriba y abajo histórico, social. El Norte y el Sur de la geografía humana10. Como podemos apreciar, este texto tan breve pero profundo deja ver las actitudes espirituales de Jesús y marcan un rumbo en su vida. Esto le generaba una profunda libertad interior y una mejor convivencia con todas las personas. 10

García Monge, José Antonio, Tener, acaparar, poseer… Ecología del alma liberada, en Revista: Sal Terrae, n. 1031, 2000.

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Ahora comparto una experiencia que me ayudó a comprender más este texto en relación con mi propio camino espiritual. Hace tiempo me invitaron a dar una plática sobre sexualidad a unos seminaristas diocesanos. Al terminar se inició una ronda de preguntas sobre los diversos temas que traté. Y uno de los formadores me preguntó cómo podía yo unir espiritualidad y sexualidad. Al ir respondiendo. se me aclaró algo que me resultó muy luminoso y que me ha acompañado desde entonces. Comenté que mi espiritualidad durante muchos años fue muy parecida a la de muchas personas en la Iglesia que creían que si aspiraban a ser personas espirituales tenía que renunciar, de muchas maneras, a lo humano. Yo pensaba que lo espiritual tenía que distanciarse de lo humano pues en ello hay muchas pasiones, equivocaciones, defectos, etcétera. En el fondo vivía el dualismo entre espíritu y carne. Esto me hacía reprimir algunos sentimientos sexuales por considerarlos negativos, pero que luego volvían a aparecer constantemente, pues reprimir es como esconder la basura debajo de la alfombra. No desaparece, ahí está pero no la veo. A partir de muchas experiencias personales de crisis y aprendizajes, el Señor me fue enseñando que lo humano no siempre se contrapone a lo espiritual, e inclusive que primero tenía que humanizarme para empezar a ser espiritual. Por humanizarme entendía que tenía que ser una persona sin dureza de corazón, es decir, sensible y tierna; que por lo mismo tenía que aceptar todos los sentimientos sin reprimirlos, para poder manejarlos; que debería usar no sólo la cabeza, sino también mi corazón; que debería aceptar mis propias equivocaciones sin dañarme con juicios; que debía mostrar misericordia ante las fallas de los demás… Y terminé entendiendo que igual que Jesús, que asumió nuestra humanidad, así también si quería ser una persona espiritual primero debería asumir mi humanidad y la de los demás. No . 29 .

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ir en contra de lo humano, sino integrándolo en toda la vida. Aceptar mis luces y mis sombras, en conjunto, pues de todo ello se vale Dios para actuar en mí. Él no trabaja únicamente con mis partes luminosas, sino con toda mi persona. Al final mi respuesta fue que, si quiero ser una persona muy espiritual necesito primero asumir mi sexualidad, para conocerla, trabajarla y vivirla con el espíritu de Jesús. Puesto en negativo no puedo ser espiritual si reprimo y rechazo mi sexualidad como si fuera pecado. En conclusión, si queremos ser muy divinos antes tenemos que ser muy humanos, porque ese fue el camino inaugurado por Jesús.

4. La encarnación, un modo de ser y amar Como bien sabemos, la encarnación es un misterio por el cual aceptamos que Dios se encarnó, tomó carne y se hizo como nosotros. Aceptó nuestra humanidad y se hizo igual a nosotros menos en el pecado. El Dios que era invisible se vuelve visible, tangible y se relaciona con nosotros de una manera distinta a como lo hacía antes, a través de nuestros sentidos. Necesitábamos un Dios que tuviera piel y que nos abrazara. Esto mismo ya implica un amor de Dios por nosotros y por nuestra humanidad. Hay una voluntad de cercanía, de acortar distancias. Dios se hace hombre y se vuelve frágil y vulnerable. Deja las seguridades, los privilegios y asume los riesgos de la vida humana. Comparte con nosotros la dificultad de vivir. La encarnación inició en Jesús, pero no se ha detenido pues sigue en nosotros. San Pablo dice que Jesús es la cabeza y nosotros somos su cuerpo. Los cristianos somos el cuerpo de Jesús (1 Cor 6, 15 y 12, 27). Hay una interpretación de un trozo del evangelio que ilumina la dificultad que todos tenemos para convivir en comunidad y aceptar a los demás. Es el texto de Jn 6, 53 en . 30 .

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donde Jesús dice que si alguno no come su carne y bebe su sangre no tendrá vida eterna. El autor, Rolheiser11, dice que cuando Jesús se refiere a su carne usa el término sarx (significa carne en mal estado, enferma) y no soma (carne sana). Al usar sarx, Jesús habla de su cuerpo precisamente en la medida en que no es simplemente su cuerpo sin pecado, glorificado y en el cielo, ni simplemente una blanca hostia en la iglesia. Se nos pide que "comamos" esa otra parte de su cuerpo, la comunidad, el cuerpo de los creyentes aquí en la tierra, con todas sus fallas y limitaciones. En esencia, Jesús está diciendo: “No puedes relacionarte con un Dios perfecto en el cielo, puro amor, que lo perdona y lo comprende todo, si no eres capaz de relacionarte con una comunidad imperfecta, que no es capaz de perdonarlo todo y poco comprensiva, aquí en la tierra. No puedes pretender estar en relación con un Dios invisible si te niegas a relacionarte con una familia visible con defectos”. El Dios de la Encarnación nos dice que cualquiera que dice amar a un Dios invisible en el cielo, pero que no está dispuesto a tratar con una comunidad visible pecadora o enferma es un mentiroso, porque nadie puede amar a un Dios al que no puede ver si no es capaz de amar a un prójimo al que sí puede ver (1 Jn 4, 20). Por lo tanto, la espiritualidad cristiana siempre tiene que ver tanto con el trato entre nosotros como con el trato con Dios. El hecho de que Dios tenga carne humana conlleva algunas consecuencias bien concretas con respecto a la espiritualidad y a la Iglesia. La espiritualidad, por lo menos la espiritualidad cristiana, siempre es algo que no se puede hacer sola. La comunidad es una parte constitutiva de la verdadera esencia del cristianismo y por lo tanto de la espiritualidad. Dios nos llama a caminar en el apostolado no solos sino en grupo. 11

Ronald Rolheiser: En busca de espiritualidad, Buenos Aires: Lumen, 2003.

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Es una realidad que a todos nos cuesta aceptar lo que no nos gusta de los demás, su defectos, sus pecados, y la reacción normal es el jucio o condena y luego el rechazo. Por eso, la petición de Jesús de comer y aceptar su cuerpo enfermo nos desconcierta. Si no la aceptamos, entonces estaremos condenados a creer que formamos parte de una secta de gente buena (los que pensamos igual) y que hay mucha gente mala afuera. Sin darnos cuenta (creyendo que estamos bien) rompemos con la fraternidad y nos alejamos de la comunidad, del Cuerpo de Cristo. Además, viviremos con una imagen idealizada de nosotros mismos, sin reconocer nuestra parte oscura. Aceptaremos solamente una parte de nuestra verdad. Pero si aceptamos el reto de acoger y aceptar que formamos parte de un cuerpo enfermo, ocurrirán unos milagros: nos relacionaremos más humanamente (con menos inhumanidad) con los demás; mantendremos la comunión en medio de las diferencias y los errores; podremos ver en la imperfección de los demás, como un espejo, nuestra propia imperfección y así tendremos vida eterna o vida nueva en nosotros. Muchas personas laicas me han compartido el dolor tan fuerte que experimentan al haber sido rechazadas y condenadas por algunos sacerdotes. Y su pena era más grande al no haber sido condenadas por cualquier persona, sino por una autoridad religiosa. Además, sentían una gran decepción, pues al acudir con el sacerdote esperaban una benevolencia de quien se dice representante de Dios. Es probable que esos sacerdotes no han visto todavía, y no aceptan, sus propias sombras, que su carne también está enferma. Falta todavía que comulguen con Jesús, quien ya nos aceptó así, con pecados, con errores, abandonos y traiciones. Todavía no tienen la vida nueva que implica creer en la encarnación de Dios. . 32 .

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5. ¿Qué se entiende por espiritualidad? Los conceptos de espíritu y espiritualidad como realidades opuestas a lo material y a lo corporal provienen de la cultura griega. Y la cultura occidental está infectada de este concepto griego de lo espiritual. En cambio, en la mentalidad de muchos pueblos y grupos indígenas y en su lengua no pasa lo mismo. Tampoco el idioma ancestral de la Biblia –el hebreo– ni el mundo cultural semítico entienden así lo espiritual. Para la Biblia, espíritu no se opone a materia, ni a cuerpo, sino a maldad (destrucción). Se opone a la ley (entendida como pura imposición, miedo, castigo). Así pues, en este contexto, espíritu significa: vida; construcción; fuerza; acción y libertad. También en muchos ambientes cristianos pensamos y entendemos que espiritualidad es la nuestra, la que nosotros valoramos: la cristiana; y por espíritu entendemos sólo el que a nosotros nos sirve de referencia: el espíritu de fe, esperanza y caridad cristianas. Damos por supuesto que los que no viven con ese espíritu, no tienen espíritu, no tienen espiritualidad. La realidad es mucho más amplia. El espíritu (la espiritualidad) de una comunidad, de una persona, de un pueblo, es: – Su motivación de vida. – Su talante. – La inspiración de su actividad. – Su utopía. – Las causas por las que lucha. Toda persona está animada por un espíritu y está marcada por una espiritualidad. La persona humana es un ser fundamentalmente espiritual. Esta afirmación significa que la mujer y el hombre son algo más que la vida biológica, que . 33 .

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en ellos hay algo que les da una calidad de vida superior a la de un simple animal. Cuanto más conscientemente vive y actúa una persona cuanto más cultiva sus valores, su ideal su mística, sus opciones profundas, su utopía... más espiritualidad tiene. La espiritualidad no es patrimonio exclusivo de personas especiales, profesionalmente religiosas, o santas, ni siquiera es privativa de los creyentes. La espiritualidad es patrimonio de todos los seres humanos. Cada comunidad tiene su cultura y cada cultura tiene su espiritualidad12. Este nivel básico de espiritualidad nos permite ampliar nuestros horizontes y ser más incluyentes de otras personas. O dicho de otra manera, nos impide condenar a los que no van a Misa o a los que no están inscritos en el catolicismo. El espíritu de Dios trabaja también fuera de las religiones institucionales pues ofrece al ser humano su gracia por otros caminos que no nos imaginamos. En nuestro nivel como personas creyentes en Jesucristo, la espiritualidad está basada en su persona, en sus motivaciones, en la causa por la que lucha, que es el Reino. La espiritualidad cristiana surge del trato frecuente y cercano con la persona de Jesús; de la contemplación de su vida; del dialogo frecuente; del compartir sentimientos y sueños; de aceptar su apoyo y su confrontación; de perder el tiempo juntos; de hacer nuestros sus deseos y acciones por un mundo más fraterno... En esta cercanía su espíritu será nuestro espíritu y nuestra espiritualidad será la suya. La espiritualidad cristiana no tiene mucho que ver con la de los fariseos que viven en función de la imagen (buscan los primeros lugares; rezan en voz alta en las plazas; ensanchan las filacterias de sus vestidos; dan limosna en público para ser reconocidos, etcétera) y del cumplimiento de la letra de 12

Para profundizar más este tema ver: Casaldáliga, P, y Vigil, J. Ma., Espiritualidad de la liberación, Santander: Ed. Sal Terrae, 1992.

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la ley (pagar el diezmo al templo y no apoyar a los padres necesitados; no hacer trabajos el sábado aunque alguien pase una gran necesidad; apedrear a una mujer adúltera sin hacer nada en contra del hombre adúltero, etcétera). Tampoco con una espiritualidad individualista e intimista que termina cerrando a la persona en sí misma y en su pequeño mundo en medio del confort y las seguridades.

6. La dimensión de la gratuidad La gratuidad la entiendo como la actitud de que las cosas que haga a favor de los demás las haga por gusto, por sentirme lleno y pleno, nunca por esperar una recompensa o un favor a cambio. Es hacerlas gratis o gratuitamente, sin que el otro se sienta obligado a pagarme. La realidad es que aprendimos a hacer las cosas en función de los demás y de algún tipo de beneficio personal. Es el te doy para que me des. Yo pongo una parte y tú pones la otra. Es la conclusión de que todo sacrificio merece una recompensa. Es un aprendizaje muy profundo y que suele estar en todas las personas, incluyendo al sacerdote. La experiencia fundante de Jesús es el sentirse profunda e incondicionalmente amado por su Abbá, de manera gratuita. Lo experimentó en muchas ocasiones y de diferentes maneras: en el bautizo donde se sabe el preferido de Dios (Lc 3, 22); en sus encuentros con los pobres en la vida cotidiana (Lc 10, 21); cuando oraba por las madrugadas (Mc 1, 35); al curar a los enfermos; etcétera. Jesús era agradecido porque vivía, no de cara a cumplir la ley, sino a una Persona: su Padre entrañable. Experimentaba que de él recibía todo. Por eso, Jesús vivía con actitud de gratuidad, sin cobrar, sin pedir recompensa. No buscaba nada al dar, ya que a él le . 35 .

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había sido dado lo más valioso. Curaba, recorría su país de aldea en aldea, perdonaba, multiplicaba el pan, acompañaba, escuchaba, se desvelaba... todo gratis, para el que lo quisiera. Con esto rompía la dialéctica entre las dinámicas de intercambio y del derecho que era la dinámica de la sociedad. Mientras la sociedad pide algo a cambio, Jesús da gratis. Así, la sociedad margina y Jesús no margina. Al darse Jesús sin prisas podía regalar proximidad, comunicación y personalización. Jesús se comprometía con nosotros por agradecimiento al cariño del Padre... ¿En qué se nota que Jesús vivía la gratuidad? En que: – Buscaba a los que no le podían remunerar o compensar en cualquier forma: las prostitutas, los niños, los pescadores, los desempleados, los enfermos... – Colaboraba en las necesidades de los demás sin pedirles nada a cambio. Recordar las curaciones que hacía: ciegos, paralíticos, sordomudos, cojos, leprosos… – Con libertad para irse a otro sitio donde haya más necesidad, incluso antes de haber recogido la cosecha (Mc 1, 36-39). – Envió a sus discípulos con este sentido de gratuidad (Mt 10, 7-12) y los invitaba a tener la misma experiencia: cuando ustedes hablen con Dios llámenle Abbá... Así serán capaces de vivir la gratuidad. – Se escondió cuando, después de multiplicar los panes, lo quisieron hacer rey. Renunció al protagonismo y a recibir el poder (Jn 6, 14-15). Me ayudó mucho un texto de Javier Melloni13 en el que está haciendo referencia a la frase que dice “Conviene que yo disminuya y él crezca” (Jn 3, 30). Habla de la paradoja de vaciarnos para ser plenos. Dice: 13

Melloni, Javier: El Cristo interior, Barcelona: Herder, 2010.

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“Siendo nuestra existencia el don supremo que podemos recibir, sólo puede sostenerse como don, y por tanto, sólo tiene sentido desde la donación. La necesidad de autoafirmación es un espejismo. ¿Qué somos o tenemos que no hayamos recibido? ¿De qué podemos decir que es nuestro? Por ello, para venir a Jesús, que es el don que adviene a nosotros, tenemos que rendir el yo y dejar de querer ser para configurarnos por un modo de existir que, siendo aparente disminución, es la única manera de crecer y de acceder al Ser. Lo que caracteriza a este crecimiento tras la disminución, es que ya no se vive a costa de nadie, sino que la existencia se concibe con, para y hacia los demás mediante la renuncia a toda voluntad de dominación. Nuestra vida es una auténtico regalo, gratis, que es para que continúe siendo regalo a los demás. Es un don que se dona. Desde la gratuidad vivimos nuestra vida sacerdotal porque somos conscientes del don recibido, y que todo es don.

7. Una oración diferente, más profunda y disfrutable Es muy común el problema de la oración en la vida sacerdotal y por eso hay cantidad de libros y manuales sobre este tema. ¿A qué se debe? Creo que existen varias causas, entre ellas, el activismo y la desarmonía en el estilo de vida del sacerdote que no le queda tiempo; cierta sensación de inutilidad, de que orar es perder el tiempo; la sequedad y el desagrado que a veces conlleva la oración; no tener tiempo para prepararla; no tolerar el silencio, y la necesidad de vivir con ruido; etcétera. La Liturgia de las Horas es un buen manual, que facilita el momento de la oración, pues ya todo está ahí. No hay que andar buscando material para la oración, ni libros, ni apuntes. En el volumen correspondiente está lo necesario: . 37 .

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evangelios, salmos, himnos, lecturas de los Santos Padres, etcétera. Esa bondad tiene este método. Sin embargo, no siempre deja satisfecho a quienes la rezan y llega una sensación de hacer algo rutinario. Me gustaría compartir algunas ayudas para tener y mejorar una vida de oración. El libro de Augusto Guerra Sancho14 me ayudó de varias maneras, en particular en las bases de la oración y en dimensión de gratuidad. Dice que existe un sentimiento generalizado de que no sabemos orar, y lo comparten los mismos teóricos de la oración, que comentan: “sobre la oración sabemos ya casi todo, menos orar”. San Juan de la Cruz advertía: hay muchas almas que piensan que no tienen oración y tienen mucha; y otras , que tiene mucha y es poco más que nada. Lo cual nos ayuda a preguntarnos por la calidad de nuestra oración. ¿En cuál estoy? El autor menciona que hay algunos apoyos externos como ciertos libros; acudir a algún maestro de oración; participar en un grupo de oración. Luego, habla de las bases humanas que intervienen en la oración, es decir, desarrollar las siguientes capacidades que todos tenemos: capacidad de asombro (con ayuda del arte, la naturaleza y la técnica); capacidad para escuchar con calidad; capacidad de sólo estar sin hacer, lo cual implica soledad; capacidad para contemplar y sólo observar sin hacer juicios; capacidad para agradecer; capacidad para pedir; capacidad para perdonar; capacidad para perder y no siempre ganar; capacidad para ofrecer; etcétera. Me llama la atención la invitación a desarrollar la capacidad de perder, pues es como una humillación, una derrota, especialmente cuando la sociedad nos invita a siempre ganar. Y la paradoja es que si aceptamos perder, podremos orar más y mejor. 14

Guerra, Augusto: Oración cristiana, Madrid: Editorial de Espiritualidad, 1984.

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Más delante habla de la purificación del corazón ya que no son los métodos los que fallan, es el corazón que hay que disponer. Para encontrar a Dios uno debe tener algo en común con él, algo que dé ojos para ver. Me parece una buena ayuda revisar el corazón más que la cabeza. Como buenos hombres occidentales valoramos muchísimo más la mente y las ideas que los sentimientos. Somos súper desarrollados mental y técnicamente pero subdesarrollados afectivamente. Es la invitación a que nuestra oración se complete, además de lograr ideas brillantes, al incorporar los afectos, los deseos, los sentimientos, etcétera. Los hombres necesitamos la afectividad para vivir y movernos, además de las ideas. Y quizá por eso nuestra oración es tan seca, tan racional, tan aburrida y tan poco deseada o atrayente. ¿Qué tengo en común con Dios? ¿Siento como él ante la situación de las personas, especialmente las que más sufren? ¿Veo la historia con sus ojos y me lleno de esperanza? Propone algunas ayudas para orar: 1. El amor fraterno. El trato de unos con otros es excelente entrenamiento para el trato con Dios. El que aprende a tratar con las personas aprende a tratar con Dios. Quien no sabe escuchar, quien se cree superior y tiene que ganar siempre, quien no aguanta una palabra de corrección fraterna, quien no ama ni se deja amar, tendrá grandes dificultades para orar. Esto nos habla de que orar es vivir la vida y las relaciones humanas. 2. Soltar. Significa conquistar la libertad frente a las personas y las cosas. El aferrarnos a cosas, personas, lugares, trabajos y a sí mismo, impide cualquier actitud de entrega, de donación. 3. Humildad. Para fiarse de Dios hay que ser pobres y sentirse tales. El autosuficiente no suele confiar en alguien más ni en Dios. La humildad lleva a reconocer . 39 .

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que estamos lejos del Reino de Dios y sólo así podemos llamar a la puerta para que nos abran. 4. Fortaleza. Que se convierte en paciencia e insistir a pesar de las dificultades y los desánimos que suele haber en la vida y en la oración. Para orar mejor ayudaría ampliar la concepción de la oración. Ordinariamente se enseña que la oración está reducida a un tiempo y a un lugar concreto, es decir, un tiempo y espacio sagrados. Con esta concepción limitante se tiene el problema de que todo el día la persona lo pasa en tiempos y lugares profanos. La oración se queda en el pasado y como algo cumplido, en el mejor de los casos. Ayudaría borrar las fronteras entre lo sagrado y lo profano pues Dios también está en la calle, en la respiración, en la vida ordinaria y no sólo en el templo o en el sagrario. Si limitamos la acción de Dios al templo es hacerle una injusticia, pues como dice Jesús: Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo (Jn 5, 17). Dios está actuando constantemente en el mundo para nuestra salvación, y su acción es como un río muy caudaloso que va regando los valles de la tierra, y nuestra acción es como un riachuelo que se incorpora a la acción que Dios realiza. Ampliar la conciencia de la presencia de Dios en el trabajo parroquial que se realiza, el verlo en los mercados, en los lugares de trabajo nos ensancha nuestra oración. Ampliar la definición de oración permite, como yo lo he vivenciado, hacer oración cuando hago ejercicio físico para tener salud. La espiritualidad ignaciana, que es un regalo de Dios a la Iglesia y que no es propiedad de los jesuitas, nos invita a descubrir a Dios en todas las cosas, a ser contemplativos en la acción. Esto último no significa pensar en Dios mientras trabajo, sino incorporarme a la acción que Dios está realizando en el mundo. Cuando estoy atendiendo el sufrimiento de . 40 .

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alguien en la parroquia, me estoy incorporando a la acción de Dios que lucha contra el sufrimiento, y aunque no piense en ese momento en Dios, soy contemplativo en la acción. Me ayudó mucho la explicación que da un jesuita a esto de “contemplativo en la acción”. Dice que estamos invitados a descubrir a Dios, no en la oración antes de ir a trabajar ni en la oración realizada después del trabajo, sino descubrirlo en el trabajo. Pero esto no es posible si no dedico espacios formales de silencio y escucha. Recomiendo consultar el anexo sobre el examen de conciencia a la manera del contemplativo en la acción. Para acceder a una nueva manera de orar, ayuda no quedarse en el nivel ético de la oración. Muchos sacerdotes buscan en la oración respuestas concretas a la manera de vivir la vida, y en la línea del deber. Una pregunta constante que se le formula a Dios es ¿qué quieres que haga? Y sin duda es importante, muy importante. Sobre todo en la situación de nuestro país, sumido en la corrupción, la violencia y la injusticia. Pero no es la única dimensión de la oración. Sin embargo, el compromiso y el deber ser no agotan la oración. Ésta se enriquece mucho si se vive su dimensión de gratuidad. A mí me ayudó lo que Augusto Guerra (citado antes) menciona sobre ella. Inicia su reflexión con una pregunta: ¿Qué hacía Jesús cuando estaba con su Padre? Pues, sencillamente, estar con su Padre. En el encuentro de Jesús con su Padre se da lo gratuito, que significa lo no útil, lo no directamente rentable. Lo que se busca en la gratuidad, en el encuentro gratuito, es sencillamente la comunicación y la efusión, nada más y nada menos. Es la persona –y normalmente la persona amiga– la que está en el centro del encuentro. Poner la persona en el centro es afirmar el valor de la misma, su fuerza de atracción. Es la persona la que vincula, no el espectador el que afanosamente busca con egoísmo aprovecharse de cualquiera que se ponga a tiro. . 41 .

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Esto me parece central en la vida de oración: gastar tiempo inútilmente para estar con una persona muy querida para mí, que me significa tanto, que me interesa tanto que dejo otras cosas por estar simplemente con él, aunque no salga nada útil. Esto me parece que rompe con el mecanismo inconsciente que llevamos muchos creyentes de un mercantilismo orante, de hacer algo para… Nos pone en otro tono, o en otra dimensión de la vida donde el encuentro personal es más valioso que cualquier otra cosa. Es invitarnos a no ser sólo orantes pragmáticos. Estar con… implica que el otro está en primer lugar en mi escala de valores. Y podemos completar, que nosotros también estamos en los primeros lugares de la escala de valores de Jesús. Como dos amigos leales y profundos. Oración es este encuentro en gratuidad. Al momento central de la oración lo describen estas palabras clásicas de santa Teresa: “no es otra cosa, a mi parecer, oración mental, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5). Por eso, no considerar la oración como un medio para alcanzar algo, ni siquiera la santidad. La oración no se justifica por nada que esté más allá de ella misma; se justifica por sí misma. No es un sentido de funcionalidad el que está a la base de la oración, sino un sentido de comunión. Esto me parece que nos puede ayudar a reenfocar nuestra oración más como comunión que como un medio para alcanzar algo. Es la comunión de valores, de sentimientos, de proyectos, etcétera, la que une más al hombre con Dios. En estar en el encuentro con Dios. ¿Cuál es el contenido de esa comunicación, efusión y diálogo entre Dios y el hombre? ¿Qué se dicen ambos? Dios no puede hablar más que de su amor y su dolor, las dos supremas realizaciones del contenido del diálogo de Dios con el hombre en todas sus posibles realizaciones o destrucciones. Cuando en el centro de la oración no está la vida de la Iglesia y . 42 .

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del mundo en que vivimos, entonces demos por perdida esta conversación oracional. Estamos echando balones fuera. Sobre nuestra vida y sobre la vida del mundo debe caer todo el amor de Dios, todo el dolor de Dios, y toda la preocupación del hombre. Así, el diálogo oracional es unas veces alegre y otras doloroso; normalmente estará mezclado de amor y dolor. Dicho de otra manera, Dios nos hablará de su interés en reinar entre nosotros y sus anhelos de que aprendamos a vivir la fraternidad para que a nadie le falte nada. El autor menciona dos realidades presentes en la oración. Una es la manipulación, por parte de algunos, de la oración para lograr un compromiso y, por otra, no son pocas las personas embarcadas en una gratuidad que no aporta valores sociales al mundo que los necesita. Sin embargo, la gratuidad no debiera ser perezosa e insolidaria. Si el encuentro gratuito y oracional han sido auténticos, en el contenido del diálogo tiene que haber aparecido la vida del mundo, el futuro a que está llamado y el presente que está viviendo. Y el orante no tendrá más remedio que, una de dos, huir de ese encuentro y de esa amistad, o prestarse generosamente a realizar ese destino de futuro, de cambio, de mejora del mundo. El compromiso se convierte así en la instancia crítica de la verdadera oración. No en la finalidad de la oración, sino en su instancia crítica, que son dos cosas íntimamente relacionadas, pero distintas. Dos ejemplos aclararán esta problemática: Primero, una escena evangélica dibuja perfectamente lo que es esta unión de oración y compromiso, un compromiso costoso y sincero, que busca hacer la voluntad de Aquel con quien se ha estado en oración: de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar . 43 .

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solitario, donde se puso a orar. Es probable que cualquier predicador mediano, o cualquier orante común, ante el anuncio de que todos lo están esperando, hubiera reaccionado más o menos así: “hombre, si todos me están esperando para escuchar la palabra de Dios, no los voy a dejar con las ganas. Vamos a la tarea”. La actitud de Jesús, del Jesús orante desde la madrugada, es distinta: vayamos a otra parte. Y no por desprecio a quienes lo esperan, sino por lo escuchado en el encuentro: para eso he salido. Es más que probable que ciertas decisiones se tomen únicamente después de muchas horas de oración auténtica. El segundo, pongamos el caso de la visita de un hijo a sus padres. El hijo va única y exclusivamente a estar con sus padres, a pasar un rato, a ver cómo están. No piensa hacer ningún negocio, ni a sacar a su madre un dinerillo que le permita afrontar sus gastos. Cree sencillamente que sus padres son unas personas entrañables para él, hace quizá tiempo que no está con ellos y quiere verlos. Ahora bien, si en el desarrollo de ese trato y conversación resulta que el hijo se entera de que sus padres no anda bien (ejemplo: les ha dado una gripa, les duele algo, etcétera), sin duda su reacción de hijo será: esto hay que curarlo; mañana se vienen ustedes conmigo al médico, etcétera. Y no aceptará las palabras de sus padres que quieran quitar importancia a la cosa. Se los llevará al médico para que sus padres se curen. Aquí tenemos un caso típico y normal de unión entre gratuidad y compromiso: el hijo no ha ido a casa para llevar a sus padres al médico; ha ido a verlos, a estar . 44 .

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con ellos. Resulta que en la conversación aparece una necesidad, y entonces la actitud del hijo se completa llevando a sus padres al médico. Esta acción se convierte en prueba o instancia crítica de la verdad del amor a sus padres. La gratuidad es una necesidad en la vida de oración y por lo mismo podemos concluir que quien no haya logrado hacer de la oración cristiana una experiencia de gratuidad, es porque, consciente o inconscientemente, ha hecho de la oración, como de todo culto cristiano, un medio para conseguir algo. Y esto destruye la oración, porque la manipula y desnaturaliza. Muy cercana a esta visión de la oración como un encuentro con la persona de Jesús está la propuesta de orar, no mentalmente, sino de manera contemplativa. Dado que hay muchos modos de orar, san Ignacio de Loyola valoraba mucho el método de la contemplación, porque lo ayudó cantidad a enamorarse de Jesús. Más que la meditación que implica, más que el pensar, fue la contemplación la que lo cambió por ese conocimiento profundo e interno de la persona del Señor Jesús. En la contemplación no se trata de entender, interpretar ni aun de tomar forzosamente una lección para el propio comportamiento. Se trata de utilizar los sentidos para conocer al Cristo presente.
La finalidad de la contemplación no es encontrar grandes claridades en cuanto al mensaje, sino una vez entendido, gustarlo, saborearlo y disfrutarlo. Es decir, que el mensaje baje de la cabeza y llegue al corazón. En los Ejercicios Espirituales se invita al que los hace a que contemplar pasajes de la vida de Jesús para que, como si fuera ósmosis, absorber las actitudes de Jesús, dejarse impactar por su manera de ver a las personas, por su manera de actuar, de sonreír, de confrontar, de abrazar, etcétera. Se trata . 45 .

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de un conocimiento más allá de la razón, un conocimiento más vivencial que abarque a toda la persona. Es tomar un pasaje del evangelio y meterse en la escena como si yo hubiera estado presente, uno más entre la gente, y centrando mi mirada en Jesús para conocerlo de manera nueva, más allá de sus enseñanzas y de la dimensión ética. Para esta dimensión de conocer a Jesús de manera contemplativa ayuda leer poesía, pues ahí se maneja mucho más el simbolismo, la imaginación, los sentidos. Comparto lo que Juan Arias15 dice a propósito de Dios y la poesía: “Volver a Dios es volver también a la poesía. Sólo a través de la poesía podemos recuperar el asombro, ese saber maravillarse de las cosas, no tenerles miedo, no serles indiferentes. La poesía elimina el miedo porque acaba amando todo lo que canta, incluso el dolor. El poeta no tiene miedo a la oscuridad. Mientras más oscuro es el poeta, más clara es su poesía. La luz más profunda sólo se entrega a la más profunda oscuridad. Dios sabe ver a través de las negruras más grandes del corazón humano. Ver y comprender. Por eso no juzga sino que absuelve. Perdónales porque nos saben lo que hacen”. Comparto ahora un poema de Amado Nervo16: Si tú me dices "¡Ven!" Si tú me dices: "¡Ven!" lo dejo todo, no volveré siquiera la mirada para mirar a la mujer amada... Pero dímelo fuerte, de tal modo que tu voz, como toque de llamada, vibre hasta el más íntimo recodo del ser, levante el alma de su lodo y hiera el corazón como una espada. 15 16

Arias, Juan: Un Dios para el 2000, Bilbao: Ed. DDB, 1998. Poeta mexicano que murió en Uruguay a los 48 años.

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Si tú me dices: "¡Ven!", todo lo dejo. Llegaré a tu santuario casi viejo y al fulgor de la luz crepuscular; mas he de compensarte mi retardo difundiéndome, ¡oh, Cristo!, como un nardo de perfume sutil, ante tu altar. Otra ayuda para tener una manera nueva de orar, es aprender del modo de ser oriental. Y aunque Oriente y Occidente también significan dos maneras de vivir, ambas se complementan y están en el corazón de cualquier persona. Si Occidente enfatiza más el hablar y Oriente el callar, cualquier persona puede vivir ambas realidades. En Japón y en el Oriente se vive más lo cotidiano, lo lento y lo callado17. Realmente nos hace mucho bien tomar más conciencia del valor de lo cotidiano (el levantarse, el asearse, ingerir los alimentos, el respirar, el trabajar, etcétera), lo lento (caminar más despacio, por ejemplo, sin las prisas, comer más lentamente, escuchar sin prisas, etcétera) y lo callado (lo que no se dice, como la flor silvestre a la orilla del camino que no habla de su belleza pero la disfrutamos, el no presumir nuestras acciones, etcétera). A propósito de lo callado en Occidente nos cuesta mucho el silencio. Cuando doy los Ejercicios Espirituales de ocho días en silencio las personas tardan mucho en entrar en el silencio necesario para la escucha de Dios. En los Ejercicios a los que me han invitado con el clero diocesano, es prácticamente imposible pedirles que sean en silencio. Y además en Occidente, nos gusta mucho hablar de Dios, hablar y hablar. En Oriente prefieren callar sobre Dios y más bien oírlo. Como dice Masiá: 17

Recomiendo la lectura del libro de Masiá, Juan: Aprender de Oriente: lo cotidiano, lo lento y lo callado, de Bilbao: Ed. DDB, Colección Serendipity, 1998.

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Hay un exceso de palabras en nuestro mundo teológico cristiano. Este exceso contamina la espiritualidad. No es lo mismo meditar, hablando consigo mismo, que contemplar, callando. La oración, cuando no desemboca en contemplación, se convierte en un hablar o pensar sobre Dios, en vez de escucharlo en silencio. Por miedo al silencio hacemos de la oración un recurso egocéntrico. La invitación es trasladar a nuestra espiritualidad lo cotidiano, lo lento y lo callado. Pues normalmente se busca a Dios en lo extraordinario, lo rápido y con demasiadas palabras. Abrirse a escuchar más a Dios nos acerca más a la dimensión mística de la espiritualidad. Como sabemos, la mística es la teología que trata de la unión del ser humano con Dios, de los grados de esta unión y de la vida contemplativa. Todos podemos acceder a esa unión y mi deseo es que nos quitemos esa falsa imagen de que los místicos solamente son los monjes, los ermitaños, los religiosos, al estilo de san Juan de la Cruz y santa Teresa. Creo firmemente que los sacerdotes estamos invitados a tener una vida espiritual honda, y a vivir una unión con Dios, como hemos visto antes, en lo cotidiano sin hacer las divisiones de sagrado y profano. Creo que mientras más vivamos nuestra unión con Dios en lo personal y en el servicio más viviremos enamorados de él y la vida espiritual no será tan desagradable. En la mística es dejar al espíritu conducirnos él y no al revés. En la meditación, donde usamos mucho la razón, tenemos el peligro de controlar y decirle a Dios por dónde vaya y qué haga. La dimensión mística nos invita a no hacer, o más bien, a no estorbarle a Dios y eso ya es una ganancia muy importante. Es una parte más pasiva que activa, es más contemplativa que discursiva, es más gratuita que utilitaria, es más dejarle el protagonismo a él que a nosotros. Y esto es posible con su gracia y nuestra disposición. . 48 .

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Orar de esta manera nos dará más plenitud y nuestro corazón vivirá más atrapado por el amor incondicional de Jesús.

8. Dios, nuestra felicidad Es difícil creer que Dios quiera nuestra felicidad pues la predicación de la segunda mitad del siglo pasado, que aún perdura en muchos sacerdotes, insiste en que Dios nos pide sufrimientos, esfuerzos, penitencias, largas oraciones, etcétera. Esto se da mucho más a nivel rural y en colonias populares. Venimos de una tradición que presenta a un Dios al que no le gusta mucho la alegría y la felicidad y más bien le gusta vernos en un valle de lágrimas. Sería bueno preguntarse si lo que esos sacerdotes o teólogos dicen de Dios es verdad o es una interpretación falsa. Preguntarse si Dios es realmente así como lo presentan. Como dice J. M. Castillo18: Es un hecho que la teología cristiana se ha elaborado de manera que a cualquier teólogo le resulta más fácil hablar del sufrimiento que de la alegría; más fácil también hablar del dolor que de la felicidad. La aspiración más inmediata y natural de cualquier ser humano, la aspiración y el deseo de ser feliz en esta vida, es una cosa que resulta muy difícil de encontrar en los tratados de teología, en los escritos de espiritualidad y en los libros de liturgia. La tradición cristiana no ha tomado debidamente conciencia de que Jesús ha sido quien ha traído a los seres humanos la más grande felicidad. 18

Castillo, José María, Espiritualidad para insatisfechos, Madrid: Trotta, 2007.

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